domingo. 21.04.2024
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Manifestación de la Comisión 8 de marzo del movimiento feminista de Madrid.

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En este 8 de Marzo hemos asistido a una de las manifestaciones feministas más numerosas de todos los tiempos, convocada por la Comisión 8 de marzo del movimiento feminista de Madrid. Siguiendo la estela de las grandes movilizaciones feministas desde el año 2018 y 2019, que constituyen la llamada cuarta ola feminista, la propia Delegación del Gobierno ha tenido que admitir que, prácticamente, la participación se había duplicado respecto de la del año pasado, que ya constituyó un éxito de recuperación tras el ligero descenso en los momentos de la pandemia; y ello a pesar de los intentos divisivos y de confusión mediática generados.

Con datos objetivos, según cálculos propios, con la ocupación prácticamente total del recorrido de los tres mil metros entre las plazas de Atocha, Cibeles, Colón, la presencia alcanza, al menos, unas 60.000 personas -el doble de la cifra oficial-, con gran presencia de mujeres jóvenes y una gran diversidad de grupos y generaciones, así como de participación solidaria masculina.

Por otro lado, la otra manifestación, claramente minoritaria -al igual que en otras ciudades-, con la consigna unilateral de ‘Abolición de la prostitución’, apenas llegó a la décima parte de participación, según esas fuentes oficiales, cuando previa y posteriormente, a nivel mediático se han querido presentar como paritarias.

Pero todavía es más significativo el contenido general que se ha aclamado en esta manifestación madrileña mayoritaria y en la gran mayoría de las movilizaciones de todo el Estado, con la reafirmación del ¡SE ACABÓ! Se trata de la referencia principal contra la violencia machista que ha constituido un reto cívico fundamental en estos meses (y años) y que se ha extendido, en general, a la exigencia feminista frente a los privilegios y desigualdades de género y el patriarcado, así como contra el actual genocidio palestino, con fuerte impacto para mujeres e infancia. Se ha demostrado la persistencia de un movimiento feminista masivo, de mayorías, crítico, popular y transformador. Y con esa idea central contra la violencia sexista, se refuerza su justificación fundamental basada en la exigencia de consentimiento y voluntariedad en las relaciones sexuales, no en la imposición y el acoso machistas que coartan la libertad de las mujeres.

Veamos algunas ideas que desde cierto feminismo van en sentido contrario de esta mayoría social feminista, intentando rebajar la importancia del consentimiento y la acción colectiva frente a la violencia machista, relativizando el foco sobre la imprescindible superación de esta lacra social.

El intento de relativizar el consentimiento

El individualismo posmoderno es incapaz de comprender el componente social del ser humano. Eso le lleva a infravalorar la desigualdad de género y las dinámicas de violencia machista. Por ello relativiza el consentimiento, como garantía de voluntariedad en las relaciones sexuales, con ausencia de la prepotencia machista.

El individualismo posmoderno, en el mejor de los casos y en sentido sociopolítico, adopta una posición neutra en la gran batalla feminista actual en torno a la ley del ‘solo si es sí’, apoyada precisamente en el consentimiento, que pretende relativizar, cuando está legitimado por el propio Parlamento e instituciones democráticas internacionales, como el Consejo de Europa. E, igualmente, conlleva una actitud dubitativa, desconcertada e intermedia respecto de la ofensiva reaccionaria contra el movimiento feminista real, con expresiones masivas tan significativas como la solidaridad generalizada con la mundialista Jenni Hermoso, frente al beso no consentido de Luis Rubiales, o la valoración del tribunal, basada en el consentimiento, sobre la violación del futbolista Dani Alves, hitos para la conciencia pública y el refuerzo feminista.

Frente a la tradición feminista transformadora y crítica, esta posición posmoderna converge con el actual feminismo institucional, dirigido por el Partido Socialista, más moderado y retórico respecto de la igualdad de género, con una lectura del consentimiento, precisamente, más rebajada y más punitivista, tal como se ha plasmado por la reforma de la ley pactada con las derechas. Confluyen esas dos tendencias, la socialista y la posmoderna, en un objetivo compartido: deslegitimar la dinámica liberadora más potente de estos años, la cuarta ola feminista, relativizar la prioridad del consentimiento.

La diferencia entre ellas es que el PSOE refuerza la dinámica punitivista y la falta de firmeza en la aplicación de los demás aspectos preventivos de la ley para garantizar la libertad sexual, y la idea posmoderna apuesta por el deseo, cuyo desarrollo no cuestiona ninguna estructura de poder, reorienta el feminismo hacia el individualismo, como supuesto cambio cultural, y puede convivir con la posición moderada socialista.

Este feminismo gubernamental socialista, en este ciclo institucional, aspira a ser dominante, con una posición más timorata o amable respecto de las ventajas masculinas. Asimismo, ese discurso feminista posmoderno tiene poco recorrido social y político. Pero el feminismo es una realidad viva y plural y el carácter de la cuarta ola feminista se ha basado en el clamor cívico y feminista contra la violencia machista y la exigencia de garantías de libertad sexual de las mujeres. Y el consentimiento, la voluntariedad en las relaciones sexuales, es ya un patrimonio colectivo difícil de revertir. Además, el feminismo exige cambios reales en la igualdad de género, auténtico reto inmediato.

La experiencia masiva de la cuarta ola feminista no se caracteriza por el ‘avance del discurso del peligro sexual’, ligado a un feminismo punitivista e iliberal o, más aún, a una regresión reaccionaria y autoritaria contra la libre expresión del deseo individual. Al contrario, su dinámica liberadora ha partido de la constatación de una realidad de subordinación femenina a través de la concienciación feminista, la visibilidad pública, la indignación cívica y el ‘se acabó’ a las agresiones machistas, que siguen constituyendo una lacra social.

El consentimiento es una norma de conducta interpersonal para evitar la prepotencia machista de las agresiones sexuales y facilitar el sexo consentido

El consentimiento no es un invento del sistema para coartar el deseo individual, ni un plan machista para limitar la libertad de las mujeres, ni es una medida para impedir el impulso sexual; es una norma de conducta interpersonal para evitar la prepotencia machista de las agresiones sexuales y facilitar el sexo consentido. Ese es el sentido mayoritario de la actual activación feminista, superando el puritanismo y el punitivismo, garantizar la libre expresión sexual de las mujeres (y todas las personas).

Por tanto, hay que comprender esa realidad sociopolítica de la reafirmación feminista en la libertad sexual, por unas relaciones sexuales voluntarias y consentidas y el rechazo a la violencia machista, o sea, a un acto impuesto y no consentido.

No se trata de abrazar la teoría de la dominación (MacKinnon) que plantea el peligro como paradigma global y la imposibilidad del consentimiento ante unas relaciones patriarcales de poder/violencia, con lo que la única salida sería el lesbianismo. Su argumento es que el consentimiento con un varón sería ficticio y escondería esas relaciones de poder y sometimiento de las mujeres.

Tampoco es adecuada la posición contraria de cierto neoliberalismo de una confianza total en el contractualismo… pero superficial y formalista, sin aplicabilidad real. Es decir, ambas corrientes unilaterales, de apariencia contradictoria, confluirían en una misma conclusión, la relativización del consentimiento por su imposibilidad fáctica, derivada de las estructuras de poder machista o las leyes del mercado. Y es esa crítica infundada al consentimiento lo que resalta la mirada posmoderna. Pero, frente a la rebaja -reaccionaria, liberal o posmoderna- del consentimiento la última experiencia feminista masiva lo ha reforzado.

Un enfoque relacional, no individualista

En consecuencia, hay que remontar el marco del debate: la dicotomía violencia sexual o seguridad (con represión puritano del deseo) es unilateral. Hay que superar ambas con otro enfoque relacional, no individualista. Es necesario reforzar el consentimiento y la voluntariedad y, al mismo tiempo, garantizar la libre expresión del deseo sexual, sin jerarquizar ambos sino aplicarlos en su campo respectivo: un plano es frenar el acoso machista y garantizar un sexo consentido y con buenos tratos, y otro el de buscar el placer con la expresión libre del sexo. El legítimo derecho al sexo, desde el punto de vista relacional, exige la voluntariedad de ambas personas, si no hay imposición o subordinación con agresión; ya no sería sexo sino dominación.

Por tanto, la alternativa no es el simple deseo, es decir, la radicalización posmoderna de la tendencia liberal individualista-pasional del siglo XVII y XVIII, sino otra respuesta, más multidimensional e integradora, basada en la voluntariedad y el acuerdo mutuo, tal como reclama el actual feminismo transformador, social y solidario: frente a la violencia machista ¡Se acabó!

La libertad sexual exige relaciones consentidas y, al mismo tiempo, frente al puritanismo, que sean libres y placenteras (no exentas de incertidumbres). El derecho al sexo -compartido- se sobreentiende que es relacional y, por tanto, debe ser ‘consentido’, no forzado unilateralmente o impuesto. El consentimiento, como más garantía frente a la agresión machista y con la exigencia de voluntariedad y libertad sexual, junto con mayor credibilidad para las mujeres, debe ser reforzado, no rebajado.

El consentimiento se refuerza: ¡SE ACABÓ!