viernes. 01.03.2024
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Pleno del Congreso celebrado esta semana en el Senado.

La semana que termina asistimos a una extraña danza en la que, por momentos, pudo dar la impresión de que los ciudadanos no nos jugábamos nada. Una comedia bufa en la que lo importante era dejar mal al Gobierno, sin distinción de ideologías -si es que aquí las ideologías representaban algún papel-, una comedia bufa en la que las cosas fueron rehenes de las palabras.

Porque la verborrea de los portavoces ha llegado a hacernos olvidar que lo que se votaba era una acción de Gobierno, no quién iba a ponerse el traje de bufón en una fiesta de disfraces. Una acción de Gobierno que suponía un importante desembolso de dinero europeo, el mantenimiento de una serie de ayudas tangibles en el bolsillo de los ciudadanos -luz, gas, transporte-, el mantenimiento de un IVA reducido para contrarrestar una inflación que baja todos los meses, pero aún es alta.

Nada de todo esto parecía importar a quienes calculaban desde la oposición los beneficios que iban a obtener de una derrota del Ejecutivo, ni a quienes suponían que derrotando a su propio Gobierno se aseguraban la supervivencia de una opción ya vacía de contenidos, una balsa de náufragos.

Convertidos en comparsas de esta comedia bufa, los ciudadanos hemos estado a punto de olvidar que se estaban votando las cosas de comer

Convertidos en comparsas de esta comedia bufa, los ciudadanos hemos estado a punto de olvidar que se estaban votando las cosas de comer, y que los únicos que las defendían eran los dos partidos de la coalición. Hemos sido invitados a sumarnos a un discurso imbécil que pretende que habría que ganar sin hacer concesiones, y que hacer concesiones es no sé qué clase de humillación, cuando es el resultado de la aritmética que los españoles decidieron en julio y las concesiones están aún muy lejos de materializarse: la delegación de competencias migratorias tendrá que ser objeto de una ley orgánica, que se aprobará dentro de muchos meses y que, por tanto, no se hará si no hay presupuestos, si no hay otras leyes, si no prosigue la legislatura. A veces, ese seleccionador nacional que todo español lleva dentro no se da cuenta de que los negociadores de la coalición no son tan idiotas como algunos quieren hacernos creer.

La distancia entre las palabras y las cosas. De comedia en comedia, de representación en representación, el partido popular de Galicia pasa del yo no he sido al no me ayuden porque se va a notar que me están ayudando, y de ahí a pedir toda la ayuda del mundo para luego poder protestar de que le dan menos. Entretanto, las bolitas que se van a comer los pulpos las están recogiendo los voluntarios, como la otra vez, cuando aquel ex presidente tan gracioso decía que eran hilillos de plastilina.

La semana pasada asistimos a un extraño aquelarre en el que, por momentos, pudo dar la impresión de que los ciudadanos no éramos otra cosa que piezas de parchís. Pero no era verdad. Nos jugábamos mucho, y no ganó el Gobierno, ganamos nosotros. Y no crean que si hubiera salido otra cosa nadie hubiera felicitado a los perdedores por su entereza y su dignidad. Habrían bailado una danza macabra sobre nuestras pérdidas, las de los ciudadanos, las de esa España a la que tanto dicen que quieren.

Las palabras y las cosas