martes. 23.04.2024
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Paco Pérez (izquierda) con Paco Maseda en el nuevo Instituto de Filosofía del CSC (foto de Roberto R Aramayo)

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Manuel Francisco Pérez López es una de las personas más inteligentes que conozco. Tuve la inmensa fortuna de tenerlo como mentor en el Instituto Luis Vives del CSIC. Yo había llegado inopinadamente y por puro azar con una beca predoctoral que ningún preboste académico tuvo a bien apadrinar. Nunca había pensado en hacer una tesis doctoral pero la beca me daba esa oportunidad y decidí aprovecharla. El Vives había conocido mejores tiempos. Allí se hacía la Revista de Filosofía, que tuvo dos épocas y cuya cabecera terminó en la Complutense. Cuando en los años cuarenta se creó el CSIC se crearon muchos Institutos y con el paso del tiempo fueron languideciendo, hasta que se acometió una remodelación bajo el primer gobierno socialista.

En aquella época yo iba todos los días a mi despacho, aún cuando estaba en el archivo y los ventanales daban al patio de recreo del Ramiro. Me compensaba hacerlo porque comía con Paco en el comedor de Centrales y luego fumábamos juntos nuestras pipas en su despacho. Allí aprendí a disfrutar de la música clásica como acompañamiento del trabajo y me sentí como un alumno de Cambridge con su tutor privado. Hablábamos de todo lo divino y humano. La fotografía y los vuelques era unas de nuestras aficiones comunes.

Juntos tradujimos mi primera edición de Kant, “Teoría y práctica”. Todo cuanto sé del oficio de traducir a un clásico me lo enseñó Paco Pérez. Su celo por cuidar el detalle, me hizo reparar en que no deben descuidarse nunca las cosas más elementales. Andando el tiempo habíamos previsto traducir juntos La Metafísica de las costumbres, pero esta es otra historia, como diría el barman de Irma la Dulce.

En aquel entonces Paco Pérez dirigía la biblioteca especializada del Vives. Era un lugar delicioso. Había grandes mesas de pino para desplegar los libros cuando se consultaban y antes de pedirlos en préstamo. Los anaqueles eran de acceso directo y estaban ordenados temáticamente, para facilite la sinderipia. El catálogo estaba presidido por un busto de Aristóteles. Era obvio que aquellos lares eran custodiados por un usuario de las bibliotecas y amante de los libros. Gracias a él, mientras hubo presupuesto por ello, esa biblioteca fue ampliando sus fondos bibliográficos con buen tino.

Había sido testigo de mil oposiciones y conocía los avatares de todo el gremio filosófico. En más de una ocasión había echado una mano a quienes preparaban memorias de cátedras universitarias. Podría haber sido un excelente profesor, pero le llevaron al CSIC para que fuera secretario de Instituto y de la revista, sin saber que nadie apostaría por mantener vivo al Vives, donde por cierto también coincidí con mi queridísimo amigo Paco Maseda.

Las publicaciones de Paco Pérez no son muy abundantes, pero basta leer una sola página para comprobar que merece la pena hacerse con ellas. El fue quien me presentó a Javier Muguerza, de quien fue primer vicedirector del nuevo Instituto. También evitó que la biblioteca se dispersara e hizo que siguiera prestando servicio en la sede histórica de Pinar 25. incluso diseñó un programa de catalogación que seguramente hubiera sido pionero en aquellos tiempos, pero que como tantas otras cosas hizo por puro divertimento.

Aunque no está su firma, como en tantas otras ocasiones, a él se debe la razón de una cabecera donde se detalla por qué Isegoria recibió ese nombre que ideó Javier Muguerza. Habían sido con discípulos y también habían coincidido como ayudantes de la misma cátedra universitaria. El tiempo les volvió a reunir y tiene la suerte de presenciarlo. En el volumen de homenaje titulado “Diálogos con Javier Muguerza”, hay un apéndice dedicado a Alfredo Deaño, con quien Paco Pérez compartió habitáculo en sus tiempos universitarios. No dejen de leerlo por favor. Sin que apareciera su nombre, oficio como secretario al publicar el número cinco de Isegoria, porque yo lo había dejado por motivos personales, tras encargarme del tres y el cuatro) y Pepe González (editor de los dos primeros) no había regresado de su estancia en Heidelberg.

Permítanme felicitarle públicamente por los ochenta y cinco años que cumplirá en diciembre. Quiero agradecerle sus enseñanzas y congratularme por haber tenido como tutor durante mi periodo de formación a una persona tan competente. Suelo citar a mis compañeros de curso (Carlos Gómez Muñoz, Juan Antonio Rivera y Concha Roldán), junto a mis queridos maestros Antonio Pérez Quintana y Javier Muguerza, pero a eso nomina deben añadirse Paco Pérez y Paco Maseda. El primero es un ejemplo paradigmático de una generación asfixiada bajo la losa del franquismo. Al menos no conocieron los imperativos productivistas que arruinan tantas vocaciones filosóficas hoy en día.

Manuel Francisco Pérez López: el ejemplo de una generación académica infrautilizada