lunes. 04.03.2024
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Puigdemont, en una rueda de prensa en Bruselas.

“Hay también grande distancia de fundar un reino especial y homogéneo dentro de una provincia al componer un imperio universal de diversas provincias y naciones. Allí, la uniformidad de leyes, semejanza de costumbres, una lengua y un clima, al paso que lo unen en sí, lo separan de los extraños. Los mismos mares, los montes y los ríos le son a Francia término connatural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir”

 (El político Fernando el Católico, obra de Baltasar Gracián 1640)


En estos años en que todo es un referéndum político encubierto, hay quien incluso solicita otro por escrito como si no tuviésemos ya bastante: El Sanchismo o España, Libertad o Comunismo, Amnistía o Feijóo, España o Txapote, Independencia o Españolismo y un largo etc. de disyuntivas simplificadoras, en los que las opciones se han sumergido en una espiral de banderías y emociones para que la ciudadanía se pronuncie sobre ellas en comicios plebiscitarios. Ya está bien.

¿Se acuerdan de cuando debatíamos de programas? Pues ni cuando un conocido líder, ya desaparecido, de la izquierda unida, proclamaba aquello de “programa, programa, programa” se profundizaba ni un milímetro más allá. Sobre todo porque el fondo y forma del debate estaba ya delimitado por él “Váyase Sr. González”, en cuya operación de desalojo estaba también comprometido (junto a otros) el líder de aquellos tres programas de los que nunca más se supo.

De manera que no solo estoy en contra del referéndum, exigido por los independentistas catalanes, por razones legales o de constitucionalidad que se me escapan. Ya catedráticos de Derecho Constitucional, como Don Javier Pérez Royo, nos explican estos días que lo “del 155 que nunca debió aplicarse”, como si el resto de los españoles que vivimos aquellos momentos fuésemos idiotas o no hubiésemos percibido las bravatas, intolerancias, radicalismos y retos institucionales de los independentistas catalanes, que culminaron en la ópera bufa de unos segundos proclamando la no-independencia republicana. Esa que nunca nació, porque ni estaba ni se la esperaba. Resulta curioso el que si nadie tenía la menor conciencia de cometer un delito, hay que ver cómo se las ingeniaba paralelamente para disimular (se supone que asesorado por algún abogado penalista) su personal tocata y fuga con premeditación y alevosía.

A partir de ahí comienza, como sucedió en su día con ETA, a construirse un relato de victoria en medio de una desastrosa derrota. Relato que siguiendo aquella estela abona la derecha cada día cuando se le está agotando la batería del terrorismo vasco. De manera que una supuesta posible vía de medidas de gracia en forma de perdón del estado al derrotado “procés”, trata de convertirse en una suerte de desplantes y bravatas, (previas incluso a la posible investidura del actual candidato a ella), que han marcado el periodo de vaudeville del “no candidato” de la derecha, que se presentaba en falso, para presidir un gobierno con el solo discurso programático de la amnistía o yo. Lo que provocó la respuesta de Aitor Esteban “Pues si se trata de eso… Amnistía”.

De manera que el casi permanente referéndum con preguntas simples y disyuntivas falsas, que la crispación de la derecha alejada del poder ha sumido al país desde hace cinco años, nos vuelve a plantear si las supuestas medidas de gracia, que nadie aún conoce, supondrán o no para el país el caos institucional y su ruptura territorial. O, por el contrario, puede representar una alternativa positiva a la integración territorial de España en las que conviven sí o sí tendencias diversas desde toda su historia medieval, moderna y contemporánea. Y a Don Baltasar Gracián habrá de remitirse.

No han faltado todo tipo de inventivas en los últimos meses por tirios y troyanos para “aproximarse” al asunto. Desde la presunta violación de 40 millones de españoles por la previsible medida, que aún no se conoce, hasta la desaparición de España y de su Constitución por una medida de la que aún ningún ilustre jurista experto ha aportado el dictamen correspondiente sobre su inconstitucionalidad. Sin entrar a las recientes interpretaciones varias sobre las esencias del socialismo español en formato de pensamiento único. Si Pablo Iglesias, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, Fernández de los Ríos, Largo Caballero, Juan Negrín, Rodolfo Llopis, Ramón Rubial, Nicolás Redondo Urbieta o Alfredo Pérez Rubalcaba, levantasen por ejemplo la cabeza se morirían de nuevo de risa ante ciertas afirmaciones pretenciosas sobre el “auténtico” socialismo.

¿A quién no le cuesta aceptar que los poseedores de siete votos parlamentarios puedan exigir privilegios que con otros resultados serían inasumibles? Detengámonos un momento en eso. Incluso la incontenible e incontinente lideresa madrileña ha hecho referencia a ello para deslegitimar ab initio la posible elección de Pedro Sánchez, en un alarde de demagogia infinita, por cuanto que ella fue elegida precisamente presidenta de la Comunidad de Madrid por una diferencia de tres diputados obtenidos de la suma de tres partidos 'perdedores' frente a Ángel Gabilondo, que obtuvo él solito una amplia mayoría de sufragios y que solo el hundimiento electoral de izquierda Unida impidió su investidura. Pero nadie, absolutamente nadie, puso en cuestión por ello la legitimidad de Isabel Díaz Ayuso.

Aún así ¿Qué significado profundo tienen esos 7 votos parlamentarios? ¿Solo son una representación institucional minoritaria? O, por el contrario, los millones de electores que representan, junto a los procedentes de ERC, no hacen más que reflejar la existencia de un conflicto abierto, no solo en Cataluña, sino también en toda la sociedad española sobre esta cuestión. Porque esa y no otra es la realidad de lo representado en la cámara baja del Parlamento español salida del 23-J. Y la política, si quiere considerase útil, debe de atender realidades, no ficciones de países mediáticos de parte e inexistentes.

Catorce años es demasiado tiempo para seguir marcándose en serio un farol o permanecer sine die en el país de la utopía independentista con sede en Bruselas

Algunos de los que organizan nuestros manipulados referéndums cotidianos pretenden hacernos ver la inutilidad de unas alternativas de gracia que han sido utilizadas numerosas veces en nuestra historia tanto en etapas no democráticas como en las escasas democráticas que hemos tenido también. Se dice con razón que el 78 fue una amnistía de absoluta excepcionalidad. Por supuesto, pero no deja de ser curioso que los más beneficiados de aquella medida, que fueron las derechas, por crímenes de lesa humanidad latentes aún y derivados de su sublevación contra un gobierno democrático y una constitución, además de los desmanes criminales de 40 años de dictadura, sean los más feroces críticos contra ese tipo de medida que consideran -ahora- “inconstitucional”.

No creo haber expresado ni una palabra de una jurisprudencia constitucional de cuya materia jurídica, insisto, soy lego. Pero si soy uno de los muchos que lucharon con honor por su promulgación, que la conozco y sé dé donde emana. No es otra que de la voluntad popular y de unas decisiones políticas en beneficio de la concordia y la reconciliación entre españoles, tras una guerra civil y una cruenta dictadura. Ni el 78 es ningún régimen; ni sus decisiones fueron tomadas por expertos tecnócratas en materias legales. Ni tampoco fueron decididas por politicastros como pactos de villanos. Porque fuimos nosotros, el pueblo. Sí, el pueblo español, quienes tomamos las decisiones sobre el rumbo de la nación. Y nada fue perfecto, porque Billy Wilder ya nos lo dejo así decretado.

Por tanto, y por lo aquí expresado, aborrezco estos referéndums políticos cotidianos a los que insidiosamente se nos somete y los padecemos. Solo sirven para dividir. Dejan una huella de odio e incomprensión insufrible. Solo expresan secesión y derrotas sociales y políticas. Destrozan la empatía entre la ciudadanía. Y, finalmente, no sirven para nada más que para consolidar fracasos nacionales de convivencia inasumibles. No es no. Por razones muy superiores a los ordenamientos legales como son los de interés público y nacional.

Se preguntarán a estas alturas el porqué del título de estas líneas. Es sencillo: Porque si los desplantes y exigencias de los perdedores del “procés”, representados por los diputados de Junts o ERC, se enquistasen, por razones bastante alejadas, en mi opinión, de los intereses reales de la restauración de la convivencia en Cataluña (y, desde luego, aún mucho más de los intereses de los bastantes más de mil imputados en causas judiciales, con las correspondiente responsabilidades penales y civiles subsidiarias, que hipotecan sus vidas, su patrimonio y su futuro) y frustrasen un acuerdo de ese alcance, ello tendría graves consecuencias, donde una repetición electoral sería la menor de ellas.

Porque si por unas peticiones desmedidas fuesen imposibles de atender, ni asumir, por un estado de derecho, como el español, e impidiesen la formación de un gobierno progresista, que tendiese la mano para la solución de problemas en beneficio del país, lo que tienen los independentistas por delante son unos bonitos catorce años, hasta que, de acuerdo con nuestras leyes aplicables al caso, prescriban sus delitos. Demasiado tiempo para, de verdad, poder seguir marcándose en serio un farol o permanecer sine die en el país de la utopía independentista con sede en Bruselas. Sin duda que en ese supuesto perderemos todos. Lo mismo es mejor que, precisamente por ello, todos, a ser posible, nos inspiremos en Don Baltasar Gracián y su “Arte de la Prudencia” allá por el 1647. Cosas de la historia patria.

 

Catorce años por marcarse un farol