miércoles. 22.05.2024

El destrozo social causado por la revolución digital en los empleos de todos los países, especialmente los más desarrollados, ha puesto de moda términos tomados del pasado, como neo-ludismo o fragmentación social. No estaría de más, repasar algunos textos clásicos que se adelantaron a los acontecimientos. Textos revisionistas, de marxistas o de liberales lúcidos, todos mirados con recelo por el marxismo oficial, que son, sin embargo, muy útiles para retomar la reflexión necesaria de la situación actual. Ofrezco aquí una pequeña lista de relecturas, textos europeos de uno y otro lado del telón de acero, que separaba Europa, entre un imperio, la URSS, ya despojada del velo del internacionalismo proletario, y Occidente, encabezado por EEUU, a punto ya de ganar la pugna frente entre imperios, que a punto estuvo varias veces de conducirnos al apocalipsis, y que hoy nos lleva de nuevo a la guerra y al desastre climático, sin que aún hayamos encontrado una formula pacífica de oponernos a la destrucción. 

Empezaremos por la palabra ludismo [1], porque nos conduce a los orígenes del movimiento por la democracia y la emancipación obrera, el cual percibimos como fórmula más fructífera y civilizada de futuro. Reducido ese término al episodio de la quema de máquinas, el fenómeno del ludismo no ha sido bien entendido por el marxismo hasta el siglo XX, con el libro de Edward P. Thompson (1964), El Nacimiento de la Clase Obrera en Inglaterra. Las investigaciones del historiador marxista británico dejan claro que los luditas no eran obreros, en el sentido capitalista industrial, sino más bien se trataba de trabajadores, artesanos con telar, muchos de éstos propio, y la mayoría de ellos agricultores a tiempo parcial; la destrucción de máquinas no era simbólica, sino una forma de perjudicar a los empresarios que compraban su producción, los cuales aprovechaban las máquinas para bajar el precio al que pagaban la tela, o los hilados, depende las circunstancias. La quema y sabotaje de las máquinas, con acciones de lo que hoy se llamaría bandidaje, era una forma de lucha de los inicios del movimiento anticapitalista, si se puede llamar así a lo que aquello fue. 

También, las revoluciones sociales francesas del siglo XIX estuvieron encabezadas por artesanos, y la revolución de julio de 1830 contra los borbones, estuvo dirigida por estudiantes de la escuela de ingeniería [2]. El fauburg Saint Antoin, cuna de la izquierda parisina revolucionaria, era un barrio de artesanos, como indican los nombres de sus calles. Al otro lado del Canal de la Mancha, la biografía de Thomas Paine [3], quien daba una gran importancia a la igualdad y la fraternidad de la tríada francesa revolucionaria, nos indica la enorme distancia que existía entre los empleados y artesanos que crearon y encabezaron los primeros movimientos socialistas, y los inmigrantes irlandeses del primer proletariado estudiado por Engels. Los propios compañeros de Marx en la I Internacional eran mecánicos y artesanos, trabajadores ilustrados de pequeños talleres. Solo con la gran industria surgen los trabajadores con capacidad organizativa, que crearon el movimiento obrero en el último cuarto del siglo XIX, tanto sindical como socialista. El origen de aquellos dirigentes, como el gremio de cajista tipógrafo, origen del PSOE, procedía de las capas superiores de capataces y técnicos expertos. Lo cual resalta la importancia que la cultura ha tenido siempre para el movimiento obrero.

La red de mercados financieros se convierte en el mecanismo principal para la apropiación del valor creado por las nuevas relaciones de producción

Aunque, sin relativizar la creencia marxista en el carácter emancipador del movimiento para toda la sociedad, hay que valorar la dificultad que significa para los trabajadores asumir sobre sus hombros, en su programa de clase, cuando no existían los seguros sociales ni el estado del bienestar, los problemas de algo tan diverso como la humanidad, es decir ofrecer un futuro de libertad para todos los hombre y mujeres del planeta. Los clásicos del movimiento obrero observaron en su Manifiesto, con un pensamiento cuya vocación es la objetividad, la conversión de la burguesía en clase dirigente, primero, y la emergencia del movimiento obrero. Pero, el desarrollo de la clase trabajadora, tal y como se ha desplegado hasta la actualidad, no lo podían imaginar. Hoy tenemos las herramientas, desde la ilustración a la sociología, pasando por el materialismo histórico, para realizar ese análisis histórico gracias a los estudios de Thompson. Como la burguesía industrial, la evolución de la clase obrera estuvo marcada por la del artesanado y su conversión en expertos y técnicos, tecnólogos y organizadores de la producción económica. Un desarrollo que empezó con el pequeño empresario capitalista de los talleres de la revolución industrial: talleres auxiliares sin los cuales no hubiera sido posible la industria del siglo XIX; también fueron artesanos los inventores de las máquinas que alumbraron esa misma revolución industrial, o los antecesores de los ingenieros, capataces, mecánicos especializados y toda una gama de oficios que componían la estructura sobre la que se levantó la división del trabajo fabril, y se constituyó la llamada aristocracia obrera. Los dirigentes sindicales también vienen de la misma cultura corporativa de exaltación del trabajo y el buen trabajador, sin la cual es incomprensible la identidad obrera. Una cultura de clase que, por ejemplo, impregnaba los barrios de Viena que dieron la alcaldía a los socialistas, a pesar de que los proletarios sin oficio aún no tenían voto. También aclara el porqué antes del sufragio universal ya existía un fuerte núcleo socialdemócrata en el parlamento alemán. 

Basándonos en las enseñanzas de la historia social, la actual fragmentación de las clases se puede explicar por analogía, retrocediendo al tránsito del poder desde la nobleza de cuna a la aristocracia del dinero burguesa, época que ilustran las novelas de los provincianos en París de Balzac, o las Ilusiones perdidas de Flaubert, quienes proporcionan un marco impagable de esa sociedad, o la Inglaterra industrial de Dickens y la campiña de las hermanas Brönte. Una cultura del ascenso social que llega hasta la democracia social del siglo XX y la emergencia de los aventureros del dinero, normalmente con fortuna familiar previa. Pero también a los emprendedores de las tecnologías digitales y sus redes universitarias; conjuntos de personas que constituyen la estructura de cuadros técnicos y científicos de las sociedades capitalistas avanzadas, y forman redes de profesionales de todo tipo que impulsan el avance tecnológico. Con éstos últimos, observamos que la ciencia y la tecnología producen segmentaciones culturales diferentes, marcadas más por el conocimiento que por el dinero. Sobre todo, en países del capitalismo más avanzado, donde preocupaciones sociales y medioambientales configuran grupos sociales con grados elevados de educación, que se manifiestan en conflicto con la cultura de maximización del beneficio capitalista.  

En doscientos años de capitalismo industrial, las tecnologías emergentes han devaluado y hecho desaparecer miles de oficios. Cuanto más acelerado es el cambio tecnológico más deprisa cambian las formas y la división del trabajo. Hasta llegar a la actualidad, cuando van a desaparecer los empleos que, hasta hace pocos años, sostenían la identidad ciudadana de millones de trabajadores, que construyeron los sindicatos y la democracia social, y con ellos las sociedades llamadas occidentales, y que serán sustituidos por la robótica y la informatización. Para calibrar la profundidad cultural de los cambios actuales, debemos recordar que fueron las movilizaciones obreras las que construyeron las democracias avanzadas, aunque también asumamos que alentaron o consintieron el imperialismo colonial, y con él la cultura de la hegemonía blanca, hoy apoyo del populismo, porque, aunque como hermanos pobres, se beneficiaban del acopio de riqueza y el expolio a la mayoría de la población del planeta Tierra [4]. 

En los años sesenta del siglo XX, Rádovan Richta escribía sobre la segmentación de los trabajadores, y el efecto multiplicador que ésta tiene sobre las culturas del trabajo, o formulas mentales, mediante las cuales las personas procesan la forma en que trabajan. Aunque los asalariados perciban que la unidad de la clase trabajadora, de existir, es muy compleja, resulta muy reduccionista imaginar un conjunto humano limitado a los trabajadores de la industria, pues conduce a la incomprensión de las relaciones entre el trabajo y la ciencia, y crea contradicciones artificiales entre los intereses de los obreros y las aspiraciones de los trabajadores de la tecnología (Radovan Richta, 1969, La Civilización en la Encricijada: p. 275). Prejuicios que perjudican a las dos categorías de asalariados, porque les impide unir las fuerzas de ambas culturas en la lucha común contra el capitalismo y el autoritarismo. 

Como vaticinaba el sociólogo checo, esas contradicciones se han agudizado cuando la aplicación de la ciencia a la producción en un entorno globalizado se ha vuelto contra los trabajadores, cogiendo desarmados a los sindicatos europeos. La experiencia amable de la participación, a través de la calidad y el trabajo en grupos autónomos, ha dado paso a la robótica, y con ella a la destrucción de los empleos estables en los países capitalistas desarrollados. Desarrolladas en secuencias lógicas de causalidad, las tecnologías de calidad y trabajo en grupo han facilitado la informatización de los procesos y su robotización. En el modelo emergente, los trabajadores cooperan en la periferia del flujo de producción para resolver problemas y aplicar sus capacidades de innovación (Richta, 1971), lo cual reduce cada día más el trabajo directo a las tareas auxiliares. Como decía Daniel Bell (1976, El Advenimiento de la Sociedad Postindustrial) la nueva configuración de la producción se desarrolla en redes tridimensionales de división del trabajo y relaciones de actuación: roles de experto en una técnica concreta; profesionales en la combinación de capacidades y la dirección de equipos, y en servicios a la producción, márketing, distribución, logística, y otros, externos o internos a las empresas. Especialidades que desdibujan la diferenciación neoclásica entre producción de conocimiento e inversión [5].

La primacía del valor de uso sobre la estandarización de tareas, o valor de cambio, dificulta la valoración contable del capital en activo y su adjudicación productiva. Para superar esa dificultad contable y de adjudicación de beneficios, las finanzas invaden toda la vida económica. La red de mercados financieros se convierte en el mecanismo principal para la apropiación del valor creado por las nuevas relaciones de producción que, sin ese mecanismo, escaparían al control del capital, porque el valor no está creado por el trabajo individual, sino que es el producto de la cooperación del trabajo. Los trabajadores de todo tipo colaboran para aprovechar las capacidades humanas generadas por la revolución científico-técnica, lo cual supone una revolución en las formas de producir que agudiza la segmentación de los trabajadores en los países desarrollados. Como hemos dicho, la segmentación productiva provoca que se multipliquen las culturas en que las personas ven su relación con el empleo que tienen, y su lugar en la escala social. “Aparece así, en los países industriales desarrollados, una creciente disparidad entre la posición laboral y la de clase, entre la variable estructura del trabajo y sus persistentes límites de clase” (Richta, 1969, p. 274). Se pierde la perspectiva de la continuidad, entre la relación de cada trabajador con el capital, y la posición sociocultural del prestigio otorgado por el empleo, o estatus. 

Aunque “provenientes de escenarios especiales, transitoriamente ocupados por las llamadas clases medias” (Richta, 1969), los nuevos trabajadores de la tecnología son, esencialmente, productores asalariados.  “El situar a los empleados técnicos, científicos, etc., como una clase intermedia, separada de la clase obrera, significa no creer en la victoria del socialismo, concebir a la clase obrera no como una clase revolucionaria que se trasforma a sí misma y supera sus limitaciones, sino como definida simplemente por el trabajo manual”. Una concepción que impide la comprensión de “las relaciones de la clase obrera con el mundo de la ciencia y crea contradicciones artificiales entre los intereses de los obreros y los trabajadores de la ciencia” (Richta, 1969, p. 275).  Hoy, cuando las relaciones de producción fordistas han cambiado y la aplicación de la ciencia a la producción provoca la destrucción de los empleos estables y la precarización de las condiciones de vida de los trabajadores, la enajenación que éstos sufren por el trabajo repetitivo y monótono “llega al borde del absurdo: el trabajo simple (en cadena) debe ser mantenido”, perpetuado, a pesar de que “las fuerzas creadoras humanas lo están trasformando en inútil”, porque “de otra forma los convertiría a ellos en inútiles”. Conscientes de ello, los socialistas checos de 1968, defenestrados por los tanques soviéticos, fundaron su estrategia de democracia y socialismo en el convencimiento de que, como ya ocurría en otros países europeos desarrollados, la posibilidad de acceso universal a la enseñanza había convertido en asalariados a los profesionales de la ciencia y la cultura. Lo cual los incluía, con sus intereses propios, en el bloque de fuerzas que podría hacer posible un futuro democrático e igualitario, basado en el socialismo


[1] La razón de comenzar por los luditas es que hoy en día existe un movimiento de neo-ludismo, rechazo a la informática y sus derivados robóticos, explicable por el desgarro de la destrucción de empleos.
[2] Escuela para la capacitación tecnológica de oficiales artesanos y jóvenes aprendices letrados.
[3] Personaje clave del movimiento estudiado por Thompson (1964) y autor del panfleto Los Derechos del Hombre (de 1791 o 1792)
[4] No estaría mal un pequeño recuerdo al yin/yang oriental. Recordemos a los polemistas del pesimismo/optimismo tecnológico que se den un paseo por los textos del Tao, para comprender el carácter dual del bien y el mal en la historia humana.
[5] Daniel Bell (1976) El advenimiento de la Sociedad postindustria
Radovan Richta (1969) La Civilización en la Encrucijada
E. P. Thompson (1964) El nacimiento de la clase obrera en Inglaterra.

Notas actuales a lecturas del pasado sobre democracia, trabajo y socialismo