martes. 27.02.2024

Uno de los libros más interesantes, que he podido leer en los últimos tiempos, es Los nuevos dictadores. El rostro cambiante de la tiranía en el siglo XXI, publicado en España en mayo de 2023. Sus autores son Sergei Guriev y Daniel Treisman. El primero, Sergei, es profesor de Economía del Instituto de Estudios Políticos de Paris (Sciencies Po), de cuya universidad fue nombrado rector en 2022. En cuanto al segundo, Daniel, es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de California en Los Ángeles. El gran interés de este libro radica en su distinción muy clara entre las dictaduras del siglo XX, las dictaduras del miedo, con las que aparecieron a comienzos del XXI, dictaduras de la manipulación. Es un trabajo basado en una impresionante documentación bibliográfica, que ocupa unas 70 páginas. Es producto de una mezcla de investigación y experiencia personal, ya que han dedicado varios años a seguir el auge del sistema de Putin, a través del análisis académico y la observación directa. Los autores señalan que no es estrictamente una monografía académica, ya que su objetivo es esbozar la historia de la evolución del autoritarismo y sugerir una interpretación. Con este fin, documentan la expansión de los dictadores de la manipulación y describen los métodos para mantenerse en el poder. Lo más sobresaliente para mí, además de la claridad expositiva, que es de agradecer, la distinción y contraposición entre dos tipos de dictaduras, que ya he citado. Me limitaré a reflejar resumida una parte del libro, a la que también incorporaré reflexiones y datos propios.

Los dictadores han ido cambiando. Los tiranos clásicos del siglo XX -Adolf Hitler, Josef Stalin, Mao Zedong- fueron figuras responsables de la muerte de millones de personas. Se propusieron construir nuevas civilizaciones dentro de sus fronteras fuertemente vigiladas -y a veces en expansión-. Necesitaron controlar no sólo el comportamiento público de la gente, sino también su vida privada. Para ello, cada uno creó un partido disciplinado y una brutal policía secreta. No todos los dictadores de la vieja escuela eran asesinos genocidas o profetas de algún credo utópico. Pero incluso los menos sanguinarios eran expertos en proyectar miedo. El terror era su herramienta de uso general. 

Distinción entre las dictaduras del siglo XX, las dictaduras del miedo, con las que aparecieron a comienzos del XXI, dictaduras de la manipulación

Sin embargo, hacia finales de siglo XX algo cambió. Los hombres fuertes de todo el mundo empezaron a acudir a las reuniones con trajes serios en lugar de con casacas militares. La mayoría dejó de ejecutar a sus oponentes ante estadios de fútbol repletos. Muchos volaron a la conferencia anual de negocios de Davos para codearse con la élite mundial. Estos nuevos dictadores contrataron a encuestadores y consultores políticos, organizaron programas de radio y televisión a los que los ciudadanos podían llamar y enviaron a sus hijos a estudiar a las universidades de Occidente. No aflojaron su control sobre la población, ni mucho menos, sino que trabajaron para diseñar instrumentos de control más eficaces. Pero lo hicieron actuando como demócratas. Obviamente, estos nuevos dictadores no tienen nada que ver con los Stalin, Mao o Franco.

No todos los autócratas han dado este salto. Kim Jong-Un, de Corea del Norte, y Bashar al-Assad, de Siria, encajarían perfectamente en los déspotas del siglo XX. En China y Arabia Saudí, los gobernantes han digitalizado el viejo modelo basado en el miedo en lugar de sustituirlo. Pero el equilibrio mundial ha cambiado. Entre los líderes de las no-democracias de hoy, la figura representativa ya no es un tirano totalitario como Stalin, un carnicero sádico como Idi Amin, o incluso un general reaccionario como Augusto Pinochet. Es un manipulador suave como el húngaro Viktor Orbán o el singapurense Lee Hsien Loong, un gobernante que finge ser un humilde servidor del pueblo.

Este nuevo modelo se basa en una idea brillante. El objetivo central sigue siendo el mismo: monopolizar el poder político. Pero los hombres fuertes de hoy se dan cuenta de que, en las condiciones actuales, la violencia no siempre es necesaria, ni siquiera útil. En lugar de aterrorizar a los ciudadanos, un gobernante hábil puede controlarlos remodelando sus creencias sobre el mundo. Puede engañar a la gente para que obedezca e incluso apruebe con entusiasmo. En lugar de una dura represión, los nuevos dictadores manipulan la información. Al igual que los asesores de prensa en una democracia, dan vueltas a las noticias para conseguir apoyo. Son dictadores de la manipulación.

Los hombres fuertes de hoy se dan cuenta de que, en las condiciones actuales, la violencia no siempre es necesaria, ni siquiera útil

Los autores primero caracterizan con gran claridad los dictadores del siglo XX. Estos fueron diversos, aunque compartieron ciertos rasgos. La gran mayoría utilizó la represión violentaLa usaron para remodelar la sociedad, para extraer recursos de la población y para derrotar y desalentar a la oposición. Las matanzas fueron variables. Stalin y Mao fueron responsables de millones de muertos. Otros se las arreglaron con sólo unos miles, como Ferdinand Marcos en Filipinas; o unos cientos, como Chadli Bendjedid en Argelia. De Franco, cualquier conocedor de nuestra historia, a no ser que esté aquejado de paranoicos prejuicios, sabe que fueron muchos miles, que siguen enterrados en las cunetas de cualquier carrera comarcal o en una cantera de escombros, circunstancia que nos debería avergonzar a los españoles. Sea como fuere, todos estos citados dejaron un reguero de sangre.

Y la mayoría de estos dictadores sangrientos mostraron su violencia públicamente, como un aviso a navegantes. Mobutu en Zaire ahorcó a cuatro exministros ante una multitud de cincuenta mil personas. El hombre fuerte de Haití, Jean-François Duvalier, Papa Doc, colocó durante tres días un cuerpo sin cabeza en la esquina de una calle de Puerto Príncipe.

A la vez, la mayoría de los dictadores del siglo XX, ejercieron un control exhaustivo sobre las comunicaciones públicasAlgunos prohibieron o nacionalizaron todos los medios de comunicación privados. Otros censuraron la prensa e intimidaron a los periodistas. Al igual que con la violencia, los dictadores no ocultaron la censura. Algunos como Hitler, Mao y Franco quemaron libros en enormes hogueras. Sobre la quema de libros en este medio publiqué el artículo Donde se queman libros, se acabará quemando también a personas, donde expuse estas prácticas en la Alemania nazi y en la España franquista. Al respecto, no quiero desaprovechar la ocasión para volver a citar a un desdichado personaje. Que lo vuelva a citar hay razones más que suficientes. El Rector de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita, en un artículo titulado, “El peor estupefaciente”, hacía referencia al “libro sectario” que poblaba las “bibliotecas criminales” de todo el país. Por este motivo argumentaba que “el fuego purificador, es la medida radical contra la materialidad del libro”. Tales palabras aparecen en el Boletín de Educación de Zaragoza, nº 3, diciembre-noviembre, 1936. Todavía la Inmortal Zaragoza rinde homenaje a este ínclito personaje, don Gonzalo Calamita, dedicándole una calle. Otros, como Pinochet, mandaron a soldados a higienizar las librerías. La URSS creó una agencia de censura específica, Glavlit, para purgar emisiones y publicaciones. Los escritores críticos solían desaparecer o acababan en campos de prisioneros. La propaganda estatal era agresiva diseñada en departamentos de propaganda y comunicación.

La mayoría de estos dictadores del XX conservaron el poder mediante la represión a la oposición, el control de las comunicaciones, la imposición de una ideología

Muchos dictadores del siglo XX trataron de aislar a sus países, aunque nunca fue completo, ya que tenían que comerciar con otros. Pero casi todos veían el mundo exterior con recelo. Los visitantes poco fiables, la información inadecuada y determinados libros se bloqueaban en la frontera. Los admitidos se vigilaban. Muchos no dejaban salir a sus ciudadanos, con el propósito de limitar el conocimiento del mundo exterior. Un buen ejemplo de lo expuesto podría ser el régimen franquista. En la mayoría de los países comunistas viajar al extranjero requería una autorización del gobierno, y en algunos casos, como, la República Democrática Alemana, Albania y Rumania, intentar emigrar sin permiso era un delito capital.

Por último, estos dictadores del siglo XX, se burlaron de la democracia parlamentaria, practicada en Occidente. Muchos adujeron que estaban construyendo órdenes políticos nuevos y superiores. Los más descarados se apropiaron de la palabra democracia. República Democrática Alemana, República Popular Democrática de Corea, y Democracia Orgánica en España. Ni que decir tiene que subvirtieron la esencia de un sistema democrático.

Como conclusión, la mayoría de estos dictadores del XX conservaron el poder mediante la represión a la oposición, el control de las comunicaciones, la represalia a los críticos, la imposición de una ideología, los ataques a la democracia pluralista y bloqueo a los flujos transfronterizos de personas e información. El principio básico de estas dictaduras era el miedo y la intimidación. Eran dictadores del miedo.

Sin embargo, en la década de 2000, se observa un nuevo tipo de dictador, que podría denominarse dictador de la manipulación. Podrían ponerse algunos ejemplos. Hugo Chávez, Putin, Orbán… Para mí el paradigma sería el dirigente húngaro. 

Estos nuevos dictadores siguen determinadas reglas. La primera es ser popular. A diferencia de los déspotas clásicos, los dictadores de la manipulación se preocupan por los índices de aprobación. Como señaló ya Maquiavelo, pueden hacerlo de diferentes maneras. En cualquier régimen, la prosperidad tiende a aumentar la popularidad del gobernante. Pero la prosperidad no es eterna, En este caso utilizan la represión para contener el descontento. Pero la utilizan como último recurso. Su mejor recurso, cuando la economía va mal, y la verdad se vuelve en su contra, se distorsiona. Manipulan la información. Para hacer esto suelen ser previsores; en los buenos tiempos se preparan para los malos. Se atribuyen el mérito de los éxitos, incluso los debidos al azar y se construyen una reputación de profesionalidad, y fingen que gobiernan para todos. Al mismo tiempo consolidan el control de los medios. Suelen hacerlo con discreción, para mantener su credibilidad, compran a los propietarios de los medios y fomentan la autocensura. Esto les permite en las dificultades, desviar la atención de los resultados malos y dirigir la culpa a otros. Orbán sabe muy bien culpar a la Unión Europea de sus fracasos. Así pueden seguir siendo populares durante un tiempo. Orbán aprovechó el ataque terrorista a la revista francesa Charlie Hebdo y la crisis de los refugiados de 2015 para remarcar más su carácter identitario, confrontando con las instituciones europeas y convirtiéndose en referente de la ultraderecha con sus políticas de cierre de fronteras y expulsión de migrantes.

Los dictadores del miedo del siglo XX cerraban con frecuencia sus fronteras para evitar informaciones foráneas. En cambio, los dictadores de la manipulación se abren al mundo

Una vez han conseguido su aceptación, utilizan su popularidad para consolidar su poderEsta es la segunda regla de los dictadores de la manipulación. La popularidad suele ser contingente, que puede bajar o subir. Por ello, tiene sentido invertir parte de ella en otras palancas de control. Convoca elecciones y referéndums y, al obtener grandes victorias, reivindica su mandato para adaptar las instituciones políticas y legales a sus intereses: realiza cambios constitucionales: pone en los tribunales y organismos reguladores a personas leales; y manipula los distritos electorales para crear un colchón de apoyo constitucional; o, también cambia la ley electoral. Un ejemplo la Hungría de Orbán. Se aprobó la reforma constitucional adelantada en el manifiesto Haya paz, libertad y concordia, publicado en 2010, en el que se decía que Hungría recuperaba “el derecho para autodeterminarse” y que había nacido un “nuevo pacto social con el que los húngaros han decidido fundar un nuevo sistema, el Sistema de la Cooperación Nacional centrado en el trabajo, casa, familia, salud y orden”. En 2011 se aprobó la nueva Constitución. Desaparecía del nombre oficial «República», pasando a llamarse solo «Hungría», marcando distancias con la tradición republicana magiar, y se afirmaban las raíces cristianas: la familia era la unión conyugal de hombre y mujer y se protegía el feto desde su concepción. Se redujo el poder del Tribunal Constitucional, impidiéndole controlar al Ejecutivo. Modificó la ley electoral, recortando el número de parlamentarios en un sistema unicameral de 386 a 199.

La tercera regla es fingir que son democráticosHoy en todo el mundo se defiende la democracia. Los dictadores que siguen gobernando a través del miedo desafían esa opinión global favorable a la democracia. Por el contrario, los dictadores de la manipulación fingen que adoptan las reglas de la democracia. Desde fuera se ve como un acto de hipocresía, mientras que en casa-e incluso a veces en el extranjero- hay muchos que no la ven. Un ejemplo muy claro puede ser el siguiente. Singapur dice ser una democracia, y a menudo se la considera como tal. Celebra elecciones periódicas. “Usted tiene derecho a llamarme lo que quiera- replicó Lee Kuan Yew en una ocasión a un periodista crítico-, pero, ¿necesitó ser un dictador cuando puedo ganar sin esfuerzo alguno? Se le olvidó añadir que ganar siempre, sin esfuerzo alguno, es la señal que identifica a estos nuevos dictadores. En las trece elecciones parlamentarias celebradas en Singapur desde su independencia, el Partido de Acción Popular de Lee había ganado más del 89% de los escaños, igualando a los del Partido Comunista de la URSS.

Los dictadores del miedo del siglo XX cerraban con frecuencia sus fronteras para evitar informaciones foráneas. En cambio, los dictadores de la manipulación se abren al mundo. En ocasiones, limitan los medios de comunicación extranjeros. Pero por lo general reciben con agrado la entrada de personas, capital y datos, y saben cómo beneficiarse de ellos. Se incorporan a las instituciones internacionales y dificultan cualquier misión que pueda resultarles contraria. Se dirigen a grupos potencialmente favorables en Occidente a través de la propaganda en Internet y hackean a las voces críticas. Además, emplean la infraestructura subterránea de empresas y bancos en paraísos fiscales para proteger su dinero y atraer a las élites occidentales.

No debemos olvidar que las democracias también pueden morir por líderes electos que las erosionan desde las instituciones

La última regla-y la más importante- es evitar la represión violentao por lo menos ocultarla o camuflarla si recurren a ella. En las sociedades modernas, la brutalidad desacredita al líder. Para un dictador de la manipulación, la violencia explícita contra la gente es un fracaso. Cuando sé es popular, ser violento es contraproducente, y puede socavar la imagen de un líder ilustrado.

El auge de la dictadura de manipulación es uno de los fenómenos políticos más llamativos del último medio siglo. Más, ¿cómo será su futuro? Es difícil preverlo. ¿Se mantendrán estas dictaduras de manipulación? ¿Sobrevivirán hasta mitad del siglo XXI los regímenes que hoy gobiernan en Singapur, Rusia y Hungría? ¿Transitarán las dictaduras del miedo, que aún quedan, a dictaduras de la manipulación? ¿Será a la inversa? Según los autores en los próximos años, el equilibrio entre las autocracias dependerá si la modernización y la globalización continúan. Si lo hacen, los dictadores se enfrentarán a una presión cada vez mayor para sustituir la represión violenta por la manipulación. Puede que algunos desaparezcan por levantamientos populares. Sin embargo, si el cóctel de la modernización se debilita o incluso se revierte, las democracias pueden retroceder y las autocracias hacerse más abiertamente represivas.

El futuro de las dictaduras de manipulación dependerá en parte de cómo surgieron. Lo hacen de dos maneras. A algunos gobernantes, lo que los lleva a la manipulación es la modernización de sus propias sociedades. En Singapur y Rusia, al menos uno de cada cuatro adultos tiene un título universitario. En estos lugares, al estar la gente más formada, está más informada y resulta complicado engañarla. Pero los dictadores de la manipulación tratan de impedir que los informados debiliten su popularidad y movilicen la gente en su contra. ¿Cómo hacerlo? Pueden captar comprándolos a los críticos, para que guarden silencio o incluso que hagan propaganda para él. Lo ha hecho Putin, ya que en las cadenas de televisión partidarias del régimen contrataron a los universitarios con más talento, o simplemente ponen a funcionar a la censura. A otras dictaduras lo que los lleva a la manipulación es la presión externa. En Tanzania, la comunidad con estudios universitarios es muy pequeña. Y sin embargo, los líderes recientes han aparentado ser democráticos, se han servido de los medios para aumentar su popularidad y han utilizado menos la coerción. Esta moderación pretendía complacer a los gobiernos y donantes occidentales, de los que depende el país. En 2009, la ayuda extranjera supuso el 70% del gasto del gobierno central tanzano. Son dos sendas diferentes.

Las democracias se enfrentan hoy a un reto complejo. Durante las guerras mundiales del siglo XX y la Guerra Fría, los enemigos de la libertad no se ocultaban. Las líneas divisorias estaban claras. Hoy, el panorama es más difuso. Salvo algunos que siguen siendo dictadores claros del miedo, como Kim Jong-un, la mayoría son más difíciles de identificar. Se integran en la sociedad internacional para erosionarla desde dentro. Los politólogos occidentales no han sabido describir a estos nuevos autócratas, dictadores del miedo. Los equiparan a los viejos autócratas- a Chávez lo llaman otro Castro- o bien apoyan su simulación democrática, como hacen con Orbán. Ni son tiranos, como Hitler, ni miembros rebeldes del mundo occidental. Son otra cosa. Lo grave es que, en países democráticos, como España u otros de la Unión Europea, no faltan líderes políticos que siguen las prácticas políticas de estos nuevos dictadores del siglo XXI, dictadores de la manipulación, como Orbán. No debemos olvidar que las democracias también pueden morir por líderes electos que las erosionan desde las instituciones. 

Los nuevos dictadores del siglo XXI