Zurbarán Superstar con toque gastro
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Los pasados 9, 10 y 11 de julio, se presentó en el Auditorio del Museo del Prado una obra de teatro, El socorro de Cádiz, que viene a ser “una suerte de chirigota barroca con muchas dosis de comparsa, carnaval y diversión”, inspirada en el magnífico lienzo del gran pintor del Siglo de Oro español Francisco de Zurbarán, La Defensa de Cádiz contra los ingleses.
La dramaturgia y dirección han corrido a cargo del escritor y actor Daniel Migueláñez, del Instituto del Teatro de Madrid (ITEM), profesor de profesor de teatro en University of Southern California y Académico de las Artes Escénicas de España, y de Julio Vélez, alma pater del mismo ITEM, catedrático de Literaturas Hispánicas y Bibliografía de la Universidad Complutense y codirector del Seminario de Estudios teatrales en la Facultad de Filología.
Bajo el horizonte del cuadro de Zurbarán, apoyándose en los textos El socorro de Cádiz, de Juan Pérez Montalbán y La fe no ha menester armas y venidas del inglés a Cádiz, de Rodrigo de Herrera, y con el inestimable concurso de un grupo de animosos actores y actrices, ponen en escena una comedia de inmenso valor didáctico, entretenidísima, ágil y divertida hasta lo hilarante, a la que aquí deseamos toda la mierda del mundo.
Casi en paralelo, en Barcelona se abren las puertas de la exposición Zurbarán (sobre) natural que reúne pinturas del artista español propiedad del Musée des Beaux Arts de Lyon, el Museum of Fine Arts de Boston y del Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC). El corazón del interesantísimo evento son las tres versiones de San Francisco de Asís según la visión del papa Nicolás V, que, además de su enorme belleza y calidad intrínseca, a juicio de los comisarios de la muestra influyeron en artistas contemporáneos como Antoni Tàpies, Josep Guinovart, Toni Catany o Marta Povo.
Por otra parte y también en clave de actualidad, Hugo se consolida como el nombre más popular y elegido por sus progenitores entre los niños españoles, lo cuál alude al patrón de los infantes, San Hugo de Grenoble, protagonista de uno de los milagros gastronómicos más insólito y singular de los eventos con intervención divina de la historia, que Zurbarán plasmó en el cuadro San Hugo en el refectorio de los cartujos. Una historia que comienza cuando Hugo, obispo de la ciudad francesa de Grenoble, se convierte en benefactor de los seis fundadores de la Orden de los Cartujos, dedicada desde 1084 a la contemplación y la oración, cediéndoles un terreno en las montañas de Chartreuse para erigir su casa madre y proporcionándoles el cotidiano sustento.
Un buen o mal día, según se mire, el valedor, sin caer en la cuenta de que la Cuaresma estaba muy próxima, decide mandarles una buena remesa de carne, que, como es bien sabido, no debe ser consumida en los cuarenta días de purificación que median entre el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Los monjes se aprestan a guisarla primorosamente, probablemente un pot-au-feu, carne cocinada a fuego lento en un caldo aromatizado con hortalizas y bouquet garni.
Pero al ver los platos en la mesa del refectorio empiezan a dudar de la conveniencia de consumirla. Transcurridos cuarenta y cinco días, Hugo, empieza a preocuparse ante la total ausencia de noticas de sus protegidos y envía a un emisario para que le informe de la situación. Este no tarda en regresar en shock para explicarle al obispo que los cartujos están profundamente dormidos y con la comida intocada ante ellos. Alarmado, el obispo se dirige al cenobio y se encuentra con la insólita situación. Cuando los monjes despiertan, bastante aturdidos, San Hugo toca la carne del pot-au-feu y esta se convierte en cenizas ante los ojos de los presentes. Todo evidencia que el Altísimo, en su infinita sabiduría, ha corregido el error inicial, para que los monjes guarden la preceptiva abstinencia carnal de ese periodo litúrgico.
Mucho tiempo después, y a requerimiento de los cartujos españoles de su tiempo, el siglo XVII, Zurbarán pinta un cuadro que se diría manufacturado a finales del XI, cuando ocurrió el portento, porque dicen los expertos, él de Fuente de Cantos fue un artista medieval encerrado en un cuerpo barroco, en razón de su obsesión por la simetría, de la rigidez de sus composiciones, del estatismo de sus personajes y del sofisticadísimo sentido de la espiritualidad. Así, el pintor compone una obra que evoca una naturaleza muerta, con los cuerpos de los cartujos cortados por una mesa en forma de L y cubierta con un mantel que llega casi al suelo. Sobre la mesa, platos de barro con comida, trozos de pan, dos jarras de cerámica talaverana, un cuenco boca abajo, y cuchillos, mientras que en primer plano se sitúan el paje, en el centro, y san Hugo, a la derecha y encorvado, lo que suaviza en muy buena medida la rigidez de la composición. Al fondo, un cuadro en el que aparecen laVirgen y San Juan, ambos patronos cartujanos por haber sido practicantes en algún momento del ayuno.
Oportunidades todas que ni pintadas para revisitar a uno de los más grandes pintores, valga la redundancia, de toda la historia y considerado como el artista de las telas.