El Premio Nobel de Economía, instituciones y democracia

Premios Nobel de Economía 2024. (Imagen: nobelprize.org)
Un premio Nobel de economía al institucionalismo democrático debe ser bienvenido.

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En Davos, durante la conferencia post COVID-19, se decía: “Disponemos de los medios para recualificar y acrecentar las habilidades de los individuos en una escala y cantidad sin precedentes, para desplegar redes de seguridad, que protejan a los trabajadores desplazados frente al despido, y para crear mapas a medida que orienten a los trabajadores relegados hacia los empleos del mañana, adecuados a sus capacidades de aprendizaje” (Klaus Schwab, WEF-2021).

La coyuntura estaba acelerando la segmentación de los trabajadores en tres grupos básicos: “los trabajadores esenciales”, personal de producción, acarreo y distribución de provisiones de primera necesidad, cuidadores y sanitarios; “los trabajadores remotos”, que pueden trabajar a distancia y digitalizar sus tareas con facilidad; la pandemia permitió a los empleadores calibrar las capacidades de una amplia mayoría de asalariados de cuello blanco para trabajar on-line. Por último, “los trabajadores desplazados” por la pandemia, que han tenido que abandonar sus empleos temporalmente y, a causa de la automatización, corren el riesgo de convertirse en desplazados permanentes, y su recualificación no estaba incluida en los gastos necesarios para la recuperación (i).

La crisis de la civilización industrial occidental está obligando a las grandes instituciones globales a realizar apuestas de futuro

Más allá del efecto de la aceleración tecnológica, un porcentaje significativo de compañías apresuran los cambios de ubicación de factorías, cadenas de valor y tamaño de su fuerza de trabajo. La crisis de la civilización industrial occidental, certificada por la sucesión de crisis financieras desde el triunfo del liberalismo en 1989, está obligando a las grandes instituciones globales a realizar apuestas de futuro. El modelo asiático, evidentemente, no atrae a las elites europeas o estadounidenses, pero se configura como una alternativa viable. El populismo es otra, desconectada del confucionismo, que ya tiene sus estudiosos y divulgadores recorriendo Europa, para difundir los mensajes de Donald Trump y Vladimir Putin; las élites liberales tampoco ven, en uno u otro, una opción viable, pero se quedan sin discurso. En Davos, y en el Fondo Monetario Internacional, se está llevando a cabo una revisión neokeynesiana de la política económica, con instrucciones a los gobiernos para su implementación. En esa coyuntura, algunos miembros de la academia económica sienten un gran desasosiego, y recurren a las propuestas originales de la economía, entre las cuales está el institucionalismo, cuyo principal formulador fue Thorstein Veblen, y donde podríamos incluir algunos de los mejores representantes de la socialdemocracia marxista, y la Academia Sueca los reconoce con el premio 2024. Daron Acemoglu es el ejemplo de los economistas que, cómo Mariana Mazzucato se dan cuenta de la pobreza del análisis económico neoclásico y liberal para afrontar los retos de un cambio de civilización. Tiene convicciones democráticas, ancladas en el liberalismo, pero están convencidos de que solo la democracia, ampliando las instituciones, permitirá afrontar nuestra crisis sin destruir los valores de la civilización. ¿Que no saben cómo hacerlo? Por lo menos, se lo preguntan.

En primer lugar, saben que desde Davos no se resuelven las cosas, apuestan por las instituciones democráticas. Pero no desdeñan los datos aportados por las investigaciones sociales. Cómo el estudio del World Economic Fórum 2020 sobre “los empleos del mañana”, que decía: “Después de años de creciente desigualdad de los ingresos, de preocupaciones sobre los desplazamientos de los empleos por la tecnología, y el alza del descontento global de las sociedades, la combinación de shocks sanitario y económico de 2020 ha provoca la disrupción de los mercados laborales y revelado la falta de adecuación de nuestros contratos sociales. Nos hallamos en un momento de definiciones: las decisiones y elecciones que hoy hagamos determinarán el curso de las vidas y medios de vida de generaciones enteras. La abundancia de innovación tecnológica define nuestra era actual y puede ser la palanca que levante el potencial humano".

El aumento de los trabajadores pobres desincentiva la esperanza de encontrar un empleo digno y estable

La “Platform for the New Economy and Society”, entidad autora del estudio, hace un detallado y cuantificado análisis de los riesgos para los empleos en las economías más importantes del mundo. Detalla la demanda de nuevos perfiles profesionales, categorías de éstos y formación necesaria en cada país con el horizonte de 2025, y bajo el condicionante de la aceleración en la incorporación de nuevas tecnologías de automatización por las corporaciones y las empresas, que están trasformando los procesos de trabajo y, con ellos, los empleos y las habilidades requeridas para ejercerlos. Dice, “en ausencia de esfuerzos proactivos, la desigualdad se exacerbará; porque los avances de la digitalización se producen con un gasto mínimo en recualificación”. La competencia por los empleos aumenta, el miedo a la precariedad se suma a la renuncia a recalificarse por falta de confianza, y el aumento de los trabajadores pobres desincentiva la esperanza de encontrar un empleo digno y estable”.

Más de dos tercios de los directivos encuestados del WEF-Report-2020, declararon la necesidad de invertir en la formación, también que percibían incertidumbres y no lo harían: la velocidad del cambio tecnológico impedía concretar las habilidades y capacidades a fomentar mediante los gastos de recualificación”. Tampoco podían caracterizar la plantilla de empleados “no prescindibles”. Las empresas privadas no quieren aceptar como propia la responsabilidad en la reubicación del personal afectado por la automatización. Antes de planificar plantillas, están estudiando qué capacidades son susceptibles de ser externalizadas y subcontratadas, y los gastos en cualificación aún están por precisar.

¿Quién pagará la factura de reciclar el capital humano de las empresas?

En ese entorno, la primera pregunta de los directivos encuestados es: ¿Quién pagará la factura de reciclar el capital humano de las empresas? Sin dudarlo, esperan que, al final, los gobiernos paguen, tanto el dinero, como el coste en reputación de las reubicaciones. Como lograron pasar el coste del Estado del Bienestar a los propios asalariados, tras las reformas fiscales de 1980-2000; desde entonces, los empleados contribuyentes fiscales cargan con la parte principal del gasto, de una forma u otra. Si analizamos país a país, los desplazamientos de personal por la tecnología son más agudos en las economías industriales más tradicionales; en los países con sistemas administrativos que más empleados tienen, y entre las poblaciones envejecidas. Por ello avanzan las opciones políticas que deterioran las instituciones de la democracia.

También en noviembre de 2020 (ii) se celebró en Riad la Asamblea del G-20; se inició con la bochornosa ceremonia de saludos al príncipe tenebroso, asesino de periodistas. Aún no se había desatado en Europa, ni en EEUU, la tercera ola de contagios de la pandemia, y el ambiente de los gobernantes del mundo era moderadamente optimista respecto al futuro, pero, las pérdidas de empleo se cuantificaban en decenas de millones, especialmente los trabajadores de más baja cualificación, las mujeres y los jóvenes. Allí estaban los gobernantes de la mayoría de la población global, un año antes de que las vacunas hicieran ver un mundo prisionero de los nacionalismos excluyentes, y de los bloques culturales. Cuando los países más desarrollados permitieran la degradación de sus stocks de vacunas, en lugar de mostrarse solidarios y difundirlas a las poblaciones más necesitadas, y comenzamos a percibir la fragmentación comercial global.

Los países emergentes, y los menos desarrollados, no han podido evitar los efectos adversos sobre la productividad

Empezaba la carrera económica de Asia para superar a Occidente, y la línea se veía en un horizonte cercano. EEUU y Europa vieron la amenaza, y el programa del G-20 se limitó a recomendaciones coyunturales, como las ayudas a las empresas viables y estratégicas, con el objetivo de minimizar las quiebras innecesarias, o la volatilidad de los flujos de capital tras la pandemia. La cumbre se centró en las economías emergentes, donde la falta de rodaje institucional convierte las incertidumbres en mala coordinación entre las finanzas y la economía real. Su capital humano sufrirá de descualificación, producto de los déficits de la sanidad y la educación; el deterioro de los oficios podría dañar, a medio plazo, la productividad, afectando los mercados externos de mercancías y capitales. La reacción de las economías desarrolladas al estrechamiento de los mercados emergentes, y a la falta de oportunidades inversoras en ello, ha sido el impulso a la incorporación de la Inteligencia Artificial para la automatización (Alonso et als., 2020). Los países emergentes, y los menos desarrollados, no han podido evitar los efectos adversos sobre la productividad, causados por la pandemia y el colapso de sus sistemas de salud; pero el cambio de paradigma en las intervenciones del Fondo Monetario Internacional (iii) ha evitado las quiebras masivas de empresas, minimizando pérdidas importantes de capital organizativo y know-how, que hubieran agravado las crisis de pobreza de los trabajadores con empleo, que ya sufren estos países. A pesar de los indicios de conflicto, el G-20 recomendó a los gobiernos encauzar las inversiones subvencionadas hacia la economía digital y verde, y promocionar formación en capacitación por su carácter inclusivo. Pero nada se dijo sobre trasferencia de rentas entre estados, condición necesaria para el libramiento de subvenciones de formación en los países en desarrollo.

Durante la pandemia, el apoyo político otorgado a los mercados globales por el FMI y los gobiernos y bancos centrales de los países más desarrollados ayudó a mantener la calma. Pero, a medio plazo, la acumulación de deuda pública repercutirá en la capacidad de los bancos e instituciones financieras para proporcionar crédito a los sectores no financieros, debilitará el comercio exterior y sumará gritas a la fragmentación de la guerra fría. El equipo actual del FMI hace equilibrios y busca consensos pacificadores, el discurso de la directora del FMI al G20 subrayaba el carácter multiplicador, en una economía global, de la concertación inversora intergubernamental y cconsejaba fomentar las exportaciones de los más endeudados hacia los países con mayor capacidad fiscal, para conseguir, con este intercambio, que los países acreedores se convirtieran en compradores importadores y la deuda global disminuyera. El FMI consideraba necesaria la cooperación en la lucha contra el cambio climático; principal problema global, y la economía verde conlleva un mayor arrastre de empleo. En sintonía con la OMS recomendó al G20 la cooperación en salud, clima y desarrollo y reiteró a los países que, para cumplir los compromisos de París y de Lisboa se deberían alcanzar acuerdos interestatales. El G-20 hizo un llamamiento, aunque tímido, a recuperar la capacidad fiscal de los estados, tanto para disminuir la desigualdad y soportar el aumento de deuda soberana, como para financiar los enormes gastos en protección social y educación que necesitará la “nueva normalidad” pos-pandemia. Propuso un sistema, consensuado y general para la fiscalidad de las empresas multinacionales: el “G-20/OECD Project Base Erosión and Profit Shiftng”, basado en gravar el negocio que éstas desarrollan en cada uno de los países. Este mecanismo de tasación fiscal persigue reducir el alcance de la elusión y la competencia fiscales entre estados. El proyecto permitiría reforzar las finanzas públicas; aunque evita las referencias a las plazas off-shore, o las prácticas elusivas de las corporaciones informáticas, defendidas por EEUU con Trump, veladas por Biden y aprovechadas por Irlanda, tampoco se ha puesto en marcha.

Ya fuera de programa, China fue citada expresamente como el país industrializado que menos había sufrido la recesión. Evidentemente, el G-20 no podía plantearse las consecuencias geopolíticas, ni los cambios en la percepción global del equilibrio, asociados a esa nueva realidad. Pero toda visión de un cambio profundo en la civilización actual no puede ignorar al capitalismo autoritario de estado, y su ubicación global como una variante de salida a la crisis. Plantea, además, una posible alternativa real, en evitación de la destrucción mutua, congruente con las respuestas obtenidas de los empleadores en el WEF-Report-2020, y su aire despótico. La sorprendente mención explícita a ese país, donde vive más de un 20% de la población mundial, sugiere que las perspectivas estratégicas de la guerra fría y el colonialismo están desfasadas. Europa se hace un lío entre sus opciones exportadoras y su pasado, y EEUU intenta un esfuerzo desesperado por evitar una pérdida de posición dominante; el intento de ampliar la OTAN hacia países de la antigua URRS, avivar el litigio taiwanés, la destrucción de Palestina y, de paso, amenazar a todas las comunidades de Oriente Medio no alineadas con EE UU, deberían alertarnos de los peligros de la situación de desgobierno global, mientras Europa sigue ausente, sin propuestas de paz y cooperación global propias.

Europa no comprende que estamos ante la opción estratégica de mayor calado desde los tratados de la Europa del carbón y el Acero

La conferencia del G20, en sintonía con los informes recientes del FMI (iv), señalaba a una dinámica de las fuerzas productivas, claramente dirigida hacia la cooperación tecnológica y comercial; mientras la acción obstaculizadora de los gobiernos afectados en su hegemonía puede conducir hacia una confrontación suicida. Europa no comprende que estamos ante la opción estratégica de mayor calado desde los tratados de la Europa del carbón y el Acero. China no puede pretender la hegemonía, pero puede ser muy peligrosa si se la obliga a defender el desarrollo ya conseguido, y EE. UU está sobrepasado por un liderazgo que no ha sabido ejercer cuando en 1989 le cayó en las manos. Europa aún representa el futuro, mejor que otros, pero, como dice Bauman, pisamos suelo líquido, y todo puede cambiar. Son nuestras instituciones, nacionales y continentales, las que nos han permitido sortear ochenta años las vicisitudes de la reconstrucción, y de la globalización. Ahora necesitamos más democracia para adecuar las instituciones que ya tenemos al cambio que se avecina, y autonomía para cooperar con otros países en lograr acuerdos de paz, que den garantías de seguridad a todos, y proporcionen un entorno favorable a los cambios verdes necesarios. Evidentemente, un premio Nobel de economía al institucionalismo democrático debe ser bienvenido.


(i) The Future of Jobs Report 2020: Pp. 4-50; (WEF, 2020) World Economic Forum, Geneve, October.
(ii) G-20 Surveillance. Note. G-20 Leaders´ Summit November 21-22, 2020 Riyadh Summit, Virtual Meeting IMF.
(iii) Ver los números de la revista Finances & Development, trimestrales, de 2022, 2023 y 2024, y el Staff Paper 4/2023 Transforming Public Finances through GovTech, IFMSDN202304.
(iv) IMFSDN202301 Geoeconomic:….Papel del Staff del FMI enero 2023