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ElPais ha dedicado un extenso reportaje a mi colega Enrique Bonete, con motivo de su libro ‘Querido profe: me invaden las tinieblas: Diálogos sobre cómo vivir y morir’’, donde se recogen los correos electrónicos cruzados con una de sus antiguas alumnas, cuando ésta padecía un cáncer que resultó ser mortal.
Es obvio que, al autor del reportaje, Borja Hermoso, le ha inspirado el tema, porque da gusto leerlo e incluso las fotos están francamente bien. Le ha visitado en su despacho de la universidad salmantina y hasta se ha molestado en asistir a su clase sobre Tanatoética o Ética de la muerte, interesándose por cómo siguen sus alumnos una materia como esa. Haberla cursado fue justamente lo que motivó a su alumna para escribirle cuando se vio en ese trance.
La muerte no deja de ser lo que da sentido a nuestra vida. Sin ese término la existencia sería un sin vivir tremenda y eternamente aburrido
Al parecer la chica y sus amigas eran “ateíllas”, por lo que debían considerar a su profe algo “beatorro”. Desde luego, un servidor se identifica en este caso con la difunta, dada mi condición de ateo y apóstata. Eso no me impide tener una excelente relación personal con Enrique, quien también se toma la molestia en leer atentamente mis cosas, por muchas que sean las discrepancias de nuestros respectivos pareceres. No hace mucho dialogué con su oportuno libro sobre ‘Ética de la guerra’, que suelo recomendar a diestro y siniestro, pese a no entender que pueda haber una ética de los conflictos bélicos, al igual que no veo nada clara una ética de la muerte.
Una vez muertos, dejamos de actuar y de poder causar un daño eventual a los demás, por lo que la ética se queda sin trabajo. Respecto al trance de abandonar esta vida, es obvio que los cuidados paliativos y la eutanasia deberían estar a la orden del día. El testamento vital deberíamos tenerlo de oficio nada más nacer, en lugar del bautismo, pudiendo verse renovado en cualquier momento. La muerte no deja de ser lo que da sentido a nuestra vida. Sin ese término la existencia sería un sin vivir tremenda y eternamente aburrido. De no haber dolor, difícilmente podríamos experimentar lo placentero. ¿Qué sería de la felicidad sin mediar las desdichas o de las alegrías que no conocieran penas? En eso consiste la dialéctica del Ying y el Yang, Eros y Tanatos.
Una beatitud sin sufrimiento ni preocupaciones por toda la eternidad no parece un planazo
No puedo envidiar esa fe que busca consuelo en otra vida. Cuesta concebir un estado en que no sintiéramos ni hubiera padecimiento alguno. Al parecer cuando nos anestesian severamente para una intervención quirúrgica de calado, ni siquiera soñamos. Eso es la muerte, solo que ya no volvemos a despertar. Nadie ha dado testimonio de lo que ocurre al morir. Es una lástima que no le preguntaran a Lazaro, resucitado para consuelo de sus hermanas. Volvemos al origen previo a nuestro nacimiento, dado que perdemos la conciencia.
La vida es el único paraíso que tenemos garantizado, pese a nuestro empeño por convertirlo en in infierno. Las religiones no parecen capaces de regular las acciones virtuosas entre sus fieles y siempre he considerado más meritorio, junto a Diderot, comportarse bien sin esperar ninguna recompensa por ello. Transferir a una dudosa eternidad la resolución de las injusticias, nunca me ha parecido algo muy juicioso y es algo de lo que únicamente se han sólido beneficiar los poderosos, al sofocar con esa promesa posibles revoluciones.
¿Qué sería de la felicidad sin mediar las desdichas o de las alegrías que no conocieran penas?
Una beatitud sin sufrimiento ni preocupaciones por toda la eternidad no parece un planazo. En algunas religiones prometen cosas más tangibles, máxime si falleces guerreando, pero nadie tiene prisa por abandonar este valle de lágrimas. Ni siquiera quienes aguardan verse recompensados por sus buenas obras y cuentan con entrar en el reino de los cielos.
Quiero felicitar a Enrique Bonete por el acierto de poner esta cuestión sobre la mesa. Juanjo Castro le ha dedicado recientemente un documental todavía sin estrenar que se titula ‘Eso de lo que nunca se habla’, entrevistando a dos personas que dan por buena su vida y que no quieren sufrir en el tránsito hacia ese otro barrio al cual nos iremos mudando sin remedio, al margen de nuestras creencias. El único sentido de la vida es vivirla libre y satisfactoriamente, sin dilapidar o alargar cuando no merece la pena ese milagroso regalo del destino y el azar.




