lunes. 04.03.2024
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Luis Pizarro, de la ONG Medicamentos para Enfermedades Desatendidas, en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias.

Qué bien nos conocía Don Miguel de Cervantes… en España, llamar Quijote a alguien se ha convertido en sinónimo de conducta alocada y sin futuro, de ingenuidad digna de compasión. Y sin embargo, este es el momento en el que es más preciso que nunca reivindicar el quijotismo de la palabra y el de la acción.

Es tiempo de empresas desesperadas. Cuando miramos lo que está ocurriendo en Gaza, nos parece imposible hallar una salida a un conflicto marcado por un odio que ya va camino de secular, y sin embargo, hubo Quijotes que en el pasado marcaron el sendero de la solución. Mucho de lo que vemos no estaría pasando si, por ejemplo, los israelíes siguieran el rumbo que les marcó en su día Yitzhak Rabin. Si de verdad queremos hacer algo desde aquí, tenemos ante todo que reforzar, aunque no sea más que con nuestra palabra, a la izquierda israelí, porque es Israel quien tiene el poder de encauzar el conflicto, y el primer paso es dejar de tener un gobierno teocrático. Esto no exime a los palestinos de aportar igual dosis de sensatez, pero sería ceguera no darse cuenta de que su influencia es mucho menor.

De la misma manera, lo que necesitamos en esta España crispada son Quijotes que apuesten por el diálogo. Cuando se contempla la gesticulación apocalíptica con la que ciertas voces hablan del fin del mundo porque se discuten civilizadamente las condiciones de una amnistía, uno no puede menos de preguntarse qué pensaron aquellos Quijotes que, en la década de los setenta del pasado siglo, decidieron renunciar a sus más que legítimos deseos de justicia para favorecer la reconciliación. Hemos pasado décadas mitificando aquel diálogo, y ahora hay quien se muestra incapaz de asumir que lo que estuvo bien vuelve a estar bien, aunque lo hagan otros y lo hagan en otras circunstancias.

Nunca he sido capaz de aceptar el pesimismo histórico. Tal vez sea porque he visto acabarse una dictadura que no se iba a acabar nunca, derribarse un muro en mitad de Europa que parecía imposible derribar, terminar un régimen de apartheid que sesudos analistas consideraban que solamente podría terminar con un baño de sangre, o porque pude escuchar el viernes el durísimo discurso de Luis Pizarro, de la ONG Medicamentos para Enfermedades Desatendidas, otro grupo de Quijotes a punto de acabar con la enfermedad del sueño con medicamentos no comerciales.

Detrás de cada uno de esos finales hubo, hay, gentes cuyos nombres no voy a enumerar, para que no apartemos la atención de lo que importa: que su presunto quijotismo abrió las puertas de una vida mejor para muchos millones de personas. En cualquier situación, hasta en la más desesperada, alguien tiene que ser lo bastante Quijote como para decir: hablemos.

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