lunes. 04.03.2024
Erich Fromm
Erich Fromm

La verdad ha sido desde siempre uno de los temas esenciales en filosofía. Ya los primeros pensadores se preocuparon de cómo definirla, de si existía o de si el ser humano podía alcanzarla. Y, como ocurre con tantos otros conceptos, hoy en día sigue estando de plena actualidad y se hace muy necesario reflexionar sobre ella, ya que vivimos rodeados de información, las nuevas tecnologías han permitido la difusión de cualquier opinión, por infundada que pueda resultar e incluso la circulación de noticias falsas y rumores totalmente inventados. Parece que no haya criterios a los cuales podamos aferrarnos, parece que cualquier afirmación podría ser cierta (y también su contraria) e incluso hay quienes reivindican ese relativismo peligroso del “todo vale” amparándose en un subjetivismo exagerado que confunden peligrosamente con la libertad de expresión. Paradójicamente y, a pesar de los avances sociales, científicos y tecnológicos, nuestro día a día parece más expuesto que nunca a las mentiras y además estas corren y se extienden a una velocidad de vértigo. Por suerte, la filosofía nos da las claves para salir de la ignorancia, desarrollar nuestro espíritu crítico y alcanzar conocimientos verdaderos.

Paradójicamente y, a pesar de los avances sociales, científicos y tecnológicos, nuestro día a día parece más expuesto que nunca a las mentiras

En primer lugar, habría que insistir en la diferencia que ya Parménides (S.VI a. C.) nos ofrecía entre opinar y conocer. La doxa (opinión) tiene que ver con un tipo de conocimiento que no conlleva ninguna clase de certeza y que nos hace confundir la apariencia con la verdad. Carece de valor por limitarse únicamente a la información que nos ofrecen los sentidos, sin que esta sea examinada y procesada racionalmente. Sería el nivel de conocimiento al que accedemos sin hacer uso de nuestro intelecto, muy deficiente, por tanto. Y, muchos siglos después, Kant (S. XVIII) seguía llamando la atención sobre el hecho de que al opinar, decimos de algo que es verdadero sin tener seguridad de ello, ya que se trata de una apreciación personal (subjetiva) de la que no estamos seguros ni podemos justificar ante los demás porque carecemos de pruebas objetivas. Kant lo contraponía al saber, que es cuando sí podemos dar razones objetivas de algo que convenzan a los demás y no quedarnos en meras opiniones o creencias.

Este primer acercamiento a la verdad, nos aclararía, de momento, que no tiene sentido la reivindicación tantas veces oída de “es mi opinión” o “mi opinión es tan respetable como cualquier otra”, con pretendida aspiración de veracidad o un intento de aferrarse a lo no razonado, revisado o contrastado. La filosofía no nos permite ser perezosos. Hay que esforzarse, utilizar la inteligencia, la razón, investigar, estudiar, reflexionar, si queremos acercarnos a lo verdadero.

En segundo lugar, por teorías de la verdad entendemos los diversos intentos producidos a lo largo de la historia para definir, explicar y comprender qué es la verdad. Entre ellas encontramos la de la verdad como correspondencia. Esta teoría nos proporciona la estructura básica de la verdad, que las demás teorías también mantienen. La formulación clásica la proporcionó Aristóteles: “Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, eso es falso; decir de lo que es que es y de lo que no es que no es, es verdadero” (Metafísica, IV, 7). La verdad es la correspondencia entre un enunciado y un hecho, entre lo que expresa el lenguaje y la realidad. Sería una propiedad de aquellos enunciados que describen adecuadamente el mundo. O, dicho de otra forma, si lo que decimos que ha ocurrido, ha ocurrido en realidad o no. Simple, directo y totalmente actual, ¿verdad?

La filosofía no nos permite ser perezosos. Hay que esforzarse, utilizar la inteligencia, la razón, investigar, estudiar, reflexionar, si queremos acercarnos a lo verdadero

Lo malo, es que aunque muy desprestigiado durante la mayor parte de la historia de la filosofía, el relativismo ha encontrado en el pensamiento contemporáneo un extraordinario desarrollo, no sólo en lo filosófico, sino también en la antropología, la sociología, en el día a día de lo cotidiano, siendo la posición más difundida en la cultura contemporánea en general. El relativismo afirma que cada uno tiene “su” verdad. Viene a concluirse que existen multitud de opiniones de las que no es posible obtener una verdad única, absoluta y objetiva. No hay inconveniente en aceptar que existen muchas cuestiones opinables, dentro de ciertos límites. Pero hay opiniones mejor fundadas, que merecen más aceptación que otras y también las hay que no tienen la consistencia y razón suficientes. Ni todo es opinable, ni es igualmente opinable. Hay opiniones más verdaderas que otras. La verdad es independiente a nosotros. Para diferenciar lo verdadero de lo falso necesitamos un criterio, es decir, un modo de juzgar que posibilite delimitar lo verdadero de lo falso. Y ese criterio es la realidad. Es lo que hay.

El conocimiento no se puede reducir a un elenco de tantas posibles opiniones como sujetos, todas ellas en principio igualmente válidas. Corremos el peligro de admitir algo y su versión absolutamente contraria y de que los cimientos sobre los que se establezcan las acciones y comportamientos humanos, las relaciones personales, se construyan sobre lo falso o lo erróneo, dando pábulo a los mitos, las creencias irracionales, la imaginación más desbordada. Si la verdad es el conocimiento de la realidad, no se puede reducir al parecer u opinión, incluso si en algunos casos esa opinión fuera mayoritaria. Decía Erich Fromm (1900-1980) que el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; y el hecho de que compartan muchos errores no convierte estos en verdades. 

Por último, se me ocurre relacionar todas estas reflexiones sobre la verdad con la expresión “calumnia, que algo queda”del filósofo y escritor inglés Francis Bacon en su obra de 1625 De la dignidad y el crecimiento de la ciencia. Y es que, en la actualidad, las personas están más expuestas que nunca al escarnio público o a que se realicen comentarios sobre ellas, su profesión o su vida privada, con total impunidad. Por supuesto, todas esas opiniones son vertidas sin que en la mayoría de ocasiones haya sobre ellas ni el más mínimo atisbo de verdad y, lo que es aún más grave, sin tener en cuenta el daño que ello conlleva. Las redes sociales y los medios de comunicación necesitan de una puesta a punto urgente en cuanto al acceso a la verdad se refiere.

Y la poesía, siempre tan de la mano de la filosofía, también nos lo enseña:

Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor oscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno. 
(Rubén Darío)

Verdad o atrevimiento