sábado. 20.04.2024
soledad

Cuando el magnate americano Donald Grand fue diagnosticado de una grave enfermedad, su teléfono móvil no paraba de sonar. Las acciones de sus empresas dedicadas a diseñar las vidas de millones de personas, estaban bajando y sus herederos se encontraban muy preocupados. Sin embargo, el pensamiento de Donald no se dirigía en aquellos momentos hacía sus negocios ni a sus numerosas empresas. Por lo visto había problemas hasta en las mejores familias. De hecho, contra todo pronóstico poco le interesaba entonces su legado y toda la obra de su vida. Es más, se planteaba revelar un lejano secreto que iba a cambiarlo todo.

Frente a su lecho se hallaba su abogado de confianza y después de firmar digitalmente un documento, el letrado le dijo que su demanda contra su propia empresa, estaba interpuesta ya ante los juzgados. ¿Cúal era el motivo de su demanda? Él no tenía un trineo en el que pensar en los últimos momentos de su vida. Tal vez por eso acusaba a su compañía —la mayor multinacional especializada en inteligencia artificial— de robarle la infancia, y a su propio padre de apropiarse de una vida que no le pertenecía.

En efecto, según la confesión póstuma de su progenitor, el verdadero nombre de su padre, Jim Hernández, es decir su verdadera identidad era la de un emigrante latino que había intercambiado su vida con el acaudalado empresario Rick Grand, que en un remoto pasado desapareció sin dejar rastro, y se convirtió en un tardío y anónimo beatnik. En otras palabras, mientras su humilde procreador asumió la fortuna de uno de los hombres más ricos del mundo, el otro renunció a todo su patrimonio por la belleza de una mujer cuyo amor fue fruto de la libertad. Eso significaba que su empresa había crecido bajo una irónica mentira. Peor todavía. Su actual presidente rechazaba las bondades de su propio producto. Es decir, renegaba de toda su educación, su trabajo, pasando por sus amigos e incluso su amor verdadero. El sueño americano era una gran mentira y sus vidas estaban vacías. Y lo mejor de todo era que ellos no tenían la culpa, no porque fueran inocentes, sino porque habían sido fruto de las destrezas de un algoritmo. Y para muestra un botón: en la propia demanda aportaba un testimonio de la hermana de la primera cita de su padre.

El caso es que aquel hombre que había crecido encerrado en un palacio, llevando una vida ejemplar, alejado de la prensa y con unas vivencias en todo momento bajo el diseño de una inteligencia artificial, se lanzó a correrse una juerga descomunal en su primera cita. Por lo visto la mujer seleccionada por la inteligencia artificial para ser la esposa de su padre, era una belleza exótica residente en la gran manzana. Tenían los mismos gustos, la misma clase social y un deslumbrante futuro por delante. Hasta ahí todo normal. Pero había algunos detalles llamativos. Rick quería probar el alcohol y por eso había traído bebidas incumpliendo las normas del algoritmo. Además, aquella belleza exótica que se parecía tanto a un ángel tenía una hermana gemela algo diabólica, y Rick, medio en broma les dijo que quería acostarse con las dos. Aunque su alocada petición infringía las normas de la empresa, e iba en contra de los protocolos de seguridad de la inteligencia artificial, ellas accedieron con una condición: no querían hacer un trío, debía primero acostarse con una, y luego con la otra. Las dos, de belleza muy similar, eran veinteañeras. Tenían los senos puntiagudos y pequeños, y las caderas esbeltas, pero sobre todo eran guapas. Diríase que la propia naturaleza se hubiera esforzado a la hora de hacerlas atractivas. Rick comenzó con la belleza angelical. Es más, le dijo que se pusiera encima y lo cabalgara hasta que llegara al orgasmo. Y eso hizo. Sin embargo, tal vez pensando en su hermana, cuando ella terminó él estaba todavía tan tan excitado que no había llegado a concluir el acto sexual. Dile ahora a tu hermana que pase. Ordenó Rick. Entonces la hermana diabólica entró y como si le hubiese leído el pensamiento se tumbó en la cama de perfil. Él comenzó a penetrarla de espaldas mientras la agarraba de los hombros. Ella le arañaba mientras gemía como una gata en celo. Naturalmente estaba muy excitado y ella estaba fría, tuvo que aminorar el ritmo para que ella se fuera calentando poco a poco. Los gritos de placer fueron subiendo lentamente de tono. Al final ambos llegaron juntos al orgasmo.

__ Aunque la seleccionada por la inteligencia artificial es tu hermana, ella solo me ha calentado, creo que me gustas más tú.

—Yo tengo un novio ilegal, un emigrante llamado Jim Hernández, hace tiempo que me fui del programa de diseño de la inteligencia artificial, pero me gustaría volver a verte. De hecho, creo que te voy a esperar…

Aquellas lapidarias palabras, junto a la adicción al alcohol que acababa de comenzar, animaron a Rick Grand a renunciar a todo y vivir una vida más libre. De hecho, para ello tuvo que trazar un elaborado plan para obligar a su familia a que aceptara al antiguo novio de la gemela diabólica, como sustituto para su propia vida. En efecto, después de la muerte de su padre, Donald desconcertado por la confesión que había leído el albacea de su progenitor, contrató a un detective privado para que buscara al verdadero dueño de su empresa, si es que todavía estaba vivo. Lo único que encontró fue una larga lista de mujeres abandonadas y de hijos frutos del alcoholismo en los suburbios de la ciudad. En realidad sus empresas ahora eran de los marginados de la ciudad. Todos ellos, lejos de llevar vidas de diseño, llevaban vidas amargas, duras y eran pobres. Sin embargo, tenían sentimientos verdaderos y un gran cariño de sus familiares, lo que les hizo verlos como si fueran humildemente felices. Donald sabía el precio que tendría que pagar por su empeño de liberar a la multitud enloquecida y desvelar su verdad. A buen seguro le iba a costar caro y cabía una alta posibilidad de pasar sus últimos días en prisión, no obstante, quería contar a sus muchos seguidores la triste historia de su vida. Quería hacerlo para que incumplieran la ley y asaltaran incluso sus propias empresas. Es más, estaba seguro de que su individual odio al sistema se iba a multiplicar. Naturalmente, para mucha gente había llegado la hora de destruir su hipotética vida de diseño y expresar en forma de desordenada turba violenta, su enconada protesta por no tener ni siquiera un grato recuerdo de sus infancias, para consolarse en el futuro lecho de muerte.

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