sábado. 02.03.2024

Si ya, hasta Pedro Sánchez habla sobre la amnistía, debe ser cierto que va en serio, por lo que creo que es hora de analizar algunas cosas que se están diciendo al respecto.

Supongamos que es verdad que solo sirve para que Pedro Sánchez sea investido presidente del gobierno. En ese caso, y una vez que la mayoría de los representantes de la mayoría de los españoles ya han dicho que no quieren a Núñez Feijóo, debe significar que la mayoría de los españoles quieren a Pedro Sánchez como su presidente. No se cuanta felicidad les reportará eso, pero parece que es mejor que peor.

A no ser que se piense que los españoles lo que prefieren es repetir elecciones sucesivas hasta que una investidura no dependa de una amnistía. Esto sí que merecería un referéndum, y no solo en Cataluña, para dilucidarlo. Sería algo así como las prórrogas que hay en el deporte cuando un partido termina el empate en su tiempo reglamentario. Este problema también podría resolverse por otros métodos, como "la lista más votada", el sorteo, el orden alfabético o, incluso, el voto de calidad de alguien, pero cualquiera de estas cosas precisaría de una modificación constitucional con el consiguiente, y dilatado proceso.

Tranquilícense los contrarios a la amnistía porque, en ese caso, el Tribunal Constitucional, que para eso está, así lo declarará

Y, esto, nos lleva a otra especulación. Supongamos que es verdad que la amnistía, en cualquiera de las modalidades que se plantee, no es constitucional. Pues, tranquilícense los contrarios a ella porque, en ese caso, el Tribunal Constitucional, que para eso está, así lo declarará y, el problema, quedará resuelto.

Supongamos, a este respecto, que el Tribunal Constitucional, en su sentencia final, se divide, lo que no deja de ser muy probable. En este caso, y hasta una modificación del mismo, o de su sistema de elección, habrá que, o aceptar la sentencia, o acudir a algún organismo supranacional, sin excluir la OTAN, para que la corrija. En el futuro habría que fomentar el monolitismo de dicho Tribunal mediante el uso de la cooptación, la sucesión, la herencia o, incluso, la venta de cargos, como se hacía antes con el simonismo. 

Supongamos que es verdad que el Gobierno de España no puede depender de un fugado de la justicia. Esto, en las circunstancias actuales, parece complicado de evitar ya que, hagan lo que hagan los diputados de JUNTS, su voto decide lo que deba pasar. A no ser que se quiera decir que lo malo es que apoyen a Sánchez. No, la realidad es que su voto es tan malo, o tan bueno, en definitiva tan decisivo, voten lo que voten. En el futuro se les podría ilegalizar pero, ahora, hay que tenerlos en cuenta.

Supongamos que es verdad la necesariedad de que los amnistiados juren que no van a reincidir. Yo creo que malo no sería que lo hicieran aunque, un poco naif sí que me parece el confiar en una declaración jurada, aunque sea notarial, que nunca, nunca, el independentismo catalán va a volver a decir esta boca es mía. No hay más que recordar que el representante del nacionalismo catalán, Miquel Roca, fue uno de los padres de la Constitución de 1978 como para pensar que futuros representantes catalanes, aceptarían la actual renuncia como si fuera el undécimo mandamiento de la ley de Dios. Tan seguro estoy de que Miquel Roca sigue pensando lo que pensaba hace cuarenta y cinco años, como de que los futuros independentistas catalanes pueden proponer algún método creativo e, incluso, unilateral para crear un estado catalán. Lo que creo que no empecé el que se intente ganar unos años de tranquilidad garantizados, además, por la cifra mágica del 155.

La política es el arte de lo posible y un oficio donde, a veces, se trata de elegir entre una cosa mala y otra peor

Supongamos que es verdad que la amnistía es inmoral. Esto, cuando lo dice gente que sabe de amnistías por haber concedido alguna, debe ser verdad, aunque, como la moral no es como la madre, que solo hay una, no tengo más que añadir.

Supongamos que es verdad que Sánchez ha mentido cuando decía, hasta el 23 de julio pasado, que no era partidario de la amnistía. Podría ser, pero habría que aceptar dos cosas, una, que cuando decía eso valoraba la posibilidad de que, algún día tuviera, él, que decidir si amnistía si o amnistía no. Y dos, que, en la actualidad, Sánchez sea un apasionado de conceder amnistías a diestro y siniestro. Se podría pensar, en lugar de eso, que dado que la política es el arte de lo posible y un oficio donde, a veces, se trata de elegir entre una cosa mala y otra peor, a veces hay que supeditar los principios a la responsabilidad. Pero, para otra vez, sería conveniente que dijera algo así como "Amnistía, de entrada, no".

Y, supongamos que es verdad, como dicen Felipe González y Alfonso Guerra, entre otros, que la actuación de Pedro Sánchez no es acorde con los principios del partido que ellos colaboraron a refundar hace ya medio siglo. Bueno, esto sería más sencillo de resolver porque parece un problema que se puede encapsular dentro del mismo PSOE. Si este partido es tan democrático como ha sido siempre (y no digo que sea mucho o poco) bastará que se someta a votación, explícita y previa en un referéndum específico, o implícita y posterior en un congreso del partido, para saber quién es el disidente, es decir, quien disiente de la opinión mayoritaria.

En fin, que, al final, y ante la duda de que se conceda una amnistía inmoral, anticonstitucional, contraria a la ideología del PSOE, inútil porque no va a resolver “el problema catalán”, producto de una mentira de Sánchez y que solo va a servir para su investidura y para que Puigdemont, en las próximas elecciones catalanas, no tenga que votar en un consulado belga, no sé qué hacer.

Pero, y ahora que lo pienso, ¿Qué tenemos que hacer todos los que estamos hablando de la amnistía, antes de que, siquiera, se plantee? Pues, eso, escribir cosas como esta.

Algunas verdades sobre la amnistía