jueves 23/9/21

Campaña de “pan y circo”

, queremos libertad en Madrid, pero no la que ofrece Ayuso en sus carteles con el apoyo de VOX.
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“Es mucho más grande la sed de fama que la de virtud. Pues ¿quién abraza
la virtud en sí, si le quitan los premios que conlleva la fama?”

Juvenal. Sátira X


“Mens sana in corpore sano”, junto a “Panem et circenses”, -no es necesaria su traducción, todos la conocen-, son dos de los aforismos más celebrados a lo largo de la literatura universal, fruto de la cultura romana y más concretamente, de Décimo Junio Juvenal, poeta satírico romano que dejó en sus poemas una imagen crítica y mordaz de la sociedad romana del siglo I; ninguna se ha mantenido a lo largo de los siglos y en la que se han inspirado escritores de todos los tiempos, desde el italiano Giovanni Boccaccio hasta los británicos Jonathan Swift o Samuel Johnson. Resentido contra el emperador Domiciano, calificado por Tácito, Plinio el Joven y Suetonio como un tirano cruel y paranoico, Juvenal le satiriza en su obra, al describir su entorno imperial como corrupto, injusto y violento. En una sus sátiras, la 10ª, critica la parcialidad y el favoritismo de la corte imperial, lo que le valió el exilio en la ciudad egipcia de Syene (hoy Asuán) y la confiscación de sus propiedades. Muerto Domiciano, pudo regresar a Roma, donde permaneció hasta su muerte. Sus poemas satíricos critican ácidamente la conducta de sus contemporáneos; sus protagonistas son: emperadores, nobles, extranjeros, homosexuales y mujeres, cuyos vicios y costumbres disolutas fueron objeto de una de sus su “Sátiras” más famosa; en ellas apela al sentimiento patriótico y ataca, con indignación, la decadencia y corrupción que la sociedad y la vida romana habían alcanzado. Juvenal escribió hacia finales del siglo I y comienzos del II, dentro de la tradición de la sátira, pero recreándola hasta el extremo de que el sentido moderno de la palabra corresponde por entero a lo que él hizo del “género satírico”; recogió de la tradición, los temas y tópicos que dentro de la sátira se habían dado cita en ese género e imprimió dos características personales y esenciales: modernidad y precisión.

Modernidad porque con él la sátira alcanza el cénit; si con Virgilio y Horacio se alcanza la cima de la poesía romana, pero en una etapa antigua, mágica y misteriosa y con Lucano, Séneca y Tácito, esa nota antigua se va difuminando paulatinamente, con Juvenal se logra un acercamiento tan grande que ya la actualidad no nos distingue de él; no sólo lo comprendemos, sino que realmente él es ya uno de los nuestros. Y precisión, porque ayuda a comprender la realidad al describir esos rasgos que definen a la perfección las situaciones sociales, con un realismo que sólo encontramos parangón en la pintura de Velázquez: la vida salta a la vista del lector tal como las mentes modernas suelen aprehenderla y entenderla; describe la compleja realidad, seleccionando los rasgos que hacen definible y visible el caos, la incertidumbre y la confusión de la vida social. Los ejemplos históricos que se suceden en su sátira X revelan un tratamiento absolutamente nuevo y original respecto a la manera como los anteriores escritores romanos escribían; la forma como Juvenal ve la historia romana es idéntica a la nuestra; es lo llamativo y lo nuevo en él; esto se debe a que, frente a la historia de su propio pueblo, adopta no sólo una actitud distante, sino fríamente crítica que entraña la sátira; ese distanciamiento forma parte de la máscara o persona por él adoptada. He aquí algunos de los párrafos de su afilada pluma en su sátira 10ª:

“Pocos son capaces de apartar la niebla del error y distinguir entre los bienes verdaderos y sus opuestos. Pues ¿qué tememos o deseamos juiciosamente? ¿Qué concibes con tan buen pie que no te arrepientas del intento o del deseo realizado?... Los dioses han echado por tierra casas enteras al atender las plegarias de sus propios dueños…. Las peticiones de riqueza son casi siempre las primeras y las más conocidas en todos los templos: que aumenten los caudales, que nuestras arcas seas las más grandes de todo el foro. […] Entonces, ¿es superfluo o dañino lo que pedimos?... A algunos los precipita a la ruina el poder sujeto a la gran envidia, los hunde su larga y distinguida hoja de servicios… ¿Qué importa la mala reputación si salvas la riqueza?... La honradez recibe loas, pero tirita de frío. A los crímenes y corrupciones debe la gente sus jardines, palacios y las riquezas acumuladas… Ciertamente la única senda a una vida tranquila se abre a través de la virtud”.

El objeto de esta sátira es demostrar cuán vanos y fútiles son la mayor parte de nuestros deseos y aspiraciones. Al suplicar a los dioses con nuestras oraciones, los hombres piden a los dioses cosas que se vuelven contra los propios suplicantes, son ambiciones que, como escribe, “en los altares el primer deseo que expresa el hombre es el ansia de riquezas”, pero al final las cañas se tornan lanzas; por el contrario, quien nada tiene, puede viajar tranquilamente de noche en presencia de los ladrones sin temerlos. Juvenal lo corrobora con algunos ejemplos: no desear las riquezas, los honores, la belleza, la gloria, porque todas estas cosas han resultado fatales para aquellos que las han deseado y pedido. “Más vale que los dioses nos manden lo que ellos crean conveniente; en cualquier caso, -escribe-, contentémonos con pedir una mente sana en un cuerpo sano”; de un escritor pagano era imposible esperar una moral más alta. Y pone algunos ejemplos: la elocuencia perdió a los dos máximos oradores, Demóstenes y Cicerón; la gloria militar les fue fallida, como lo demuestra el caso de Aníbal, Alejandro Magno o Jerjes; pedir una larga vida, puede resultar una desastrosa vejez, como les sucedió a Néstor, Príamo, a Mario y a Pompeyo, que hubieran deseado morir antes; y la belleza física puede comportar graves riesgos; así fue para Hipólito, Belerofonte o Silio Itálico. ¿Qué se debe pedir según el poeta?: este es su recetario para bastarse a sí mismo: Mente sana en un cuerpo sano, un espíritu valiente, no temer a la muerte, considerar los últimos años de la vida como un regalo de la naturaleza, controlar la cólera, no tener anhelo por ninguna cosa y tener como modelo a Hércules y sus sufrimientos. Y concluye Juvenal: “Hace ya tiempo, desde que no le vendemos los votos a nadie, el pueblo se ha deshecho de preocupaciones; pues el que en otro tiempo otorgaba el mando, las fasces, las legiones, todo, ahora se aguanta y solo desea con ansia dos cosas, pan y juegos de circo…”

Con este aforismo Juvenal hace referencia a la práctica romana de proveer de trigo gratis a los ciudadanos romanos, así como costosas representaciones circenses y otras formas de entretenimiento como medio para ganar poder político a través del populismo. Julio César mandaba distribuir el trigo gratuitamente, o venderlo muy barato, a los más pobres, unos 200.000 beneficiarios. Tres siglos más tarde, Aureliano continuaría la costumbre repartiendo a 300.000 personas dos panes gratuitos por día. De esta forma, los emperadores romanos se preocupaban de que el pueblo estuviese en calma pues significaría que su puesto no correría el peligro de levantamientos violentos; esa era la razón, y no otra más solidaria, de procurarles alimentación y entretenimiento.

La campaña de Ayuso consiste en mimetizar lo que hacían los emperadores romanos: “panem et circenses”

¿Por qué se me ha venido a la memoria la “Sátira X” de Juvenal? La referencia es el propio título de estas reflexiones: tanto la convocatoria de elecciones para el 4 de mayo como la propia campaña iniciada por la presidenta Díaz Ayuso, consiste en mimetizar lo que hacían los emperadores romanos: “panem et circenses” (pan y juegos de circo) como medio para ganar poder político a través del populismo. Con este populismo, ¡qué fácilmente se lleva a cabo una campaña y se intentan ganar unas elecciones!: “Bocata de calamares y porciones de pizza y abramos el circo de bares y restaurantes para ganarnos al pueblo”. Y por simple y cínico que parezca, parece que le está dando resultado. Su mensaje oportunista y populista está obviando la realidad hasta llegar a convencer, en su mundo paralelo, a un grupo importante de madrileños, que sin otro argumento que prometer “pan y circo”, está calando en la mente simple y poco reflexiva de muchos electores.

“Patrimonializar”, según la RAE, es hacer que algo pase a formar parte de los bienes materiales o inmateriales que se consideran como propios. Es lo que ha hecho el Partido Popular en los carteles de Ayuso en esta campaña electoral, patrimonializar la palabra “LIBERTAD”. Esta presidenta, ágrafa de la historia, debería leer los versos de León Felipe o de Machado, para saber lo que, en la historia de España, siempre pisoteada y rota por patriotas de hoja de lata, han significado y significan las palabras verdad y libertad. Hay que rescatarlas del cartel de la campaña de Ayuso, gastadas por su engañoso significado. Son palabras a las que hay que resignificar y reinterpretar, como democracia, diálogo, colaboración, respeto, memoria, política, violencia, paz, perdón, vida, esperanza…, palabras vivas que componen cada átomo y respiración de la existencia democrática; se impone hacer la anatomía de estas palabras que, a fuerza de pronunciarlas en sus mítines, empiezan a cansar; hay que utilizar la hermenéutica del lenguaje para comprender el significado que pueden tener dichas palabras que usamos de continuo para poder entendernos. Quienes, en los años finales del franquismo, nos jugábamos la libertad por reivindicarla, sentimos indignación viendo cómo quienes en el partido popular, herederos de esa Alianza Popular (AP) partido político de carácter conservador, fundado durante la Transición española en su mayoría por antiguos jerarcas franquistas,​ incluidos siete ministros de Franco -entre ellos, Manuel Fraga Iribarne-, hoy reivindican la libertad contra aquellos que por traerla, lucharon, sufrieron, incluso la cárcel.

Aunque Ayuso acompañe su imagen en sus pancartas electorales con la hermosa palabra “LIBERTAD”, lo que detrás de esa cara “de pánfila” se esconde es el más rancio “populismo”; la práctica y el uso de “medidas de gobierno populares”, destinadas a ganar la simpatía de la población, particularmente si ésta tiene derecho a voto, aun a costa de tomar medidas poco honestas en una política democrática. Uso el calificativo “populista” en un contexto simplista, político y peyorativo, al promover y establecer una permanente confrontación y división políticas que dificultan extremadamente alcanzar acuerdos e, incluso, los imposibilita. Ese y no otro es su excluyente, falso y dicotómico dilema electoral: “O socialismo (comunismo) o libertad”. ¿Cómo pueden ignorar los que dirigen la campaña de la señora Díaz Ayuso que, si algo caracteriza a la socialdemocracia, es su poder progresista y transformador de las posibilidades del capitalismo, minimizando sus inconvenientes con el fin de construir una sociedad más próspera, libre y justa? Uno de los grandes problemas de la filosofía ha sido siempre compaginar la relación entre el reino del conocimiento y el reino de los valores. El conocimiento es lo que es mientras que los valores son lo que deberían ser. Y esta distinción la ignora la señora Ayuso, imbuida del argumentario que a diario la proporcionan, hablando antes de pensar. Lo ha demostrado durante todo este aciago tiempo de “pandemia”: habla (incluso sin sintaxis ni lógica) sin pensar.

Por mucho que la señora Ayuso critique a Pablo Iglesias, en el fondo, y gracias a su manifiesta ignorancia, comparte el pensamiento populista del argentino Ernest Laclau, a quien Iglesias admira; Laclau afirmaba, desde su neologismo “la razón populista”, que el populismo es la mejor forma de organización política pues da lugar y representatividad a clases que hasta el momento estaban relegadas. Entendiendo a Laclau, no es posible estar de acuerdo con él, pues es constante en la historia que el populismo acrecienta las desigualdades; los populismos modernos (de izquierdas o de derechas) son un simulacro; pues, en el fondo, al final, legitiman los intereses del capital manteniendo las desigualdades. Una de las características del éxito del populismo creciente de las derechas en España es que saben vender las políticas del miedo al afirmar que los demás partidos conducen al país al desastre. Es el mantra permanente de VOX con Abascal y del PP con Casado y Ayuso contra Pedro Sánchez, al que no tengo por qué defender; se defiende bien él solo. En este ambiente electoral lo estamos percibiendo; mientras dudosas encuestas vaticinan un ascenso peligroso de “las derechas”, las mismas encuestas y algunos politólogos, más augures que científicos, vaticinan un declive del centro izquierda y de la socialdemocracia, al asegurar que muchos de sus votantes tradicionales, insatisfechos, pero que desconocen las razones objetivas de su insatisfacción, imbuidos de un pesimismo generalizado y razonable, inyectados de incertidumbre y basados más en factores emocionales que racionales, se pasarán al voto “populista de las derechas”, prefiriendo “la economía antes que la sanidad”. Una derecha popular y populista que, como los emperadores romanos, cuando las cosas no van bien, saben prometer: “pan y circo”. Al punto, como hicieron los emperadores romanos para las representaciones del circo, de construir su propio “Coliseo”: el “Zendal”, edificado en un descampado, en medio de una avenida de un solo número: la Avenida de Manuel Fraga Iribarne, n.º 2.

Ayuso es de las personas que piensan que, si la realidad no se ajusta a sus necesidades, pues peor para la realidad

Faltar a la verdad en tantas ocasiones, como lo hace la señora Ayuso, sobrepasa cualquier posibilidad de que se trate de confusión, malentendido o desajuste; decimos que, por accidente, se puede tropezar dos veces en una misma piedra, pero mil veces no. La mentira en esa escala no es confusión, sino estrategia: consiste en decir solamente aquello que conviene a mi interés, a mi campaña. Es muy grave violar las reglas de la democracia, de ahí que existan demasiadas razones para no votar a Ayuso; es de las personas que piensan que, si la realidad no se ajusta a sus necesidades, pues peor para la realidad.

Han pasado muchas décadas desde la época positivista en la que la confianza en la ciencia llenaba de esperanza el futuro. La ciencia lo podrá todo, era el inconsciente eslogan de la época. Y también han pasado muchos años desde que Jacques Monod publicara una obra, que sintetiza toda una vida y que revolucionaría la cultura en 1971, “El azar y la necesidad”, al sorprenderse como investigador de que “somos tan diferentes pues el cambio es la fuente de toda novedad, de todas las creaciones en el mundo de la vida”, resumía su pensamiento en que “el cambio, sólo el cambio, la absoluta y ciega libertad, es el origen de todo ese prodigioso edificio que es la evolución de nuestro universo”. Ignoro si es el azar o es la necesidad determinista la que puede condenar a los madrileños a continuar dos años más con un gobierno del Partido Popular, gobernado por Isabel Díaz Ayuso; una candidata que, en un alarde de arrogancia ofensiva, repite una y otra vez que “se dedicará en cuerpo y alma a que Madrid siga siendo libre”; como si los madrileños no lleváramos más de 25 años gobernados por el PP. Si es el azar será porque los madrileños, los que valoramos la libertad, no hemos acudido en masa por pereza o indolencia a votar, porque si es por necesidad, por la necesidad de ser y sentirnos libres, la verdadera libertad sería no votar a Díaz Ayuso y sentar las bases de un Madrid más justo, más solidario, más ecológico, más social, más libre… Por ahora, no sabemos si estos deseos se convertirán en realidad; todo depende de un Madrid, de una ciudadanía democrática, socialista y progresista.

, queremos libertad en Madrid, pero no la que ofrece Ayuso en sus carteles con el apoyo de VOX. Hay canciones que se convierten en himnos de una época, de una generación, de un acontecimiento. Los que tenemos años en nuestro historial, sufriendo y aguantando la dictadura, nos acordamos de la canción “Libertad sin Ira” del grupo Jarcha; se convirtió en himno oficioso y una de las canciones “protesta” más emblemáticas de la Transición española. Cómo se cantaba y lo que significó fueron dos elementos fundamentales en la creación de un deseo sentido de cultura popular y democrática. Su letra describe la situación en la que España se encontraba en aquellos años: la guerra civil, la idea de las dos Españas, la violencia, las ansias de democracia, de paz y libertad durante la Transición. “Libertad sin ira” es el eco de una reivindicación de libertad; creíamos que ya lo habíamos conseguido, pero estamos otra vez en un momento que parece que se necesita, pero no como la pide Ayuso y el PP. Es hora también de cantar esa otra canción de 1976 compuesta por Álvaro Nieto: “Habla, pueblo, habla”, interpretada por el grupo “Vino Tinto”; dos canciones representativas de aquellos primeros pasos de la democracia, que “cantábamos los viejos de este país para evitar lo peor”. podemos hablar como pueblo, per votando, y cantar con Jarcha, pero cambiando una letra, sólo una letra, una R por una D: “Libertad, libertad, sin IDA, libertad”.

En este momento de elecciones, en pleno estado de crispación, de ciudadanos enfadados, de políticos enfrentados, de tensiones, propongo una campaña de diálogo como solución con los versos del soneto de Benjamín Prado, titulado “Parlem”: ¡Hablemos!:

Hablemos sin cuchillos en las manos,
Hablemos sin quemarnos las banderas,
Con razones, sin sangre en las aceras,
Con libertad, sin ira, como hermanos.

Hablemos de palabras, no de idiomas,
Digamos “te respeto”, “no te vayas”,
Sin ver puntos finales donde hay comas,
Sin ver desiertos donde solo hay playas.

La justicia consiste en ser iguales,
La igualdad, en poder ser diferentes,
La esperanza, en querer mover montañas.

Que aprendan a pensar en nuestra gente,
Abrir ventanas, sin romper cristales,
Hay sitio para todos en España.

Campaña de “pan y circo”