La democracia como “incertidumbre institucionalizada”
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Acabo de leer el libro La democracia manda (2025) de Jan-Werner Müller, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Princeton, del cual me ha llamado extraordinariamente la atención el concepto de democracia, que aparece en el título de este artículo. Trataré de explicar tal concepto, con la incorporación de otras aportaciones bibliográficas, así como algunas mías propias.
La democracia representativa conlleva en la práctica un equilibrio inestable. En ella tiene que darse una posibilidad razonable de que nuestro partido pueda volver a ganar; tenemos que estar seguros de que esto es al menos una posibilidad, porque si no es así, ¿por qué no abandonar la competición electoral? Al mismo tiempo, si siempre tuviéramos la certeza de ganar, es posible que nos gustara ese resultado, pero los politólogos y también los ciudadanos concienciados políticamente sospecharían con razón que la democracia habría desaparecido. Por eso, Adam Przeworski en su libro Democracy and the Market ha definido la democracia como una forma de “incertidumbre institucionalizada”. Esta compleja y llamativa definición contiene una verdad profunda: los resultados políticos-sobre todo de las elecciones-deben ser inciertos. Si se prefiere la idea de que todo sea claro y evidente de antemano, existen alternativas mucho más atractivas. Fijémonos en algunas de ellas. En la España de la dictadura franquista una de las fórmulas con las que el régimen buscó legitimarse fue la de autodefinirse como “democracia orgánica”. La expresión alude a que la representación de los ciudadanos no venga a través de los partidos políticos o de los sindicatos libres, sino a través de las organizaciones consideradas “naturales”: la familia, el sindicato único y el Estado. La Ley de Bases del Régimen Local de 1945 traduce esta concepción general a la manera de elegir los concejales. El total de concejales de una localidad se divide en tres “tercios”. El primer tercio es elegido por los “cabezas de familia”, lo que excluía en la práctica a la gran mayoría de las mujeres (no a todas; de hecho incluso hubo mujeres candidatas); el segundo tercio por “los organismos sindicales radicantes [sic] en el término”, y el último tercio los elegían los concejales de los dos primeros tercios de entre una lista propuesta por el Gobernador Civil entre “vecinos miembros de entidades económicas, culturales y profesionales radicantes en el término o, si estas no existiesen, entre vecinos de reconocido prestigio”. Si a esto añadimos que el alcalde era designado y cesado directamente por el Gobernador Civil o por el Ministro de la Gobernación (según el tamaño de la población), podemos hacernos una idea del significado real que la palabra “democracia” tenía en de este peculiar sistema. Obviamente en la dictadura franquista los resultados electorales no eran inciertos. Lo mismo en Corea del Norte, donde los candidatos oficiales obtienen el 100% de los votos; y en otras dictaduras como la de Azerbaiyán, donde los resultados de las elecciones se dieron a conocer accidentalmente en una aplicación de iPhone el día anterior a la votación en 2013; o, para el caso de los Estados Unidos, donde Trump anunció la victoria en las elecciones de 2020 cuando casualmente iba a la cabeza y ordenó que se detuviera el recuento, O el ultimo Congreso del PP donde Feijóo alcanzó el liderazgo del partido con un porcentaje del 99,72%, ese 0,28 % restante puede que se explique porque a la hora de votar algunos salieron a echar un cigarro o se fueron al servicio. Przeworski expuso su idea clave “democracia como incertidumbre institucionalizada” de forma más clara con una observación aparentemente banal pero, de hecho, brillante: la democracia puede definirse como un sistema político en el que los partidos políticos pierden las elecciones (y se podría decir, para que quede claro, que no es un sistema en el que los mismos partidos siempre pierden las elecciones). Como señala también Przeworski, la presencia de partidos claramente no es una prueba de democracia. Según Erica Frantz: “El 91% de los regímenes autoritarios presentaron al menos un partido político en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial en algún momento mientras estaban en el poder”. En la dictadura franquista, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS o FET-JONS) fue el partido único del régimen franquista y, a efectos legales, el único partido permitido en España tras la Guerra Civil Española. En septiembre de 1943 el dictador Francisco Franco dio órdenes para que en adelante desde los medios oficiales se refiriesen al partido único del régimen como un «Movimiento» y no como un partido. A partir de ese momento se generalizó el empleo del término “Movimiento Nacional”.
En la dictadura franquista, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista fue el partido único del régimen franquista y, a efectos legales, el único partido permitido tras la Guerra Civil Española
Para corroborar ese concepto de democracia como “incertidumbre institucionalizada” puede servir de perfecto ejemplo el discurso televisado, de 10 de septiembre de 1976, sobre la promoción de la Ley para la Reforma Política por parte de Adolfo Suárez, presidente del Gobierno durante la transición española a la democracia, en el que anunció que, de ahora en adelante, «el futuro no está escrito, porque solo el pueblo puede escribirlo». Pregonando esta incursión en lo desconocido, captó dos características esenciales de la democracia: los resultados del proceso democrático son inciertos, indeterminados ex ante; y es «el pueblo», fuerzas políticas que compiten por promover sus intereses y valores, quien determina cuáles serán estos resultados.
La incertidumbre de la democracia representativa, tal como acabo de mostrar siguiendo a Jan-Werner Müller, no es lo mismo que el caos o el azar, ya que está necesariamente institucionalizada (después de todo, el resultado de las guerras civiles también puede ser incierto, pero esas guerras no están institucionalizadas). Cierto, es muy difícil imaginar a manifestantes prodemocráticos con cárteles como el que sigue: “Queremos la incertidumbre institucionalizada ya”. Mas, es una obviedad que si no hay incertidumbre en una democracia, tampoco hay muchas razones para que los ciudadanos se comprometan políticamente. Si ya se presuponen unos resultados electorales, ¿para qué vamos a implicarnos y movilizarnos políticamente? Con frecuencia en esta España nuestra, la excesiva y asfixiante proliferación de encuestas electorales trata de corregir en parte esa incertidumbre. Ni que decir tiene que muchas están confeccionadas ad hoc. Son encuestas tendenciosas. Según Adenauer y Mark Twain podemos decir que existen tres tipos de mentiras: las pequeñas mentiras, las grandes mentiras y los sondeos electorales manipulados. Y como observamos, por muchos intentos desde determinados poderes políticos, económicos y mediáticos a través de las encuestas de propiciar unos resultados predecibles, sus esfuerzos resultan inútiles en la mayoría de los casos. Como ocurrió en las últimas elecciones generales de 23-J de 2023, en las que fallaron todas las encuestas que ya situaban a Feijóo en La Moncloa. Tanta fue la insistencia de tal hecho que yo estuve a punto de no ir a votar ese día. Por supuesto, de la incertidumbre constatable de la democracia no se deduce que cuanto más impredecible o incluso aleatoria sea la situación, mejor o más democrática será. Pero es importante destacar que, a nivel muy básico, la democracia no tiene sentido sin la posibilidad de que la gente, al menos a veces, pueda cambiar de opinión. En base a la legitimidad de la posibilidad de poder cambiar de opinión la ciudadanía no parece una actitud muy democrática aducir, como oímos con bastante frecuencia a tertulianos, políticos y muchos ciudadanos: “Algunos votan siempre a los mismos partidos., por lo que es inútil cualquier intento de hacerles cambiar de opinión”. Incluso se dice: “este partido ganará siempre aunque encabece la lista una cabra”. Tales manifestaciones son totalmente antidemocráticas. Cada ciudadano vota a quién quiere y por las razones que le parecen oportunas.
Los ciudadanos guiados por estereotipos, no conocen el mundo político de forma directa, sino solo como una imagen mental, es decir, como algo filtrado por sus sentimientos, hábitos y valores
Por supuesto, sabemos que en la práctica muchos ciudadanos no cambian de opinión tan a menudo y que determinados grupos históricamente son leales a un partido concreto. Pero, no podemos saber siempre de antemano quiénes serán; no podemos renunciar al concepto de que la democracia se basa en la expectativa de que algunas personas al menos a veces, desarrollen y expresen opiniones diferentes y que la adhesión inquebrantable no es el destino político definitivo. Para aceptar este hecho, no hace falta adoptar ideas elevadas sobre ciudadanos que evalúan meticulosamente las diferentes propuestas políticas ofrecidas por los partidos en cada elección y luego, tras una reflexión muy concienzuda, optan por la opción que consideran el partido más afín con el bien común. Por otra parte, no es muy difícil demostrar que los ciudadanos carecen en no pocos casos de todos los conocimientos políticamente relevantes-lo cual sería prácticamente imposible- o que tienen opiniones incoherentes. Walter Lippmann en su libro Libertad y prensa, de 1920, ya afirmó: “El mundo sobre el que supuestamente cada hombre tiene opiniones se ha vuelto tan complicado que desafía su capacidad de comprensión”. Puso sobre la mesa el tema de la complejidad de un sistema democrático, debido a una sociedad cada vez más avanzada. Realizó una crítica implacable a la idea de ciudadanos responsables Su visión del hombre le llevó a considerar la democracia como un ideal aberrante y equivocado. Creía que los ciudadanos no tenían ni conocimientos ni intereses políticos y que carecían de la capacidad de pensar y actuar. Guiados por estereotipos, no conocen el mundo político de forma directa, sino solo como una imagen mental, es decir, como algo filtrado por sus sentimientos, hábitos y valores. Expresan emocional e intelectualmente sus opiniones políticas desde un mundo mental ilusorio. Son incapaces de comprender y dominar intelectualmente los problemas políticos de la compleja sociedad moderna. Norberto Bobbio en 2001 dijo que “la democracia se ha vuelto en estos años el denominador común de todas las cuestiones políticamente relevantes, teóricas y prácticas”, pero advirtió que “el proyecto democrático fue pensado para una sociedad mucho menos compleja que la que hoy tenemos”. Tales juicios de Lippmann y Bobbio no son irrelevantes para entender el momento político actual. También es un hecho incuestionable que captar toda la complejidad de la actividad política hoy es muy complicado, porque no se pone a disposición de la población toda la información de forma clara y transparente, porque el espacio del debate público no es accesible a todos de una forma equitativa, y porque está dominado y restringido sistemáticamente por grupos de poder. Al respecto me parece muy pertinente la reflexión de Julia Cage en su libro Salvar los medios de comunicación. Defiende que un medio de comunicación no es, o mejor no debería ser, una empresa como las demás, y que tiene que estar protegida por el Estado. Y es así, porque los medios producen información de interés general, que debería ser considerada un bien público y tendríamos que protegerla. Igual que nadie se plantea privatizar completamente la educación, no entiende por qué no sucede lo mismo con la información. En la mayoría de países democráticos, se considera que la transmisión de un mínimo de conocimientos es algo necesario, a lo que todo el mundo debe acceder gratuitamente. Por eso, el Estado protege el sistema educativo, porque se considera que no debe estar sometido a la compraventa. Con la información es lo mismo: tener acceso a ella resulta imprescindible para el buen funcionamiento de una democracia. Lamentablemente para una buena praxis democrática es muy frecuente que la información que llega a los ciudadanos desde los gobiernos de turno es sesgada y nada transparente. El caso de las televisiones autonómicas en España es paradigmático. Por ende, no tiene sentido lamentarse de los problemas de la democracia sin analizar las razones que los provocan. Pero de ello, de la gran complejidad para el conocimiento completo de la situación política, no se sigue que la política globalmente se vuelva arbitraria, y mucho menos que las victorias electorales vayan siempre a parar al mayor demagogo. Los ciudadanos suelen tener unas ideas bastante claras de sus intereses; reciben señales de otros individuos e instituciones (partidos, medios de comunicación, sindicatos, asociaciones empresariales, compañeros de trabajo, amigos…); como en otras tantas áreas de la vida, optar por las soluciones fáciles no es un síntoma de irracionalidad. En todo caso la problemática no radica en la psicología de los ciudadanos, sino en el estado de la infraestructura crítica de la democracia, que en general, necesita una fuerte reparación.
Cuando los ciudadanos parecen votar en contra de sus intereses materiales, a menudo lo hacen no porque hayan sido engañados por el demagogo de turno o sufran de falsa conciencia; más bien es porque valoran otros intereses-vinculados con aspectos morales o culturales-, por ejemplo, o incluso “intereses emocionales propios” más importantes. Muchos jubilados españoles votan a partidos que se han mostrado en contra de la revalorización de sus pensiones, porque tienen una fuerte animadversión hacia un gobierno que ha pactado con independentistas, y consideran que la unidad de España está en peligro. Lo mismo puede observarse con muchos trabajadores beneficiados con la subida del salario mínimo interprofesional que no votan al gobierno que ha aprobado tal medida por las mismas razones que los jubilados antes mencionados u otras diferentes.
Es un error pensar que la política es más fácil cuando, supuestamente, solo se trataba de grupos que negociaban intereses materiales. Se miramos hacia atrás en la historia observamos que los trabajadores no solo lucharon por mejores salarios y mejores condiciones laborales, sino también por la dignidad y el reconocimiento de su modo de vida, todos ellos “valores culturales” y cuestiones de identidad. El derecho al voto fue la primera lucha de la política de “identidad”, porque la lucha a lo largo de la historia ha consistido en superar las exclusiones al derecho al voto basadas en la identidad. Igualmente hoy muchos trabajadores, no solo reclaman mejores salarios, sino que lo que quieren es que se reconozca la dignidad de su trabajo. Lo explica muy bien Michael J. Sandel en su La tiranía del mérito. ¿Qué fue del bien común? (2020). Se debería reconocer que el trabajo no es solo un modo de ganarse la vida, sino también una manera de contribuir al bien común, y obtener reconocimiento, respeto, estima social, por haber hecho ese trabajo. Esto sugiere que las políticas del Estado de bienestar y de redistribución, importantes como son, no son suficientes. Porque la gente no solo se preocupa de la justicia distributiva, sino también de la justicia contributiva, es decir, que su trabajo sea reconocido, valorado y respetado. Y eso es lo que se ha perdido del proyecto político de la centroizquierda, que se ha enfocado solo en el aspecto distributivo que, es importante y necesario, pero no suficiente. Porque la gente necesita sentir, quiere sentir, que sus contribuciones por su trabajo son valoradas. Parecía que la pandemia del Covid-19 iba a servir para valorar y dignificar los trabajos de aquellos que sostuvieron la economía durante el confinamiento. Vano intento. Valorar el trabajo de las personas, no solo el sueldo, sirve para sostener a la comunidad unida, es lo que provee a las personas un sentido de dignidad y orgullo, como miembros, ciudadanos de una comunidad política.
La misma idea de la democracia como incertidumbre institucionalizada la expresó Josep. M. Colomer en su artículo “La incertidumbre de la democracia” en la Revista Gestión y Análisis de Políticas, nº 4, 1995. Para Colomer, la democracia no necesariamente produce buenos resultados, es decir, decisiones socialmente eficientes, leyes y políticas públicas justas y actos administrativos eficaces. Por el contrario, está en la esencia de la democracia que sus decisiones sean inciertas y varíen en el tiempo y que, por tanto, no correspondan a ningún conjunto concreto de valores que pueda considerarse intrínsecamente "bueno" o "superior". La incertidumbre de los resultados de la democracia y el relativismo de valores con que pueden ser juzgados corresponden precisamente a la certidumbre y la equidad de sus reglas de decisión. Las reglas democráticas de toma de decisiones pueden ser consideradas equitativas y tienden a durar en la medida en que garantizan la incertidumbre y el relativismo de las decisiones. Estas características de la democracia -certidumbre de las reglas, incertidumbre de los resultados- la distinguen de modo fundamental de la dictadura y son la clave para que la democracia pueda ser ampliamente aceptada en la sociedad. La reciente expansión- el artículo de Colomer es de 1995- de las formas de gobierno democráticas a numerosas y variadas sociedades de diversas partes del mundo-y en particular de Europa central y oriental-, así como las expectativas de su consolidación, no se apoyan tanto en la bondad de sus resultados como en esa incertidumbre esencial. Pero la democracia es incierta también en otro sentido: su consecución nunca es segura, ni siquiera bajo las más favorables condiciones, ya que la democracia concebida como un procedimiento de decisión colectiva sólo puede ser resultado de un acuerdo que depende de las voluntades, las estrategias y las decisiones humanas y no de cualquier imaginaria ley histórica o determinación estructural. Acierta de pleno Colomer. La democracia cuesta mucho conseguirla y muy poco perderla. No es una realidad eterna. Muchos ejemplos de ello tenemos en la historia. “El protagonista de una novela de David Lodge dice que uno no sabe, cuando está haciendo el amor por última vez, que está haciendo el amor por última vez. Pues con el voto pasa lo mismo”. Algunos alemanes que votaron al partido nazi en 1932 sin duda eran conscientes que podrían ser las últimas elecciones libres durante algún tiempo, pero la mayoría no lo sabía. ¿Acaso somos nosotros más sabios que los europeos que vieron cómo la democracia daba paso al fascismo o al nazismo durante el siglo XX? El peligro está al acecho. No podemos tener la certeza absoluta de su permanencia. De ahí, de nuevo, el concepto de incertidumbre vinculado con la democracia. Para advertirnos de tal peligro de la posibilidad de la pérdida de la democracia, que no es una realidad eterna, son recomendables la lectura de dos libros, especialmente en los momentos actuales en los que proliferan gobiernos autoritarios, e incluso, con claras connotaciones fascistas. De Steven Levitsky y Daniel Ziblatt Cómo mueren las democracias (2018), y otro más antiguo de Juan Linz, publicado en 1978, La quiebra de las democracias.