sábado. 02.03.2024
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En su versión clásica, las dos grandes cualidades de la democracia eran el pluralismo y el control. El primero permitía la alternancia pacífica en los puestos de decisión, impidiendo la eternización de los mandatarios. El segundo tenía la finalidad de conjurar favoritismos, fraudes y corrupción. Ambos están de capa caída. El principio básico, la obligación que tienen los gobernantes de rendir cuentas de su gestión ante el pueblo, está pasando a la historia. La tergiversación y la farsa se han vuelto legítimas en la actividad política. El equilibrio se ha roto, «el mundo se ha salido de sus goznes» (Shakespeare Hamlet).

El dogmatismo crea adicción. Esta es la razón de que sea tan sencillo mudar radicalmente de ideología, rodando del extremo izquierdo al derecho del espectro. No decimos y viceversa porque la inversión de polaridad en las posturas políticas es casi siempre en el mismo sentido. Todos podemos citar casos de dirigentes, tertulianos o escribidores que han aterrizado en los campos más reaccionarios o hasta descaradamente fascistas desde el revolucionarismo intransigente. No por eso hay que olvidar a los que terminan metamorfoseados en adalides del liberalismo –económico, evidentemente– y del centrismo político, adoptando posiciones cerradas, autoritarias y excluyentes. Nunca se repetirá lo suficiente que los extremistas de centro pueden ser fatales para la integridad moral, intelectual y física de la sociedad.

El dogmatismo crea adicción. Esta es la razón de que sea tan sencillo mudar radicalmente de ideología, rodando del extremo izquierdo al derecho del espectro

No hace falta insistir en las causas por las que los peregrinajes ideológicos suelen acabar rindiendo culto en el templo de Mammón, mientras los devotos se cubren de ceniza para expiar sus desvaríos pasados. Entre las explicaciones están la acomodación pragmática, la defensa de un estatus, facilitarse el camino hacia el éxito social, el desaliento de cara a las opciones reales de cambio o la decepción con los sujetos en los que se depositó la confianza para lograrlo. Llegar a ser uno de los privilegiados, de la casta, engancha sobremanera.

Por muchos conflictos que en el mundo sean y de los que se ocupan las imprescindibles luchas feministas, ecologistas, humanitarias, a favor de las minorías o de la juventud, la contradicción principal sigue siendo la que separa a los poseedores de los que no lo son. Hablamos de dinero y de bienes, muebles o inmuebles, por supuesto, pero también de poder, de saber, de visibilidad. Es difícil resistirse a los cantos de sirena; exige la templanza de ánimo y la fertilidad en ardides del mismísimo Ulises. Es harto frecuente ceder a la tentación de las cumbres, a los halagos de la fama o a la conformidad que da acceso a una vida regalada y lujosa. Pocos son capaces de resistirse, en especial en esta época de vorágine consumista.

Que las personas consecuentes con sus ideas como el expresidente uruguayo José Mujica pasmen de admiración a sus contemporáneos es un claro indicio de que son rara avis. Quien sucumbe a los encantos de las élites ya es élite. Compartir sus gustos y su sistema de valores es ser víctima del mordisco. Cuando el espejo ya no refleja tu imagen, te has convertido en uno de ellos. La peripecia vital de personajes que un día fueron tenidos por progresistas hace pensar en El baile de los vampiros de Polanski. El grupo de bienintencionados filántropos que acuden a Transilvania con la voluntad de combatir el mal terminan contagiados y destinados a expandirlo por el mundo.  

Si las cuestiones ideológicas son con facilidad objeto de mercadeo y funambulismo político, la forma en que la verdad varía según para dónde sople el viento es aún más patente en lo que atañe a la moral. En pleno estallido del escándalo Gürtel, altos cargos del PP con su jefe a la cabeza se presentaron en rueda de prensa como mártires de una conspiración malévola. Negaron durante meses por activa y por pasiva, colectiva e individualmente, que el menor atisbo de inmoralidad afectara a sus filas. Todo eran inventos, maquinaciones, complots.

La evidencia comenzó a salir a la luz, y se fue revelando la curva de podredumbre que corroía al partido, con máximos absolutos en Valencia y Madrid. Pero resultaron ser casos aislados, sin vínculo con la organización. Unos desalmados se habían aprovechado de su militancia en el PP para su lucro personal. Eso sí, nadie estaba al tanto. Los dirigentes no conocían de nada a su mano derecha, a su mano izquierda ni a extremidad alguna. Tras la ristra de aspavientos ofendidos, nos obsequiaron con una auténtica subasta de insultos, injurias e improperios dedicados a quienes se habían hecho pillar, in fraganti o a posteriori, in eligendo o in vigilando.

Faltaba por llegar el tercer acto de la comedia, donde el asunto alcanza un punto en el cual el sistema de corrupción institucionalizada ya es imposible de negar. Cuando en cualquier nación de tradiciones democráticas la situación sería insostenible, pasa a ser en el argumentario del PP una cosa menor, «o, dicho de otra manera, no una cosa mayor», ya que lo único que cuenta son los –bastante imaginarios– éxitos económicos de su gestión. Y la ciudadanía va tragándose estos camelos sin pestañear, lo cual no es extraño en un país en el que muchos creen que feminismo es antónimo de machismo y, como perfectos ultracentristas, se sitúan en el juste milieu declarándose «ni machistas ni feministas». La modulación progresa de «aquí no ha habido ningún delito. Circulen» a «quizás haya habido delitos, pero los implicados no tienen nada que ver con nosotros», culminando con «en efecto, ha habido algunos delitos, aunque ¿a quién le importa?».

Salvando las distancias que se quieran, esta secuencia de asertos trae a la memoria lo que contaba Jean-Pierre Faye en su contribución al curso de Vincennes Elementos para un análisis del fascismo dirigido por Macciocchi. Es un estudio sobre la evolución del discurso mussoliniano en relación con el asunto Matteotti, el secuestro y asesinato de este político socialista por los camisas negras en junio de 1924. En una intervención ante la Cámara de Diputados, Mussolini negó solemnemente cualquier participación del fascismo, insistiendo en que no podía «más que suscitar la emocionada indignación del gobierno». Pero en enero de 1925, reunido con mandos de esas milicias, vino a decir que si ese crimen se había cometido, él, en su calidad de jefe supremo, asumía la paternidad del acto.

Unos meses después, la palabra totalitarismo aparece por primera vez en la frase: «Proseguiremos nuestra feroz voluntad totalitaria con una aún mayor ferocidad». El enunciado no deja lugar a dudas. No permitirán que se juzguen sus desmanes. Se ha pasado de «nosotros no hemos sido» a «podemos hacer lo que queramos porque no tenemos que rendir cuentas a nadie». La clásica canción de aquellos que, sintiéndose responsables solo ante Dios y ante la Historia, son capaces de las peores injusticias, felonías y barbaridades.

A finales de 1927, Gramsci escribía en prisión: «¿Qué es la gramática?… Cada año, en todos los países del mundo, millones y millones de gramáticas son devoradas ávidamente por millones y millones de especímenes de la raza humana sin que los desdichados tengan conciencia exacta del objeto que devoran» (Cartas desde la cárcel). En ese periodo de entreguerras, millones se convertirían en actores de la locura totalitaria, habiendo engullido perniciosas gramáticas de cuyo contenido tóxico no albergaban sospecha.

 

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