martes. 18.06.2024
El darwinismo capitalista (VIII)
La ninfa Eco y Narciso. Pintura de John Willians

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Como señalaron tanto Freud como Le Bon, los individuos integrados en La Masa a los que nos referimos en el artículo anterior, su sentir y su comportamiento se convierten en lo que estos autores han denominado como “el alma de las masas”. Es decir, sus instintos son ahora los de una manada que sigue las pisadas del semental que decide el camino a seguir. Con lo cual, según señalan estos autores:

“el individuo integrado en una multitud, adquiere, por el simple hecho del número, un sentimiento de potencia invencible, merced al cual puede permitirse ceder a instintos que, antes, como individuo aislado, hubiera refrenado forzosamente. Y se abandonará tanto más gustoso a tales instintos cuanto que por ser la multitud anónima, y en consecuencia, irresponsable, desaparecerá para él el sentimiento de la responsabilidad,

Le Bon piensa, que en una multitud, se borran las adquisiciones individuales, desapareciendo así la personalidad de cada uno de los que la integran. Lo inconsciente social surge en primer término, y lo heterogéneo se funde en lo homogéneo. Diremos, pues, que la superestructura psíquica, tan diversamente desarrollada en cada individuo, queda destruida, apareciendo desnuda la uniforme base inconsciente, común a todos los que integran esa multitud.”

En una multitud, se borran las adquisiciones individuales, desapareciendo así la personalidad de cada uno de los que la integran

En la pretensión de seguir adelante con lo que como antítesis del comportamiento antisocial ha sido mencionado con anterioridad, considero procedente analizar lo que con respecto a esta cuestión manifestó Erich Fromm, a tenor de la conducta que deben de seguir los individuos dentro de una comunidad. Un comportamiento en el que según él:

“los seres humanos debemos respetar las principales normas y condiciones humanas para su pleno desarrollo personal, ya que los deseos puramente subjetivos son objetivamente perniciosos.”

Lo que ocurre es que en función de una capacitación de razonar que nos ha permitido elaborar una moral de la que se desprende   lo que representan tanto la ética como la responsabilidad, al hacer uso de una objetividad subjetivadad se suele ignorar lo que representan tanto la moral, como la ética y hasta la responsabilidad.

Para analizar cómo esta objetividad subjetivada atropella estos tres principios del comportamiento social, encontramos en la obra de Erich Fromm “El miedo a la libertad” un enunciado que nos puede ayudar a entender lo que aquel comportamiento está representando. En el mismo se dice:

“El supuesto implícito en el pensamiento de Lutero y de Calvino, y también en el de Kant y Freud es que el egoísmo (selfischness), es idéntico al amor a sí mismo (self-love). Amar a los otros es una virtud, amarse a sí mismo, un pecado. Además el amor hacia los otros y el amor a sí mismo se excluyen mutuamente”

Lo cual nos lleva a tener que ponderar que si el egoísmo es una conducta de excesivo apego al bienestar propio, como amor a sí mismo en detrimento los demás, al estar fundamentado éste en un Yo que debería controlar su Superyó, con independencia de que tengamos que conferirle a esa persona un Complejo de Personalidad Antisocial, este egoísmo constituye un requisito sine qua nom con el que posibilitar tanto la libre iniciativa como la propiedad. En consecuencia, como no es posible ni aconsejable modificar un egoísmo que por ser un atributo natural hasta en los animales, tenemos que encontrar la manera de -sin manipular lo que es una conducta congénita en todas las especies-, conformar a través de unos condicionamientos de naturaleza física, lo que psíquicamente ni es posible ni es aconsejable implementar. Sobre todo si tenemos en cuenta que este Complejo de Personalidad Antisocial es cada vez más frecuente en nuestra sociedad occidental neocapitalista.

Con independencia de la implícita y execrable forma con la que se desarrolla el capitalismo, éste, para poder mantener su trayectoria necesita de una estructura coercitiva y legislativa

Continuando con lo que fue considerado como un egoísmo que a pesar de ser fundamental, potencialmente conlleva la conformación de unas oligarquías que son el cáncer de nuestra sociedad, considero necesario sacar a colación lo que expone Cándido Marquesán Millán en su artículo “Los pocos contra los muchos y viceversa”, publicado en este diario digital el 24 de Marzo de los corrientes. Un artículo que refiriéndose al publicado por Norberto Bobbio en su libro “¿Qué socialismo?, éste concluyó que:

la democracia es subversiva en el sentido más radical de la palabra, porque allí donde llega, subvierte la concepción tradicional del poder, según la cual el poder político, el económico, el patriarcal o el religioso, desciende o circula desde arriba hacia abajo.”

Para continuar diciendo en el primero de estos artículos:

“Según Nicolás Maquiavelo, ejercer el poder directamente es algo que interesa mucho más a los que tienen mucho que perder que a los que tienen menos”

“La oligarquía está siempre presente en la organización política, independientemente de las ideologías. El acceso a la información y su control está en manos de los más altos dirigentes; lo cual les permite ordenar las cosas a su manera. La presencia de la oligarquía resulta por tanto inevitable, a pesar de todas las proclamas e incluso las limpias intenciones de los promotores de un partido político”

Y he tenido que recurrir a este trastorno de la personalidad representado por el egoísmo, porque con independencia de la implícita y execrable forma con la que se desarrolla el capitalismo, éste, para poder mantener su trayectoria necesita de una estructura coercitiva y legislativa, que amparando tanto su manera de gestionar lo que hubiera de ser la economía, como la seguridad de lo que con este proceder se hubiera acumulado, necesita la existencia del Estado. Y es aquí donde entran en escena los políticos. Unos políticos que si fueran conscientes de esta necesidad, podrían regular el excesivo subjetivismo que caracteriza a la economía capitalista. Y es aquí donde podemos encontrar los por qué, tanto la mayor parte de los político, como unos sectores significativos del Parlamento, del Senado y de la Judicatura, están afectados por el síndrome de Hybris. Unos sujetos que se aferran al poder con uñas y dientes, primariamente para defender los intereses de las clases a las que representan y secundariamente, porque como el poder corrompe, tanto unos como otros aprovechan su posición decisoria dentro del Estado, para enriquecerse ilícitamente, cuando cualquiera de ellos regenta las funciones que tiene que llevarse a cabo en el Estado. 

El darwinismo capitalista (VIII)