sábado. 02.03.2024

En estos tiempos en los que nuestra infancia nos programa para la expectativa, no podría haberle pedido al Gobierno mejor regalo de reyes que su afortunada intervención en Telefónica. Y no porque suponga que va a rendir beneficios inmediatos ni porque comparta las justificaciones públicas, sino porque supone un cambio de paradigma. Desde primeros de los ochenta, la mayor victoria de los neoliberales ha sido la forma en que han conseguido que la sociedad asumiera como normales patrones de conducta que son, en realidad, profundamente nocivos: que la libertad es un bien de mercado que es preciso comprar con dinero; que la igualdad es una cuestión de “merecimiento”. Que toda intervención del Estado en la economía es mala.

No podría haberle pedido al Gobierno mejor regalo de reyes que su afortunada intervención en Telefónica

Pues no, no toda intervención del Estado es mala. La Ley es la defensa del débil, y la concepción del mundo nacida en la Revolución Francesa, la única que ha dado libertad y avances hacia la igualdad a los seres humanos, al menos en una parte del planeta, debe ser defendida desde los poderes públicos. Los únicos poderes que son de todos. 

El Gobierno ha roto desde hace cinco años muchos de los tabúes que el neoliberalismo anglosajón había conseguido inocularnos: el recurso masivo a fondos públicos durante la pandemia y después de ella ha demostrado que la prosperidad de todos no tiene que quedar en manos de la iniciativa privada, sino en manos de todos, y que las políticas económicas que rectifican los inagotables excesos de la codicia privada son esenciales para una sociedad más justa. 

No basta con ganar las elecciones, hay que desmontar el andamiaje de ficciones que durante tantos años ha abierto paso a la explotación y a la mentira

Con su entrada en el accionariado de Telefónica, lo que el Gobierno dice es que no está dispuesto a “dejar hacer, dejar pasar”, y eso, que los neoliberales habían convertido en anatema, es un cambio profundo de paradigma por el solo hecho de producirse. Con su intervención, el Estado reivindica el derecho que una ideología reaccionaria le había estado negando, y lo ejerce. Y abre así la puerta a seguir ejerciéndolo en nuestro nombre. 

Por supuesto que quedan muchos pasos que dar, pero por fin, por fin, estamos caminando en la dirección correcta. No basta con ganar las elecciones, hay que desmontar el andamiaje de ficciones que durante tantos años ha abierto paso a la explotación y a la mentira. Que les pregunten a los autónomos -a los que la Comunidad de Madrid reclama la devolución de las ayudas que les pusieron de pincho con las cañas cuando los neoliberales aún no tenían mayoría absoluta- qué les parece la libertad que les compraron.

Sé que algunos lectores opinarán que me dejo llevar por el optimismo. Yo prefiero pensar que los avances empiezan siempre por la intención de hacerlos. Por cierto, los gallegos pronto van a tener medios a su alcance. No deberían dejar de utilizarlos. 

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