lunes. 04.03.2024
Homenaje a los asesinados en Valcaldera (2016)
Homenaje a los asesinados en Valcaldera (2016)

Verdad, justicia y reparación” ha sido el lema de los Movimientos de Recuperación de Memoria histórica (MRMH), como consecuencia de la represión ejecutada en la población tras el golpe de 1936. Tanto en Navarra como en el resto de las Comunidades españolas. Cabe decir que, de un tiempo para acá, a estas víctimas -más de cuatro mil asesinadas y miles de supervivientes represaliados durante la larga dictadura franquista en el caso de Navarra- se le fue sumando la recíproca reivindicación de otras víctimas, surgidas en un contexto diferente, cuyos ejecutores han confundido los medios con los fines para justificar sus crímenes.

Afirmamos rotundamente que nunca fue objetivo de los MRMH la utilización de las víctimas como medio para conseguir unos réditos políticos. Hubiera sido de una obscenidad impresentable. Lo que sí exigieron en Navarra las asociaciones de familiares fue que se recuperaran los cuerpos de sus familiares asesinados y desperdigados por cunetas y ribazos y ello para darles una sepultura digna y que la justicia restituyera su dignidad como ciudadanos, arrebatada en un tiempo y en un lugar de forma alevosa y criminal. Víctimas que, en número significativo, siguen hoy desaparecidas en los lugares donde fueron ejecutadas, sin que nunca nadie de los culpables dejase ninguna muestra de humanidad indicando -ni siquiera anónimamente-, donde poder encontrar sus restos. Ni siquiera lo hicieron cuando directamente se les preguntó por tales circunstancias.

Víctimas que siguen hoy ‘desaparecidas’ en los lugares donde fueron ejecutadas, sin que nunca nadie de los culpables indicasen -ni siquiera anónimamente-, donde poder encontrar sus restos

Entendemos que una dialéctica ideológica basada en la utilización de las víctimas es el signo más rastrero y elocuente de la aberración, no solo conceptual, sino existencial, en la que algunos partidos siguen aún chapoteando. Ningún partido político debería utilizarlas para justificar sus postulados presentes. Porque las víctimas no les pertenecen. No son patrimonio de nadie. Si lo son, lo serán de sus familiares. Y punto.

Es sintomático de cierta maldad ética que la derecha actual siga regodeándose aireando los nombres de las víctimas de ETA, poniendo a su lado los nombres de sus asesinos y, actualmente, de los que considera sus “amigos”. Tampoco, las llamadas víctimas del Estado han tenido la consideración de ser víctimas. Ni por los partidos de derecha, ni de izquierda. Sólo recibieron la categoría de “efectos colaterales” y siempre considerados como necesarios, pero ni siquiera como un mal menor. Y tampoco los nombres de estas víctimas del Estado han aparecido junto con los nombres gubernamentales, hombres de Estado, que dieron la orden de asesinarlos. Y ello por una razón sublime Lo que hicieron los terroristas muertos de ETA (siempre víctimas falsas) “fue desestabilizar al país por lo que estuvo bien asesinarlas en nombre del Estado”. Así que nunca fueron víctimas. Por el contrario, las víctimas que causó ETA lo que buscaban “era convertir a España en una democracia, transversal, democrática e inclusiva” (Diario de Navarra, 30.12.2023, López Borderías). Como la de Feijóo, ¿no? ¡Y nosotros sin saberlo!

Nos encontramos ante un maniqueísmo deleznable que olvida que el fin no justica los medios y que, mientras, el medio para conseguir el poder, la estabilidad, el orden, el Estado de Derecho, la democracia, sean la investigación ilegal, la extorsión, la muerte y el asesinato del contrario serán siempre fines ilegítimos y fraudulentos, y porque, una vez, conseguidos, estos sólo se mantendrán utilizando los mismos medios: la violencia, la fuerza, la tortura y, en última instancia, el crimen de Estado.

Hay quienes piensan que todas las víctimas merecen el mismo respeto. Es posible, pero, si reparamos en la palabra respeto, observaremos que en la práctica las víctimas no reciben un trato de equidad jurídica. Porque, evidentemente, la naturaleza de las víctimas no es la misma. Ni tampoco la finalidad de sus ejecutores, aunque el medio utilizado sea el mismo: el asesinato. Y en esta situación el Estado siempre saldrá impune de los crímenes “necesarios” que perpetre. 

A un determinado grupo de víctimas se le corresponde un determinado grupo de verdugos. En Navarra seguimos sin poner rostro a los verdugos del genocidio de 1936

Un ejemplo bien elocuente lo reflejan las derechas, herederas del franquismo, cuando a lo largo de más cuarenta años jamás han hablado alguna vez de aquellas víctimas que sus albaceas ideológicos causaron en Navarra, en la retaguardia en 1936. Nunca tuvieron la consideración de víctimas. El alegato de la guerra, de la santa Cruzada, de la justificación teológica por parte de la jerarquía episcopal les libró de caer en semejante torpeza interpretativa. Si hubo tanto “rojo” asesinado en la retaguardia, lo fue porque se lo merecían “por ser cizaña y enemigos de la religión católica”. 

No. Nunca las víctimas fueron, ni son iguales. De serlo, ¿acaso las víctimas de la represión falangista y carlista no habrían recibido siquiera una misa de responso por su eterno descanso? Las víctimas de ETA suelen venir acompañadas pos las fotos de quienes las asesinaron. Es decir, por sus verdugos.

¿Para cuándo las fotografías de los verdugos que asesinaron a los miles de navarros? Ni siquiera una fotografía de sus rostros. Lo que es una terrible estrategia. Mucha ciudadanía navarra, al no saber con exactitud quiénes fueron esos verdugos, se limitan a sospecharlo y eso no es compatible con el imperativo categórico de conocer la verdad. Porque parte de la verdad de lo que pasó consiste en saber quiénes fueron los verdugos de tal masacre. Mientras esto no ocurra, el relato de lo sucedido será incompleto. A un determinado grupo de víctimas se le corresponde un determinado grupo de verdugos. En Navarra seguimos sin poner rostro a los verdugos del genocidio de 1936. 

  Alguien dijo en su día que conocer estos rostros hubiera ayudado a los navarros a entrar en lo que aquella “modélica Transición democrática” llamó Reconciliación. Después de lo visto desde 1978, no lo creemos. Recordemos que en 2003, en la declaración del Parlamento de Navarra en reconocimiento de las personas asesinadas tras el golpe de 1936, UPN se abstuvo. 

Las víctimas nunca fueron iguales y no recibieron nunca el mismo respeto y consideración, ni por parte de la sociedad en general, ni de las instituciones del Estado en particular. En la teoría política del Estado, los vencidos siempre llevaron las de perder. Ya lo dijo Tito Livio por boca del galo Breno: “¡Vae, Victis!” (‘¡Ay de los vencidos!’).

La sociedad, no sólo los partidos políticos, debería esforzarse por sacar a la luz el nombre de quienes fueron “los verdugos de esos vencidos”. De los que dieron el tiro de gracia en aquellas luctuosas matanzas en Navarra, no sólo se conocen algunos de sus nombres, como su modus operandi. Pocos dudan que fueron unos cobardes, asesinos y desalmados. Asesinos que guardaron su cobardía para ensañarse a traición con adversarios inertes, personas que no podían defenderse, en una tierra donde no hubo frente de guerra. De este modo, huyeron de verse en el peligro de tener que alistarse y combatir. ¿Cuántos de aquellos facinerosos con pelos en el corazón, encargados de estas matanzas crueles, estuvieron en las trincheras, como no fuera de visita para jactarse después ante los jefes del ejército de Franco y su Glorioso Movimiento Nacional? 

Asesinos que guardaron su cobardía para ensañarse a traición con adversarios inertes, personas que no podían defenderse, en una tierra donde no hubo frente de guerra

Continuamente, se publican las listas de los asesinatos cometidos por ETA. Se acompañan con las fotos de los “etarras asesinos”. Pero ¿qué sabemos de los verdugos e instigadores del 36 y de sus fechorías? En un tiempo, la prensa franquista los aplaudió y jaleó como salvadores y héroes de España. ¿Dónde están sus nombres? ¿Qué se hizo de ellos? ¿No fueron los artífices de que “Navarra fuese ganada para Dios en una santa Cruzada”? (Obispo Olaechea dixit). ¿No fueron ellos quienes desde sus despachos decidieron quiénes deberían ser asesinados “sin piedad alguna”, siguiendo el dictamen criminal de Mola? 

Sería de justicia que las fotos de los verdugos de Navarra se publicaran. No creemos que la sociedad tenga derecho a conocer qué nombres de las familias más pudientes de Navarra ocultaban un genocida y que sin ellos la represión jamás hubiera tenido lugar. Pero también sabemos que culpar a Mola y a los facciosos militares sigue siendo un fácil recurso para escaquearse de esa responsabilidad criminal. Detrás del nombre de este militar asesino, se ocultaba una buena porción de civiles navarros que no dudaron en actuar desde de sus despachos como cerebros intelectuales de genocidio impuesto por Mola y, por tanto, de ser copartícipes del mismo. Y esos despachos se encontraban tanto en las dependencias de la capital navarra como en los municipios.

Con respecto a la sociedad pensamos que resulta ser demasiado abstracta para atribuirle ningún derecho, ni ningún deber, para reivindicar nada. Demasiado atomizada. Pero sí tienen ese derecho los sujetos particulares, los familiares afectados por tan inmensa desgracia, la de saber quiénes fueron los verdugos de sus allegados. De saber los nombres de quiénes decidieron enviar por los pueblos de Navarra a unos “desgraciados” -no todos-, a asesinar impunemente a sus vecinos. Ellos fueron los verdugos en Navarra en 1936. Porque, en definitiva, los asesinos no son quienes matan, sino quienes se aprovechan de esas muertes. Y en Navarra bien se sabe quiénes fueron los que sacaron tajada del estatus quo económico y político subvenido tras la guerra.

Conocer sus nombres no es ningún consuelo: tampoco, una manera de satisfacer una curiosidad ponzoñosa. No. Se trata de un justo tributo a la Verdad que completaría el relato del golpe de 1936 en Navarra. Y seguro que en otras comunidades.

Las derechas nunca tuvieron escrúpulo alguno en indicar quiénes fueron los verdugos que asesinaron a este o aquel falangista, cura, monja, obispo o político de derechas. Así que sabrán muy bien qué “alivio” se siente al conocer dicha verdad. Y que por el mismo precio estaría bien que, si tienen una pizca de coherencia democrática, comenzaran a demostrarla.


Firman este artículo: José Ramón Urtasun, Clemente Bernad, Carolina Martínez, Carlos Martínez, Víctor Moreno y Txema Aranaz  

 

¿Y los verdugos?