lunes. 04.03.2024
 

Básicamente el título sugiere una sola cosa, porque hablar de los Hobbits por más que no se trate de una raza de hombres es, sin duda, hablar de personas comunes. De ahí, por un lado podríamos decir que se intentará arribar a una especie de presupuesto filosófico de los Hobbits en el plano de “lo real”, esto es, a través del lente del príncipe de las paradojas, G.K. Chesterton; y por el otro, escudriñar el carácter festivo —con la ayuda del filósofo alemán Josef Pieper— y, por tanto, lleno de vitalidad de los Hobbits según lo concibió el padre de la fantasía épica moderna, J.R.R. Tolkien en el inicio del El Señor de los Anillos, es decir cuando se dispuso a crear esos pequeños seres comunes y magistrales. Aunque vale aclarar que más bien es padre en el sentido de una concepción tradicional del mundo, mas no utilizaré la clasificación academicista para etiquetar como siempre acostumbra el pensamiento moderno con su pretendido aire de racionalidad, término precisamente opuesto a lo fantásticoporque el hombre no solo vive de su razón ni mucho menos de de ciertas filosofías de la “razón pura” como se jacta el moderno para absolutizar todos los ámbitos de la existencia.

  1. EL HOMBRE COMÚN
  2. LOS HOBBITS Y LA FIESTA

Justamente en mi libro «La Noticia Eterna» sostuve al analizar la Cronicas de Narnia —La travesía del viajero del Alba— de C.S. Lewis que: “detrás de la fantasía siempre se esconde algo de realidad”. La fantasía, en suma, no es un mundo ajeno al nuestro sino, por el contrario, un mundo presente en nuestra realidad que, bajo inspiración de una sabiduría e incluso de una cosmovisión religiosa, busca elevarnos en nuestraexistencia concreta, es decir: ser una fuente de virtud para la vida.



Hace unos días me deleité con una entrevista española titulada: “La lectura oculta de 'El Señor de los Anillos'”que le realizó Alberto Garín a Gonzalo Rodríguez García, un conocedor del mundo Tolkien y quien inspiró el presente artículo. Ciertamente, el título sugiere traspasar el velo que recubre la obra fantástica para navegar en las aguas profundas de su significado o, en otras palabras, arribar a la filosofía que irradia como un sol en su máxima plenitud toda la concepción de Tolkien para con su amada Tierra Media. En efecto, varios elementos importantes a destacar de dicha entrevista. En primer lugar, Rodríguez García destaca en referencia a Aristóteles, que para redescubrir la realidad más allá del mero acontecer mundano se necesita de la labor del poeta, vale decir, para profundizar la realidad“la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia” (Poética, 1451b5). Lo anterior permite, simplemente, participar con hondura y asombro de las verdades de la vida a través de las enseñanzas del poeta. Y en ese sentido, nos ayuda a resignificar la cotidianidad diaria, iluminándola por encima de todo con las verdades perennes.

La vitalidad de los Hobbits según lo concibió el padre de la fantasía épica moderna, J.R.R. Tolkien en el inicio del El Señor de los Anillos

En segundo lugar, afirma que en la saga de El Señor de Los Anillos, quienes derrotan a Sauron son, pues, los Hobbits —no así otros personajes fuertes y simbólicos de los arquetipos tradicionales europeos como Gandalf o Aragorn—; destaca, por tanto, la importancia de los Hobbits, ya que los “medianos” simbolizan la sencillez, la cordura, la humildad, la amistad y, por eso mismo, se da un auténtico espíritu de comunidad“lo que derrota a Sauron es la cordura que reside en las cosas sencillas y pequeñas de la vida, llenas, sin embargo, de riqueza espiritual, de comunidad y encuentro. Traducido ahora a la realidad significa que si se quiere vencer a la “civilización del nihilismo contemporáneo” como menciona García Rodríguez es menester conectarse a la “faceta Hobbit de la existencia”.

En tercer lugar, asevera que el acierto literario en la trama de El Señor de los Anillos es, ciertamente, depositar en los Hobbits los verdaderos antagonistas de Sauron, puesto que gracias a su cordura, sencillez y calor humano permitieron derrotar al mal que sucumbió a la Tierra Media. Y más allá que Gandalf representa la sabiduría y es el guardián de la tradición, y por el otro, Aragorn es el héroe que lleva a cabo la restauración del orden tradicional, el papel crucial para salvar a su amado hogar descansa nada menos que en los propios Hobbits. 

Empero, el punto neurálgico de la entrevista ahora en el plano filosófico, radica en develar la importancia del pensamiento mítico, pues para que sea realmente auténtico debe orientarse al bien, la verdad y la belleza —en filosofía se trata de los trascendentales del ser al que podemos añadir la unidad—. Cuestión bien presente en el mundo Tolkien. Y sobre todo su trascendencia radica en el hecho que nuestra realidad en el orden temporal es contingente, es de por sí una evidencia, que, no obstante, detrás se erige otra “realidad que lo sostiene todo” —o podríamos decir también perenne y por ello no contingente—. En otras palabras, cuando se puede distinguir “lo real primero” —el mundo circundante— de aquello “emanado de la fuente primera” —u orden trascendente—, se vive una comprensión espiritual que precisamente procede de esa fuente originaria. De ahí, la existencia se ordena en miras al bien, la verdad y la belleza —y la unidad— antes mencionados y, por añadidura, se agrega el asombro, la maravilla y el agradecimiento, o sea se trata de una verdadera moral de lo heroico” que hace posible una vida noble, además de no ceder a la visión nihilista que impone la posmodernidad a través de un verdadero «sistema abstracto» de anti-valores sin corresponderse con lo «real» ni lo sustancial de la existencia.

EL HOMBRE COMÚN

¿Pero qué tienen en común Chesterton y Tolkien? Muchas similitudes se pueden encontrar entre el príncipe de las paradojas y el miembro de la cofradía fantástica de los Inklings. La primera de ellas es que ambos representan el buen espíritu inglés, osea el de las tabernas —de buenos whiskies y cervezas— y cuentos de hadas; el de humaredas de pipas y libros antiguos; el de héroes y dragones, y en definitiva la del tradicionalismo católico de los pueblos medievales de antaño. Chesterton, a su vez, fue un gran contemplador de la realidad, una realidad simple pero al mismo tiempo extraordinaria. En otros términos, nos describe ese reino metafísico detrás de las cosas simples de la vida con un lenguaje llano, ingenioso, irónico, hogareño y no academicista, y por sobre todas las cosas, con profundísimo amor a la Verdad

Un gran amigo cercano de Chesterton, W.R. Titterton —periodista al igual que él—, le dedicó una magnífica biografía titulada: “G.K. Chesterton, mi amigo”: primera biografía con el calor de la amistad —¡y vaya que lo era!—. Allí describe la profunda admiración de quien fuera testigo directo de un gigante —no solo por su robustez corporal sino por el gran tamaño de su alma—. Sobresale, no obstante, la principal característica de Chesterton en cuanto era un gran defensor del hombre común y de las cosas sencillas de la vida. Nos ilustra Titterton“Él procedió a desorientarlos, luego a irritarlos y por último a cabrearlos —a los progresistas—, al defender al hombre de la calle contra el experto, al hombre de la calle y su derecho a sus propias costumbres, al hombre de la calle contra el Estado, y sobre todo al hombre de la calle y su derecho a gobernar a su propia familia y ser dueño de su propiedad. Era una doctrina extraña viniendo de un demócrata. Pero aún, si es posible predicaba el catolicismo, la guerra y la cerveza”.

Chesterton y Tolkien representan el buen espíritu inglés, osea el de las tabernas y cuentos de hadas; el de humaredas de pipas y libros antiguos; el de héroes y dragones

Entre las miles de hermosas anécdotas que escribió el periodista amigo de G.K.C., se puede decir que el príncipe de las paradojas se comportaba como un verdadero Hobbit inglés de las tabernas de Fleet Street —o su Hobbiton—: “La verdad es que iba a la taberna como iba a la iglesia: buscaba refrescarse espiritualmenteAunque a la iglesia iba mucho más a menudo” “Un día, mientras esperaba su vale, entró Cadbury para decirle algo a Hawes, pero se quedó callado al ver a G.K.C. «Creo que no conoce usted al señor Chesterton», dijo Hawes, y los presentó. Y Cadbury dijo: «Me gustan muchos sus artículos señor Chesterton. Dígame, ¿Cuál es su inspiración? y ¿Donde los escribe?» G.K.C gorjeó y dijo: «Me inspira la cerveza. Y los escribo en las tabernas de Fleet Street». Palabras duras para ese propietario abstemio”. 

En una obra excepcional de G.K. Chesterton que lleva por título: «El Hombre Común», plasmó allí con genial pluma su brillante filosofía del hombre corriente —la misma de los Hobbits aunque para aquellos hombres que habitan la “realidad cotidiana”— en contraste al Hombre Excepcional —o podríamos aclarar como el excéntrico, frívolo, burgués, liberal, progresista, modernista, utilitarista y, en una palabra, el ideólogo que hoy gobierna los pueblos—, pues dijo: “La tesis es esta: que la emancipación moderna en realidad ha sido una nueva persecución del Hombre Común. Si ha emancipado a alguien, de un modo especial y por carriles estrechos, ha sido al Hombre Excepcional”. Por consiguiente, el enfrentamiento se da entre el hombre que desea conservar sus sanas costumbres en el anhelo de una vida sencilla y sin ruido alardeante, y el hombre con una pretenciosa idea falsa de progreso que lo acapara todo, terminó, sin lugar a dudas, por aniquilar el sentido común“El progreso, en el sentido del progreso que ha progresado desde el siglo dieciséis, ha perseguido sobre todas las cosas al Hombre Común. Para graficarlo con un ejemplo, nos dice Chesterton, que el Hombre Común es posible que esté más interesado en fundar una familia y no una secta como un partido político; o que el Hombre Común no querría publicar un diario aunque pudiera costearlo, sino que desearía seguir hablando de política en una taberna o en un vestíbulo de una hostería: “éste es precisamente el tipo de charla realmente popular sobre política que los movimientos modernos han abolido a menudo: las viejas democracias al prohibir las tabernas, las nuevas dictaduras al prohibir la política

Los Hobbits simbolizan el arquetipo de Hombre Común expuesto por Chesterton. Desde el prólogo de la obraEl Señor de los Anillos: I. La Comunidad del Anillo, refleja la cosmovisión del príncipe de las paradojas en los pequeños Hobbits —de nuevo es innegable la cercanía espiritual de Chesterton y Tolkien—: “Los Hobbits son un pueblo sencillo y muy antiguo. Más numeroso en tiempos remotos que en la actualidad. Amaban la paz, la tranquilidad y el cultivo de la buena tierra, y no había para ellos un paraje mejor que un campo bien aprovechado y bien ordenado. No entendían ni gustan de máquinas más complicadas que una fragua, un molino de agua o un telar de mano, aunque fueran muy hábiles con toda clase de herramientas”. De aquí se infiere una vida ordenada a su inmediatez existencial, amigable con la natura, y rechazando la idea de las falsas modas impuestas, de ambición y dominio material del Hombre Excepcional —podríamos decir que Tolkien lo encarna en Sauron— por sobre un desarrollo espiritual e interior, es decir, a partir de la armonía, la amistad y el sentido de comunidad que inspira la Comarca. 

Los Hobbits son un pueblo sencillo y muy antiguo. No entendían ni gustan de máquinas más complicadas que una fragua, un molino de agua o un telar de mano

Luego prosigue el prólogo: “En otro tiempos desconfiaban en general de la Gente Grande, como nos llaman, y ahora nos eluden con terror y es difícil encontrarlos”. Traducido en filosofía chestertoniana, la Gente Grande simboliza al Hombre Excepcional que aniquila el sentido de tradición, de costumbre, de pueblo, de festividad y de religión al adoptar falsas ideologías que rompen con una existencia armoniosa en orden a la esencia inmutable dada por la naturaleza. Chesterton lo sostuvo con énfasis y claridad: “El progreso no ha sido más que la persecución del Hombre Común. No es el Hombre Excepcional el perseguido, sino el Hombre Común”. He aquí porqué el Hobbit rehuye de esta clase de hombres. Y, sobre todo, en la modernidad se acostumbra a una falsa dicotomía en lo discursivo, pues el Hombre Excepcional tiene la rutina de: “oprimirlo en la práctica y adorarlo en la teoría”, como acostumbramos a ver en tantos ideólogos y políticos de las altas esferas. 

Innumerables pasajes describen la sencilla y hermosa vida de los Hobbits: “En general los rostros eran bonachones más que hermosos, anchos, de ojos vivos, mejillas rojizas y bocas dispuestas a la risa, a la comida y a la bebidaReían, comían y bebían a menudo de buena gana; le gustaban las bromas sencillas en todo momento y comer seis veces al día (cuando podían). Eran hospitalarios, aficionados a las fiestas, hacían regalos espontáneamente y los aceptaban con entusiasmo […] Hay otra cosa entre los antiguos Hobbits que merece mencionarse; un hábito sorprendente: absorbían o inhalaban, a través de pipas de arcilla o madera […] Hay mucho misterio en el origen de esta costumbre peculiar, o de este 'arte', como los Hobbits preferían llamarlo”. Los Hobbits edificaron su cultura a través del resguardo de su «ser-tradicional» tan necesario para la vida de un pueblo, que le permite subsistir en el tiempo y tener un pleno contacto con “lo real”, es decir con lo sustancial de la vida en vista a su armoniosa ordenación

Contrariamente el Hombre Excepcional desprecia “lo real” para instaurarse en su propia “abstracción egoísta”, vale decir, para dominar y dictaminar sobre los demás. Chesterton dice: “Los nuevos Hombres Excepcionales que dirigen al pueblo ya no son calvinistas, sino una especie de deístas secos, que se resecan cada vez más hasta convertirse en ateos; y ya no son pesimistas, sino el reverso; solo que su optimismo a menudo es más deprimente que el pesimismo. Son los utilitarios, los sirvientes del Hombre Económico; los primeros librecambistas. Les cabe el honor de haber sido los primeros en aclarar las teorías económicas del estado moderno; los cálculos en que se basó principalmente la política del siglo dieciocho. Fueron ellos quienes enseñaron estas cosas científicas y sistemáticamente al público y hasta al pueblo

Empero, un dato no menor es que el Hobbit es resistente a la corrupción del anillo o, en términos de nuestra realidad, hay hombres que no ceden a la corrupción a lo que denomino un verdadero: “sistema de la modernidad”. Y por «sistema» me refiero a la elucubración abstracta, racionalista, sistemática e ideológicaque asfixia todos los ámbitos vitales y existenciales de la vida concreta, y en especial, destruye su impronta «sagrada». Sauron con su ambición amenazó a toda la Tierra Media, incluido el sentido común, la vida feliz y hogareña de los Hobbits. Hoy el hombre técnico desde un escritorio amenaza la vida de la humanidad: amenaza la existencia, amenaza el trabajo digno, amenaza la familia, amenaza la juventud, y una lista que podría extenderse al infinito. Hay, por tanto, un llamado urgente a precaver los efectos nocivos de la posmodernidad nihilista de nuestros días, y para ello hay que comenzar derrotando sus falsas ideas.

La fiesta es esencialmente una manifestación de riqueza existencial. Entre sus elementos se cuenta la carencia de cálculo, incluso de dilapidación

LOS HOBBITS Y LA FIESTA

Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas (donde se alegra el amor, allí hay fiesta). San Juan Crisóstomo. 

El gran filósofo tomista alemán, Josef Pieper, indagó en el maravilloso libro titulado «Una teoría de la fiesta» a develar el verdadero significado de lo “festivo”. No por algo, en El Señor de los Anillos inaugura la obra en sus primeras líneas mencionando una fiesta en la comarca —“una fiesta de especial magnificencia”.Precisamente se trata del cumpleaños centésimo decimoprimero de Bilbo. Unas páginas más adelante se describe el ambiente de la fiesta: “Hubo canciones, danzas, música, juegos, y como era de esperar, comida y bebida. Había tres comidas oficiales: almuerzo, merienda y cena, pero el almuerzo y la merienda se distinguieron principalmente por el hecho de que entonces todos los invitados estaban sentados y comían juntos. En otros momentos sólo había grupos de gente que comían y bebían, sucediéndose sin interrupción desde las once hasta las seis y media, hora en que comenzaron los fuegos artificiales. Luego se dice que: “Bilbo era aficionado a insertar fragmentos de algo que él llamaba poesía. Y por otro lado, también se habla de instrumentos musicales —trompetas, cuernos, pitos y flautas— de fabricación perfecta y sonidos encantadores. La parte descriptiva de lo que fue el acontecimiento inicial, concluye con el hecho de que la Comarca había vivido una: “fiesta muy agradable, en una palabra un verdadero placerrica, abundante, variada y prolongada”. Comida y bebida, música y danza, fuegos artificiales y poesía, describe, en resumen, el auténtico ámbito de fiesta que se respiraba por doquier en la Comarca. 

Pieper, en el ensayo ya citado, reflexiona sobre el sentido del “espíritu festivo”, y dice: “celebrar una fiesta significa precisamente lo mismo que hacerse contemplativo y, en ese sentido, tomar contacto directo con las supremas realidades sobre las que reposa toda la existencia humana”. La fiesta como acontecimiento irrumpe para llenar de sentido y alegría a nuestra vida, esto es, de júbilo y gozo, porque “es un día en que los hombres se alegran”. El autor alemán al comienzo de la obra plantea una diferencia entre lo que sería de ordinario el “mundo del trabajo” —tema frecuente en el filósofo, pues lo trató en mayor profundidad en otro bellísimo libro titulado: El Ocio Fundamento de la Cultura—, ya que por fiesta debe entenderse como un día libre de preocupaciones y libre de las necesidades de la vida. Entonces, la fiesta —como un fin en sí mismo— se circunscribe a una verdadera «actividad libre», es decir libre del trabajo “servil”, puesto que, este último, busca meramente la “utilidad” y no representa un fin en sí mismo en el orden ontológico sino que representa meramente un “medio”: “la fiesta es esencialmente una manifestación de riqueza, no precisamente de dinero, sino de riqueza existencial. Entre sus elementos se cuenta la carencia de cálculo, incluso de dilapidación”.  

Ya se mencionó que, entre las principales características de lo festivo, está, ciertamente, la «alegría» como su nota distintiva: “la fiesta es fiesta si el hombre reafirma la bondad del ser mediante la respuesta de la alegría”. Y si hablamos además de «afirmación» es porque: “celebrar una fiesta significa celebrar un motivo especial y de un modo cotidiano la afirmación del mundo hecha ya una vez y repetida todos los días”. Esto significa el asentimiento universal del mundo en su conjunto, la realidad de las cosas y de la existencia humana en cuanto se dice “todo lo que existe es bueno, y es bueno que exista”.   

La esperanza se centra en que el hombre puede encontrar como regalo una plenitud sobrehumana de la vida

También es importante remarcar que la fiesta, en un sentido específico, se vincula precisamente a una «Tradición» Traditum— y debe entenderse a ésta como aquello que es: “recibido de un origen que excede al hombre para transmitirlo sin merma, a fin de ser recibido y nuevamente transmitido”. Como hecho vivo de transmisión entre generaciones, la tradición es una actividad eternamente creadora acompañada de la significación histórica que representa y se regenera —sin perder su sentido original ni su autenticidad— tras el paso sucesivo y generacional de los hombres. Y en relación a la tradición, la fiesta, asimismo, encuentra su verdadero origen en el «culto» o, lo que equivale a decir, en la «fiesta religiosa»: como la Natividad de Cristo o su Resurrección. Desde la antigüedad se puede contemplar la importancia vinculante entre “la festividad” y el “culto a lo sagrado”. Para Platón la fiesta adquiere el significado de un “tiempo sagrado” o, en la antigua Roma, para Cicerón la fiesta es “un día sagrado". Por esto mismo, Pieper asevera: “El culto es, ante todo, una expresión de la misma afirmación que constituye lo festivo de la fiesta […] Todo culto es afirmación, no solo de Dios, sino del mundo también”; y en definitiva: “Celebrar una fiesta significa ponerse en presencia de la divinidad”

El espíritu festivo, sin lugar a dudas, trae plenitud a la existencia a través de la «esperanza»“La esperanza se centra en que el hombre puede encontrar como regalo una plenitud sobrehumana de la vida”. Pieper sostiene que hay una “sustracción del aquí y el ahora cotidianos” para reposar la mirada en el fundamento de la existencia. Por esto, la fiesta trae consigo: renovación, transformación y renacimiento, porque “libera” y“porque quien celebra descubre y penetra en la gran realidad que la existencia cotidiana del mundo del trabajo relativiza al llevar dentro de sí”. Sin embargo, todo lo anterior no podría ser posible sin una íntima conexión entre «las artes y lo festivo»: “Apenas puede imaginarse una fiesta sin canto, música, danza, sin ceremonia, con contextura visible, sin signos externos y sin plastica. Es múltiple la insospechada relación que vincula las artes a la fiesta”. El buen arte como tal eleva nuestra realidad a la belleza y es allí mismo donde “lo bello” se adentra hasta el fondo de nuestra alma: “lo invisible de la fiesta —la alabanza del mundo elevada desde la célula más recóndita— solo puede adquirir forma corporal en el ambiente de las artes, y de ningún otro modo”. Naturalmente, donde tiene lugar el arte y la fiesta: ambos se unen en la “aprobación de todo lo existente”

Definitivamente, la filosofía, en este caso a la cabeza de G.K. Chesterton y Josef Pieper, nos ayudó a develar a través de sus profundas reflexiones el mundo escondido en la cosmovisión mítica de J.R.R Tolkien hacía sus pequeños Hobbits, grandes ejemplos de virtud. Los tres autores, indudablemente, se guiaron por la misma luz perenne, aunque reflejada en la particularidad de cada uno según su estilo. Pero lo más importante a destacar, fue su contribución a develar ese “Gran Mundo” que compartieron los tres amantes de la Verdad

El hombre común y los Hobbits