sábado 27/11/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

¿Cómo hemos llegado hasta aquí otra vez?

Europa se enfrenta al mayor desafío de los últimos tiempos: La xenofobia y la aporofobia, dos caras de la misma moneda.
aporofobia foto Publico
Foto Público.

Es muy pronto para valorar lo que dicen las últimas encuestas habidas tras la victoria de Ayuso en Madrid, pero convendría aclarar las cosas un poco para saber a que nos estamos enfrentando y que es lo que se nos viene encima si no somos capaces de articular una oferta esperanzadora para quienes ya han decidido que los valores democráticos no les aportan nada.

Además de la enemiga de buena parte de los medios y de un sector recalcitrante de la judicatura, una de las claves del poco éxito de Pablo Iglesias al frente de Podemos ha sido creer que todavía existen clases sociales, no porque no existan sino porque sólo tienen conciencia de pertenencia a una de ellas los más ricos, los privilegiados, los que encabezan la involución que se aproxima. Los demás, desde las llamadas clases medias hasta los obreros, los dependientes o los repartidores andan perdidos en un mar de confusiones que les lleva en muchos casos a avistar su libertad y bienestar bajo el “manto protector” de quienes les oprimen. Esa, entre otras muchas, es la consecuencia de la globalización de la idiotez, de la banalización de la cultura, del desprecio de la fraternidad y del triunfo del egoísmo patán. 

Los valores democráticos pueden seguir resumiéndose en el lema de la revolución francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, al que habría que añadir la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Ahora pongámonos a pensar, en España, ¿a quién le importan esos valores? ¿La defensa de esos principios da o resta votos? ¿Importa más a nuestros conciudadanos la decencia y la honradez del servidor público o el grito, la descalificación y la zafiedad? ¿Más la justicia o la corrupción, la ética o la inmoralidad, el conocimiento o el rumor malintencionado? Como tantas veces se ha dicho, vivimos en un tiempo en el que la verdad no existe porque está sometida constantemente a la trituradora de medios y redes. No es que la verdad sea una e inmutable, pero es más fácil aproximarse a algo parecido viendo lo que difunden la mayoría de medios de masas empeñados en hacernos ver que lo negro es blanco y viceversa. De tal manera que podríamos diseccionar cual es el sentir mayoritario de la población analizando unos cuantos puntos que afectan a valores esencialmente democráticos y que a día de hoy restan votos, muchos votos a quienes los defienden dentro de una sociedad abatida por la incertidumbre, el miedo y la irreflexión.

No hay nada más natural, civilizado y justo que enterrar a los muertos, que quienes han perdido o perdieron a una persona en las circunstancias que fuere, sepan donde yacen sus restos. Nada más inhumano, cruel y despreciable que tener sepultadas en fosas comunes a miles de personas sin que sus familiares hayan podido llevarlas al lugar por ellos deseado. Pues bien, esta que es una cuestión de estricta y simple humanidad, de patriotismo, que los medios han convertido en actos “guerracivilistas”, “vengativos” y “sectarios”. Recuperar los cadáveres de quienes yacen en cunetas y tapias de cementerios atenta contra la concordia y la convivencia nacional, resucitando odios y tensiones ya pasadas. Tal es el grado de infección informativa, de colonización de las mentes, que la defensa de algo tan justo y necesario como eso resta votos, primero porque a mucha gente le importa un bledo, segundo porque otra mucha piensa que eso es destapar viejas heridas.

Todavía estamos a tiempo de detener la ola de neofascismo que se nos viene encima sin haber terminado de salir del franquismo, régimen dictatorial del que la mayoría de la población desconoce lo que fue

Recientemente hemos visto como muchos repartidores se han opuesto a ser considerados como trabajadores por cuenta ajena que es lo que verdaderamente son. Prefieren ir por su cuenta, robarse unos a otros la pequeña tajada, trapichear. Todo menos que se cumpla la ley y se defiendan los derechos laborales constitucionales. La hostelería, sector castigadísimo en el que trabajan cientos de miles de personas, se caracteriza por pagar muy mal a los trabajadores y por burlar casi todos los preceptos legales que garantizan sus derechos. Ni una sola huelga en los últimos diez años pese a la explotación, externalización y abusos constantes de una patronal que sabe que la unión hace la fuerza y la desunión la flaqueza. Incluso implantar los nuevos modelos para fichar y controlar el tiempo de trabajo han resultado ineficaces por la connivencia entre trabajadores y empresarios para burlarlos en una especie de nuevo ¡¡Vivan las caenas!! No, tampoco la defensa de los derechos de los trabajadores resulta rentable electoralmente porque los afectados no sienten formar parte de una  misma clase, sino como individuos que buscan quedar mejor con el patrón para prosperar aunque sea a costa de sus compañeros. 

Como se desprende del análisis de los resultados de las últimas elecciones, ni el llamado lenguaje inclusivo ni la reivindicación de los derechos de la mujer han logrado que las mujeres voten a quienes tales cosas propugnan, antes al contrario, el refuerzo del sufragio conservador femenino y masculino tanto en pueblos como en ciudades. Dar rango legal y práctico a la igualdad de derechos, gracias a la difusión extraordinaria de mensajes misóginos, es percibida por muchas personas como generadora de tensiones innecesarias y alejada de los verdaderos problemas de la sociedad. Lo mismo podríamos afirmar de la defensa de los derechos de colectivos LGTBI.

Hay cierto consenso sobre la necesidad de proteger la Naturaleza y frenar el cambio climático, ahora, siempre que no afecte a la posible creación de puestos de trabajo en tal bosque, playa o campo. Es algo muy visible en mi tierra murciana, donde todo el mundo sabe que se sobreexplotan los acuíferos, que se exige agua del Tajo -que no tiene- para regadíos de nueva planta que están dañando irreversiblemente el Mar Menor, la comarca del Arabí o los campos de Lorca, Moratalla y Caravaca y cada vez que se convoca una manifestación o una campaña en defensa del Trasvase -que se hizo para los riegos tradicionales no para crear miles y miles de hectáreas de nuevos regadíos- son secundadas masivamente por la población, repercutiendo posteriormente en el resultado de los comicios.

Qué decir de la corrupción. Hemos visto sacar en hombros a alcaldes, diputados y presidentes condenados por robar a manos llenas, por vender viviendas sociales a fondos buitre, por enriquecerse soezmente con los dineros de todos apelando al hecho diferencial y las tradiciones, por prevaricar modificando planes de ordenación urbana según las querencias de constructores y promotores, por dar órdenes para que no se asistan a los mayores en hospitales. Hemos visto lo que jamás pensaríamos ver y resulta que corromperse y corromper es triunfar.

Por último, podríamos seguir días a días pero sería tedioso, la emigración. Europa se enfrenta al mayor desafío de los últimos tiempos: La xenofobia y la aporofobia, dos caras de la misma moneda. La globalización catastróficamente dirigida ha propiciado el miedo y el odio al extranjero, al diferente, al pobre. Los valores y tradiciones que se dicen eternos de cada uno de los países y regiones de Europa se ven amenazados por la entrada de personas de otros latitudes con otras costumbres. Se las acepta para trabajar barato, pero al mismo tiempo los medios -más en un país como España en el que son casi monopolíticos ideológicamente hablando, con un fuerte olor a franquismo- los relacionan sistemáticamente con la delincuencia, el desorden, la suciedad y el desasosiego. Triunfan todos los partidos que apelan al nacionalismo, a lo que hay en España es para los españoles, a los migrantes nos roban y no se integran. Fracasan quienes quieren mediar o defienden abiertamente algo tan obvio como que son personas exactamente igual que nosotros.   

Entre tanto, a muy poca gente le importan los sueldos bochornosos que se ponen los banqueros por despedir a miles de trabajadores, ni que se haya subido el salario mínimo como nunca antes se había hecho, ni que se hayan repartido miles de millones entre trabajadores, autónomos y empresarios para paliar los terribles efectos de la pandemia, ni que muchos pasen hambre y calamidad en un país desarrollado del siglo XXI. En la incertidumbre, en el desasogiego, en el miedo importan las cuestiones primarias, techo, pan, trabajo, orden, tradición, por bárbara que sea, por daño que haga, y esto lo tiene que estudiar la izquierda, no para desistir en la defensa de los  derechos humanos, sino para ver que ha fallado, que se ha hecho mal para llegar a esta situación y, sobre todo, que se puede hacer para enmendarlo cuanto antes. No basta, ni mucho menos, con decir que vamos a situarnos a la cabeza del proceso mundial de digitalización, no, la digitalización puede causar más incertidumbre, más paro, más abuso, más explotación y malestar si no se lleva a cabo bajo reglas que la pongan al servicio de los ciudadanos, son precisos planes y decisiones que ilusionen de una vez por todas al pueblo, que atiendan a las necesidades fundamentales, que hagan sentir que los poderes públicos actúan exclusivamente para el progreso de las personas y del país en su conjunto. Todavía estamos a tiempo de detener la ola de neofascismo que se nos viene encima sin haber terminado de salir del franquismo, régimen dictatorial del que la mayoría de la población desconoce -porque no se le ha enseñado o se le ha enseñado lo opuesto- lo que fue y los inmensos daños que causó y causa a España.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí otra vez?