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Anoche volví a desvelarme. En esos momentos, los recuerdos fluyen como aquel viento “encañonado en tubos de carrizo de Luvina”, que escribiera Rulfo.
Mi padre solía decir que Carlos Alcaraz, padre, era un buen jugador pero que le faltaba estatura para brillar y triunfar como tenista. La familia de Carlos Alcaraz, “el del Palmar”, vivía en el segundo derecha del Paseo de las Acacias, número 11, 2D del barrio de Los Rosales. Mi familia en el 3D. Por entonces Los Rosales eran un barrio obrero fruto del desarrollismo franquista. Unas 1.400 viviendas con paseos y calles peatonales con losa y árboles. El Paseo de las Acacias tenía en medio un parterre a lo largo de su trayecto con acacias, ¿quién lo diría? En las elecciones de 2019, las nuevas urbanizaciones que rodean Los Rosales, decidieron en las urnas que la degradación del barrio, provocado por la pobreza y el abandono del Ayuntamiento de Murcia, se debía a la inmigración. En alguna ganó VOX, en otras de quedó segundo.
El dinero es el dinero y no agita banderas al viento. ¿Para qué enemistarse con una parte de la población que los idolatra como los nuevos héroes del Olimpo?
Carlos Alcaraz, padre, entrenaba en el “Tiro Pichón” de El Palmar, junto a las primeras pinadas de la Sierra de El Valle. Allí me gané en mi juventud unas pesetas trabajando en las competiciones regulares del tiro al plato. Allí se formó, dedicándole muchas horas de esfuerzo, el tenista meritorio que fue Carlos Alcaraz, padre. No sé si el ascensor social se ha averiado en España, pero lo de la familia Alcaraz, abuelos, padre e hijos, es lo más parecido al sueño americano que he vivido, tal vez junto a la brillante carrera del actual rector palmareño de la Universidad de Murcia, secretario general de la Confederación Regional de Organizaciones Empresariales de Murcia (CROEM) en diferido, José Luján, en mi entorno de juventud.
Mi padre era una persona autoritaria, de muy pocas palabras, víctima del hambre y de la educación propia de una época en la que cualquier atisbo de modernización económica, social y cultural, se truncó por aquella dictadura brutal e inhumana que ahora muchos reivindican desde el interés o el desconocimiento. Lo poco que sé de su vida, no es por él. Son retazos muy breves contados por mí madre: que hizo la mili en Barcelona donde la compaginó, cuando se le permitió, trabajando como albañil, que mi abuela materna quiso ingresarlo en la Guardia Civil, a lo que él se negó seguramente como rechazo a algún torturador que se dedicó a apalizar durante la posguerra en la huerta de Murcia más cercana a las primeras laderas de la Sierra de El Valle … Sí recuerdo su consejo, “oír, ver y callar”, un consejo seguramente habitual durante los cuarenta años de paz de “los grandes cementerios bajo la luna”, un título inmortal de Bernanos.
La vida es una mierda, ya se sabe. Mi padre no pudo llegar a ver en vida las gestas de Carlos Alcaraz, nieto. Un infarto fulminante se lo llevó en 2010, pocas semanas después de que España se declarara campeona del mundo de fútbol masculino. Pero seguro que, si viviera, lo contemplaría abonado a una plataforma digital y viendo con gozo la final del Roland Garros o del último Abierto de Estados Unidos. Siempre le molestó la ostentación gratuita del plumaje de los pavos reales sociales, pero no el sacrificio de las personas que luchan por sueños casi inalcanzables. Aquellos vecinos del segundo derecha, del número 11 del Paseo de las Acacias del barrio de Los Rosales, en El Palmar, los han alcanzado. En tiempos de descreimiento, es bueno creer, no renunciar a los sueños, brindar por el éxito del prójimo, compadecerse del fracaso y la desgracia de los parias del mundo, apoyándolos en alta mar o en la cercanía. Todo aquello que ahora es inusual, y que entonces, cuando Los Rosales era un barrio obrero con conciencia de clase, se daba por descontado.
Los dioses contemporáneos no se compadecen del sufrimiento perpetuo de muchos pueblos del mundo. Son ejemplos para imitar y no opinan sobre los hechos del mundo
No soy lo suficientemente ingenuo para no saber que deportistas como Carlos Alcaraz no condenarán nunca masacres como la de Gaza. A fin de cuentas, el dinero es el dinero y no agita banderas al viento. ¿Para qué enemistarse con una parte de la población que los idolatra como los nuevos héroes del Olimpo? La disidencia debe ser cosas de artistas, de actores y actrices, de intelectuales que no venden mucho y viven vidas anónimas en muchos casos, de la gente común que protesta en la calle o se compadece en familia y en círculos sociales reducidos. La mayoría silenciosa que detesta la violencia desatada en las costas orientales del Mediterráneo.
Los dioses contemporáneos no se compadecen del sufrimiento perpetuo de muchos pueblos del mundo. Son ejemplos para imitar y no opinan sobre los hechos del mundo. Tal vez tengan razón al desinhibirse de todo lo que supone formar parte del género humano, de sus anhelos y valores, de su destino casi siempre trágico, pero en diversos momentos de la historia la Bestia se libera de sus cadenas y asola el mundo. Entonces viene bien un Jesse Owens que destroce las teorías racistas encarnadas por el horror, el insoportable horror de la carne humana quemada.
En realidad, yo quería hablar de mi padre, e incidentalmente de la familia de Carlos Alcaraz. Pero el insomnio es traicionero. Comienzas pensando en el deporte y terminas escribiendo sobre la crueldad humana.



