martes. 23.04.2024
Salvador Allende
Salvador Allende

Isabel Allende Bussi, hija de Salvador Allende, ha publicado recientemente un texto corto, “11 de septiembre, esa semana”, en el que cuenta cómo vivió, sintió y le marcaron para siempre aquellas jornadas trágicas de 1973, entre el 9 y el 16 de septiembre, en el que su mundo y los derechos y libertades del pueblo chileno fueron bombardeados y destruidos por un golpe militar auspiciado y respaldado por EEUU.

Aquel golpe militar derechista contra el Gobierno de la Unidad Popular presidido por Allende destruyó también el intento de construir una vía pacífica al socialismo en la que la defensa de los valores democráticos y los Derechos Humanos era una parte esencial de la acción política y la estrategia de cambio lideradas por el presidente Allende. 

Aún no he podido hacerme con un ejemplar del libro mencionado, pero sé que su lectura será emocionante y reparadora. Para una parte de mi generación, el 11 de septiembre de 1973 jugó un papel esencial que nos empujó al compromiso militante antifranquista y arrasó cualquier ilusión que pudiéramos albergar sobre la hipotética evolución paulatina a la democracia de la dictadura franquista: estaba en la esencia del Régimen el desprecio por cualquier tipo de sistema o valores democráticos. Tomamos nota y cada cual eligió cómo y desde qué organización política encauzar sus energías en la lucha por la democracia y el socialismo. Luego, la vida nos daría otras lecciones sobre los muchos y complejos vericuetos e imprevistos que pueden tomar y condicionar los procesos reales de cambio y transición a la democracia.

Para una parte de mi generación, el 11 de septiembre de 1973 jugó un papel esencial que nos empujó al compromiso militante antifranquista

Se desarrolla en Chile en estos días (medio siglo después de los preparativos operativos y del golpe militar contra la democracia chilena) un debate público muy interesante que relaciona los deberes de memoria histórica, verdad y justicia con la necesidad de construir un amplio consenso ciudadano que permita asentar la convivencia y un futuro democrático. Debate que en el caso de España también se está dando en unas condiciones de parecida polarización política, pero de forma menos precisa, más trabada y, conjeturo, mayor subordinación a pequeñas batallitas políticas con muy poco recorrido que sólo pretenden atención mediática. 

Está muy bien prestar la atención debida, como está haciendo Nuevatribuna, a informar sobre aquel golpe militar de hace 50 años y a recordar la larga y dura lucha por la democracia que llevó a cabo el pueblo chileno, pero conviene también observarnos en el espejo del debate público que se está desarrollando actualmente en Chile a propósito del golpe militar y de cómo se interrelacionan las miradas al pasado y al futuro.

Isabel Allende Bussi ha intervenido con claridad en esa reflexión pública y abierta: No va a haber nunca -ni tiene por qué haberla, sería absurdo- una verdad oficial. Cada uno va a tener su interpretación, cada uno lo vive como lo vivió. […] Lo que no entiendo es que la clase política no sea capaz de hacer un gesto y decir que nunca más se va a quebrar la democracia. Ese es el compromiso que hay que tener para siempre. Ese mínimo civilizatorio que nos permita decir con eso podemos construir mañana lo que sea, porque sabemos que la democracia hay que cuidarla.



El actual presidente de Chile, el progresista Gabriel Boric, ha pronunciado un discurso solemne en el mismo sentido: Nos comprometemos a cuidar en conjunto el valor de la democracia, el valor del disenso, el valor de poder habitar, pensando distinto, una misma patria. […] Valorarnos en nuestra diferencia, valorarnos en nuestra diversidad, eso es cuidar la democracia. Y que nunca más en Chile, por ningún motivo, nadie justifique la violación de los derechos humanos de otra persona por pensar distinto a él. Eso es lo que yo espero de esta conmemoración. Y que sea un momento de reflexión. Lo que acá se busca es justicia, no venganza.

Con muy poca frecuencia ejercitamos un espíritu reflexivo sobre esas conmemoraciones, incorporando la distancia necesaria y la correspondiente carga crítica

La izquierda española también aprecia las conmemoraciones, tanto las de las gestas como las de las grandes derrotas heroicas propias o ajenas. Y el presidente Salvador Allende y el 11 de septiembre de 1973 ocupan un lugar muy especial en nuestra memoria. No nos mostramos tan inclinados a conocer todas las aristas de lo que conmemoramos o a propiciar una reflexión pública sobre lo que se celebra y sus repercusiones sobre el presente y el futuro; antes bien, tendemos a convertir cualquier conmemoración en símbolo particular y seña de identidad diferenciadora que, demasiado a menudo, convertimos en combustible con el que reavivar disputas partidistas e ideológicas inacabables y que tanto interesan a la estrategia polarizadora de la extrema derecha. 

Podemos llegar a creer que los acontecimientos relevantes que forman parte de la memoria histórica pueden convertirse en una oportunidad para impulsar una reflexión política socialmente enriquecedora, pero apenas practicamos esa creencia. Con muy poca frecuencia ejercitamos un espíritu reflexivo sobre esas conmemoraciones, incorporando la distancia necesaria y la correspondiente carga crítica con ideas y propagandas del pasado, diferenciando las que se consideren dignas de aprecio de las que merecen ser cuestionadas o abandonadas. Sólo desde esa práctica reflexiva pública se puede vincular la memoria histórica con una acción política presente y futura respetuosa con los disensos y en la que la defensa de la convivencia, la democracia y los Derechos Humanos sean un objetivo compartido y un patrimonio común del conjunto de la sociedad, las instituciones y la gran mayoría de los partidos políticos. 

Este 11 de septiembre, en el que se cumplen 50 años del ejemplar comportamiento en defensa de la democracia de Salvador Allende y del terrible y criminal golpe militar encabezado por el general Pinochet, puede ser un buen momento para ejercitar ese debate público con el mismo espíritu reflexivo y de futuro con el que lo están intentando en Chile el Gobierno progresista que preside Gabriel Boric y las fuerzas democráticas y progresistas chilenas. 

11 de septiembre, hace 50 años y ahora