TRIBUNA CIENTÍFICA

Donde la razón te lleve

Charles Darwin
Si Darwin no se encaró abiertamente con la intolerancia religiosa, como sí hizo su compañero y amigo Huxley, no fue por miedo a las repercusiones sociales. El problema era la devoción de su esposa Emma Wedgwood, a la que de ninguna manera quería disgustar.

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Caricatura de Charles Darwin en la
revista Vanity Fair, septiembre 1871

El choque de los hallazgos con las certezas íntimas del científico puede provocar conflictos de difícil resolución. Es conocida la reticencia que Einstein mantuvo siempre frente a las implicaciones filosóficas de la física cuántica, que él mismo había contribuido a desarrollar. Su rechazo estaba ligado a la creencia del genio en la existencia, o al menos en la necesidad de orden en el Cosmos. No podía concebir una realidad presidida por el azar, por la aleatoriedad de los fenómenos. Esta negativa está en el origen de su famosa sentencia «Dios no juega a los dados», contestada por Hawking décadas después con la casi tan popular «no solo juega a los dados, sino que no nos dice dónde los tira». También presentó objeciones a la expansión del universo o los agujeros negros que se deducían de su Teoría de la relatividad. Incluso en un área alejada de la Física, prologó un libro cuya tesis central era una férrea oposición a la Teoría de la deriva continental elaborada por Wegener. 

El afán de tranquilizar la conciencia incita a tomar caminos equivocados en el ámbito científico. Tener la mente abierta, dejarte ir hasta donde la razón te lleve, por oscuro que sea el lugar, y seguir allí, intentando poner luz, puede ser muy duro y suponer un alto coste personal y social. Por eso el caso de Darwin es ejemplar. Cabe sintetizar sus descubrimientos en la idea de que el mundo tal como lo conocemos, y en concreto los seres vivos, no son resultado de un plan preconcebido, antes bien de mecanismos de adaptación y selección que no son teleológicos. En otras palabras, la fijeza no existe, ni el origen ni el fin de las especies están predeterminados. 

Cuando la Autobiografía de Darwin vio la luz en 1887, apareció mutilada a iniciativa de su familia, que la consideraba escrita con demasiada libertad

Esto chocaba no solo con el paradigma reinante en su época, dominada aún por la cosmovisión religiosa cristiana, sino con sus propias convicciones. Aunque a veces se pretende desdramatizarlo, el proceso que condujo a Darwin desde la fe anglicana al teísmo que conservaba al escribir El origen de las especies, y luego al agnosticismo, debió de ser duro. Así lo relata en su Autobiografía: «De este modo, la incredulidad me invadió muy lentamente y finalmente se hizo total». Fueron sus hallazgos científicos los que lo abocaron a esas conclusiones. Fiel a su razón y a la libertad que le otorgaba, llegó un momento en el cual tuvo que decidir, y al profundizar en el conocimiento renunció a la fe. 

Si Darwin no se encaró abiertamente con la intolerancia religiosa, como sí hizo su compañero y amigo Huxley, no fue por miedo a las repercusiones sociales. El problema era la devoción de su esposa Emma Wedgwood, a la que de ninguna manera quería disgustar. Esta se mostraba angustiada por las posiciones de su marido, que presentía lo llevarían al infierno de cabeza, provocando su separación por toda la eternidad. Cuando la Autobiografía de Darwin vio la luz en 1887, apareció mutilada a iniciativa de su familia, que la consideraba escrita con demasiada libertad. La cuasi totalidad de los párrafos censurados son críticas a la religión en general y al cristianismo en particular. En uno de ellos, defiende con vehemencia la superfluidad de la fe para la existencia de una conciencia ética. Sobre sí mismo afirma: 

Hemos construido, contra viento y marea, nuestra propia versión de los fenómenos. No es la verdad absoluta ni la real realidad, es lo que podemos conocer, nada más y nada menos

En cuanto a mí, creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida. No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas. […] Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. 

Una anécdota protagonizada por Hans Bethe y Leo Szilard puede iluminarnos acerca del sentido que los conceptos de realidad y verdad han adquirido a los ojos de la ciencia actual (cit. en Bryson: Una breve historia de casi todo). Szilard comentó a Bethe que iba a escribir un diario, y con esa pasmosa facilidad con que los físicos, sean creyentes, agnósticos o ateos, usan la idea de Dios como referente, le dijo: «No pienso publicarlo. Solo registraré los hechos para que Dios se informe». A lo que Bethe replicó: «¿Tú crees que Dios no conoce los hechos?», y Szilard sentenció: «Sí, Él conoce los hechos. Pero no conoce esta versión de los hechos». 

Ahí radica la gloria del intelecto humano. Hemos construido, contra viento y marea, nuestra propia versión de los fenómenos. No es la verdad absoluta ni la real realidad, es lo que podemos conocer, nada más y nada menos. Y aunque un día la especie se extinga, nuestro planeta y nuestra estrella mueran e incluso el universo entero colapse, una vez habrán existido seres que quisieron saber, que lucharon por ir más allá.