miércoles. 29.05.2024
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«Que haya un fin, una privacidad, un oscuro agujero para mí; quiero ser olvidado incluso por Dios.»
(Robert Browning: Paracelsus, 1835.)


Hay espías y espías. Y no todos valen por igual. Puede que el más popular sea el estilo representado por 007, el ínclito Bond (James Bond). Pero a mí no me parece creíble; lo percibo escaso de humanidad (de vulnerabilidad) y tampoco me identifico con el modelo de masculinidad que propone. El espionaje que practica peca a mi entender de un exceso de gimnasia y un defecto de sutileza que no van conmigo. Me fascina, por contra, el espía que se infiltra en el nido enemigo, el que juega a ser otro y se gana la confianza de aquel que ha de espiar, que se vale de elaboradas artimañas psicológicas para lograr del otro que le entregue voluntariamente sus secretos traicionando incluso a los suyos. Reconozco que experimento un perverso placer en esa penetración en la intimidad, en el santuario de la conciencia donde se atesora eso que a casi nadie se puede confesar sin que medie violencia alguna. Al mismo tiempo el espía que practica ese sublime arte no está libre de peligro, pues él puede no salir indemne de la práctica de ese contorsionismo mental en el que se pone en juego la esencial fragilidad de las identidades. Uno de los mejores ejemplos de lo que digo lo ofrece la excelente serie de televisión The americans. Si alguien la ha visto ya sabe con precisión a qué me refiero.

En las antípodas de este modelo de espía, que es de mi querencia, se encuentra el que ha reducido su tarea al de mero fisgón, de tal manera que más que espía es un vulgar cotilla. El mérito de su trabajo consiste en poner la oreja sin más, ciertamente de forma metódica y disciplinada, haciendo uso de los medios técnicos más sofisticados, pero a fin de cuentas es eso, parasitar a una fuente de información. La muestra cinematográfica de este modelo de espía es el agente de la extinta Stasi, la policía política de la República Democrática de Alemania, de la película alemana La vida de los otros; un personaje gris donde los haya, un funcionario en verdad que se pasa las jornadas escuchando a través de micrófonos ocultos las conversaciones de ciudadanos sospechosos para el régimen del lado oriental del muro de Berlín. Ya me dirán ustedes qué virtud hay en esto.

Por eso, este revuelo político que ha provocado el público conocimiento de que se ha espiado a ciertos políticos a través del programa informático llamado Pegasus a mí, personalmente, me ha movido a un cierto estado de melancolía. Sospecho, a raíz de este asunto que se ha llegado a calificar de escandaloso, que ya pasó la época de esos espías cuyos novelescos avatares glosaran escritores como John le Carré, personajes de alma atormentada y trágica relación con la auténtica naturaleza de su trabajo, la cual tiene que ver con lo más miserable de la condición humana, aunque se quiera disfrazar con los nobles ropajes del patriotismo.

A juzgar por el caso Pegasus diríase que ahora el espionaje que se practica es el que para mí carece por completo de mérito e incluso incurre en ordinariez de pleno. Como el triste funcionario de La vida de los otros, los que se aplicaron a robar información de los móviles a través del dichoso programa israelí no tienen nada de mérito en lo que hacen, pues son lo dicho, meros cotillas. Si acaso el mérito cabe atribuírselo –en la categoría de pericia informática y no en lo que atañe al oficio de espía– a los ingenieros informáticos que diseñaron semejante engendro algorítmico.

Por otro lado creo que no se repara lo suficiente en el hecho de que quienes practican ese espionaje de baja estofa continuamente y a escala mundial –o, en versión más sofisticada, esa recopilación de datos– no son precisamente los servicios de inteligencia estatales, sino las grandes compañías tecnológicas, como Facebook y Google. Resulta cuando menos paradójico y hasta desconcertante que se haga alarde de preocupación por controlar lo que el Estado hace en las sombras para invadir la privacidad de la élite política, pero aceptemos al mismo tiempo con toda la naturalidad que haya compañías que tengan acceso franco y continuo a todo lo que hacemos en los dominios del mundo digital, gran parte de lo cual, extramuros de internet, aceptamos compartir motu proprio con muy pocas personas o incluso con nadie.

Tenemos que recordar la novela de George Orwell, 1984. No podemos –y no debemos– dejar de tenerla en mente para interpretar con lucidez lo que nos pasa actualmente. En ella se expone magistralmente una de las verdades políticas que más nos tendrían que preocupar, pero que pasa prácticamente inadvertida en medio de tanto ruido mediático: la privacidad es poder. Eso es lo que significa esa frase que domina la vida de la sociedad que nos describe Orwell en su novela. Big brother is watching you es la declaración del poder omnímodo, del que no cabe escapatoria. Es el sino del protagonista de la historia, Winston Smith, que trata por todos los medios de conservar un rincón literalmente en el que gozar de un ápice de privacidad. Su desasosegante final tiene su clave precisamente en el conocimiento que el poder posee de sus más íntimos e irracionales temores.

Hace algo así como una década traté en clase este tema del peligro que podía correr nuestra privacidad debido a la imparable extensión del uso de internet y de las redes sociales (estábamos en plena eclosión de Facebook). Por entonces andaba yo leyendo a Nicholas Carr, uno de los primeros críticos de la tecnología digital. El hecho de que todo usuario digital fuera un permanente proveedor de datos sobre él mismo, que entregaba sin el menor reparo y de forma totalmente gratuita a las grandes compañías del sector me parecía motivo de preocupación. Cuando expuse la cuestión a mis jóvenes alumnos, ya nacidos con internet en sus vidas y la mayoría usuarios de esas plataformas virtuales que hoy son algo natural en nuestro día a día, lejos de compartir mi desazón me replicaron que tenía su lógica que las empresas obtuvieran algo a cambio de ofrecernos en abierto tan golosos servicios en red; además, ¿qué tiene que temer de esa colecta comercial de datos quien nada tiene que ocultar? Por esos años, por cierto, llevaba ya varias temporadas de éxito el programa televisivo mezcla de reality show y concurso  de orweliano título, Gran Hermano, un excelente dispositivo mediático que convertía a toda su audiencia en voluptuosos espías de la peor especie, convirtiendo de paso y de manera subrepticia la privacidad en un juego de burdas apariencias. Todo lo cual me hizo pensar en una merma del aprecio por la propia privacidad que instintivamente me provocó un cierto espanto.

Una de las consecuencias no previstas de la revolución digital de las últimas décadas es la pérdida del valor de la privacidad

Es sensato preguntarse si una de las consecuencias no previstas de la revolución digital de las últimas décadas es la pérdida del valor de la privacidad. Nadie puede negar a estas alturas que las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) han dado muestras irrefutables, conforme ha ido avanzando su implantación en todos los ámbitos de nuestras sociedades, de ser un factor que ha transformado significativamente nuestro modo de vida. Su repercusión es inconmensurable en lo que se refiere a la economía, pero también es de hondo calado en los ámbitos de la ética y de la política. Ahora bien, me atrevería a decir que mientras que en lo económico a nadie se le escapan sus efectos, en los otros ámbitos carecemos de la necesaria consciencia que nos permita hacer frente a lo que de dañino pueda conllevar su creciente penetración social.

Hemos constatado por lo ocurrido con la elección de Donald Trump y por el referéndum del Brexit que la manipulación de la voluntad de los votantes es un hecho. Para que esa manipulación fuese posible sabemos que se hizo uso de los datos extraídos de millones de usuarios de internet que, como casi todos, entregamos la llave de nuestra privacidad a las grandes compañías tecnológicas, que disponen de ellos sin nuestro consentimiento. Y da la impresión de que no nos importa; es más: hay razones para hablar de una cultura del exhibicionismo asociada a un modo de vida narcisista.

El filósofo Byung-Chul Han, que tanto ha escrito en los últimos años plasmando sus análisis sobre diversos aspectos de la sociedad de estas primeras décadas del siglo XXI, apunta en sus ensayos –particularmente en Psicopolítica del año 2014– a la noción de «panóptico digital». A partir de la idea del filósofo inglés Jeremy Bentham de una cárcel estructurada de modo que ningún recluso escape en ningún momento a una vigilancia centralizada condensa el pensador de origen coreano la paradoja de internet de la promesa de libertad y comunicación ilimitadas que en la realidad resulta en control y vigilancia totales. Se ha de tener en cuenta que a efectos del ejercicio del poder tan importante es la vigilancia como el castigo. El hecho innegable es que todos participamos de forma activa en la construcción del panóptico digital o  lo que es lo mismo en palabras del citado filósofo: «el Big Brother digital traspasa su trabajo a los reclusos. Así, la entrega de datos no sucede por coacción, sino por una necesidad interna. Ahí reside la eficiencia del panóptico».

Paradoja de las paradojas es que sea la en muchas ocasiones denostada autoridad regulatoria de la Unión Europea la que venga a salvarnos de los excesos de nuestra libertad que deriva en el «dataísmo» (de nuevo expresión de Byung-Chul Han) por el que cada usuario de internet se convierte en mercancía y entrega gustosamente las claves para su manipulación económica y política. Por el reciente acuerdo del sábado 23 de abril la UE se compromete al desarrollo de una nueva legislación que defenderá nuestros derechos como internautas: la Ley de servicios digitales. Esta ley tendrá por finalidad erradicar algunas de las prácticas publicitarias más nocivas de las plataformas digitales; también servirá para contener la difusión de bulos, información errónea y discursos que fomentan el odio, así como para impedir que se haga un mal uso de nuestros datos personales, etc.

La economía de los datos exige una apropiada regulación que proteja la privacidad antes de que se produzca una catástrofe verdaderamente masiva

Ojalá que esta ley en ciernes sea un primer paso hacia la contención ético-política de lo que la filósofa hispano mexicana Carissa Véliz denomina «el capitalismo de la vigilancia». En su libro recientemente publicado bajo el título Privacidad es poder. Datos, vigilancia y libertad en la era digital  esta profesora de Oxford centra  su análisis en cómo ha prosperado en las últimas décadas todo un dominio económico construido sobre el abuso de nuestra información personal en demasiados aspectos y ocasiones. Su más peligrosa actividad es el comercio de los datos personales. Desde su punto de vista es un gran peligro para las democracias libres, igualitarias, estables y liberales. Por eso la economía de los datos exige una apropiada regulación que proteja la privacidad antes de que se produzca una catástrofe verdaderamente masiva (como una filtración monumental de datos biométricos o un mal uso de los datos personales con el fin de perpetrar un genocidio).

La privacidad debe ser entendida como un derecho. Como dice Carissa Véliz «quién eres y qué haces no es asunto de nadie. No eres un producto que haya que transformar en datos con los que alimentar a los depredadores por un precio. No está a la venta. Eres un ciudadano y se te debe privacidad».

Se requiere, pues, tomar conciencia de la disrupción que en el ámbito de la ética causa la implantación y extensión del uso de las TIC. Es decir, hay que saber que no son neutrales en absoluto a la hora de que los individuos proyectemos nuestro ideal de vida buena, inconcebible sin el sagrado valor de la privacidad. Si no lo apreciamos como lo que es, un bien colectivo que no una propiedad privada de la que cada cual dispone a su antojo, entonces renunciamos a una de esas condiciones imprescindibles para vivir la vida que cada cual desea vivir. Regalar nuestros datos personales –es decir, dejarnos vigilar sin control– es dar un poder con consecuencias potencialmente peligrosas.

En 2018 se estrenó la película Anon, del director neozelandés Andrew Niccol. En ella nos presenta una sociedad futura distópica tecnológicamente avanzada en la que el lema orweliano del Big Brother se ejecuta mediante un implante ocular que graba todo lo que ve cada persona, obligada por norma a llevarlo (otra versión tecnológica del panóptico digital). Así se trata de combatir el crimen, sacrificando la privacidad, porque nada escapa a ese dispositivo cuyo registro es accesible a las autoridades pero también a los jáqueres. Ya saben: perder libertad para ganar seguridad; el mantra recurrente que justifica la regresión de derechos en tantos países desde los ataques terroristas del once de septiembre de 2001. Particularmente en los Estados Unidos de América ese principio dogmáticamente aplicado ha justificado toda clase de disposiciones que han conformado una auténtica red de vigilancia de Estado con carácter masivo e indiscriminado que incluye la complicidad de las grandes compañías del mundo digital (es lo que mostraron las revelaciones de Edward Snowden, ahora un proscrito para las autoridades norteamericanas, pero en verdad un defensor del derecho a la privacidad y, por ende, de la libertad de conciencia).

La susodicha película muestra una sociedad en la que la privacidad ha perdido por completo su valor. Ha ocurrido en ella lo que puede pasar con cualquier derecho cuando, por el procedimiento de los hechos consumados, se pierde la conciencia de su importancia, cuando se impone la maquiavélica concepción de la eficiencia, que exige su sacrificio, instalándose inmediatamente en la sociedad su irrelevancia como algo normal.

El final de la historia que nos cuenta nos deja un potente mensaje en el que se reivindica la libertad que atesora el anonimato al que todos tenemos derecho. En una conversación entre los dos personajes principales del filme, cuando la jáquer –que gracias a su pericia logra burlar el sistema de vigilancia policial– se queja al policía espetándole: «que invadas mi privacidad no importa, pero que yo la trate de recuperar es un crimen», él le replica: «cuanto más intentes esconderte más atraes la atención. ¿Cuál es tu secreto? Tiene que haber alguno. Todo el mundo tiene algo que esconder». Entonces da ella la razón definitiva: «eso es lo que intentáis vosotros día tras día. Lo que no entendéis no es que yo tenga algo que esconder; es que no hay nada que quiero que veáis».

¿Quién teme a Pegasus? (De espías, privacidad y el capitalismo de la vigilancia)