martes. 05.03.2024
La obra "Qué Dificil Es" ha sido cancelada porque sus actores aparecen en calzoncillos (La Mandanga, Los 90 Producen)
La obra "Qué Dificil Es" ha sido cancelada porque sus actores aparecen en calzoncillos (La Mandanga, Los 90 Producen)

Mucha gente ve series de televisión para saber cómo se vive en una distopía, cuando basta salir a la calle para experimentarlo. Lo que pasa es que, a veces, se disfraza de forma que pueda pasar inadvertida para buena parte de los ciudadanos.

¿Se imagina un país en el que solo pueda ver obras de teatro, películas, espectáculos musicales, que coincidan con los gustos e ideas de sus gobernantes? Muchos de nuestros compatriotas ya jubilados han vivido en un país así, y no les gusta recordarlo. Pero para la mayoría del resto de españoles eso parece lejos, y lo lejano se vuelve irreal. Un nazi visto en una película da mucho menos miedo que si te lo puedes cruzar por la calle. Da mucho menos miedo que si tiene poder sobre tu vida.

Mucha gente ve series de televisión para saber cómo se vive en una distopía, cuando basta salir a la calle para experimentarlo

Y sin embargo, el laboratorio de una distopía como esa trabaja ahora activamente en los ayuntamientos de muchos pueblos y ciudades españolas. Y en comunidades autónomas enteras. No se puede salir a un escenario en calzoncillos. No se puede dar un beso en pantalla entre personas del mismo sexo. No se puede dar a una biblioteca el nombre de una escritora que haya escrito contra el poder. No se puede financiar una institución centenaria si su presidente profesa abiertamente -abiertamente no es un término peyorativo, es un elogio- una ideología distinta de aquellos que la subvencionaban. No se puede convocar un premio que lleve el nombre de un poeta al que, en otro mundo que de pronto no parece tan lejano a este, dejábamos morir de enfermedad y hambre en una mazmorra. 

Los culturetas se las arreglan para ser el grano que más pica en los apretados pantalones del testosterofascismo

Esto está pasando en nuestro país, y no lo hace un partido localista, sino el que presume de ser el primer partido de España. Hay muchos atenuantes, claro: se supone que no lo hace voluntariamente, sino porque no puede o no sabe resistir las presiones del socio que ha elegido -que ha elegido- para gobernar en todas esas localidades. Lo hace supuestamente en lugares pequeños -¿Madrid es pequeño?-, y ya sabemos que los lugares pequeños solo importan durante las campañas electorales: vaciar España es compatible con rasgarse las vestiduras a cuenta de la España vaciada. Pero, sobre todo, es algo que afecta en primer término a una especie minúscula de humanos, marcadamente hostil a la censura y a la falta de libertad, que responde al nombre de culturetas. Esto solo afecta a los culturetas. A esa gente que vive a salto de mata, la mayor parte del tiempo sin trabajo, ganando sus ingresos con trabajos paralelos, pero se las arreglan para ser el grano que más pica en los apretados pantalones del testosterofascismo. 

Este último argumento tranquiliza mucho. No me dejan a mí sin obra de teatro, le dejan sin obra a los actores. No me dejan a mí sin película, le dejan sin película a los culturetas. Además, yo no soy cultureta. Algún día vendrán a por mí, pero será demasiado tarde. 

Culturetas