El fin de la historia
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El otro día, en mi sano ejercicio de flaneurismo habitual, paseaba despreocupado por la ribera del Manzanares o ‘Madrid Río’, como lo han venido en llamar los marketinianos que se han hecho con nuestras vidas.
En cierto punto del paseo, más apenado que sorprendido, comprobé cómo las máquinas derribaban el característico reloj del edificio del centro comercial de la Ermita del Santo, que tanto me atrajo social y culturalmente en los noventa. Allí, en sus entrañas, asistí a conciertos de todo tipo y pelaje e incluso empecé a interesarme por la literatura en una librería de su interior. Fukuyama fue una de mis primeras lecturas halladas en aquel entorno de descubrimiento y revelación. Como una epifanía, me iba abriendo a la vida.
Todo planificado desde la misma clase de élites egoístas que cíclicamente vuelven a tejer la madeja de la historia y se esmeran para ‘ordenar’ el escenario y seguir exprimiendo todo
No es que no supiera del destino de ese lugar, anunciado y devorado por los fondos de inversión que lo convertirán en carísimos pisos en manos de los especuladores habituales, pero no dejaba de entristecerme semejante final. Un pelotazo no sólo contra la asociación vecinal SOS Ermita del Santo y contra Ecologistas en Acción, que lucharon tan arduamente contra la especulación, sino contra todo y contra todos. Un saqueo consensuado de la memoria, propia y ajena, y lo que es peor, del futuro cultural, social y ecológico.
Otra señal del fin de los tiempos. O, por lo menos, de los tiempos en los que fuimos felices y en los que el liberalismo económico y el capitalismo más salvaje no parecían lo que realmente han sido siempre. Una buena metáfora de que a esta voracidad en la que vivimos no se le resisten ni los recuerdos.
Mientras seguía andando, no podía dejar de extrapolar y darme cuenta de que ya nada parece poder sorprendernos: lo que juzgábamos inocentemente hace poco tiempo como imposible, como producto de las distopías más enloquecidas de la ciencia ficción, hoy es realidad. Y da pavor pensar qué será lo siguiente. Todo está infectado por pensamientos -y hechos- de supremacía, de dominio, de explotación, de abuso, de clasismo, de racismo, incluso de genocidio, de injusticia social, al fin y al cabo, que han calado en el ciudadano de a pie. Todo planificado desde la misma clase de élites egoístas que cíclicamente vuelven a tejer la madeja de la historia -la del poder nunca la han dejado de ostentar- y se esmeran para ‘ordenar’ el escenario y seguir exprimiendo todo en busca de satisfacer su avaricia incontenible. Y si encuentran resistencia, usan sus altavoces para que ese mismo ciudadano medio, al que previamente han esclavizado a través de las migajas de la mera subsistencia, tome la forma de machista, explotador, abusador, maltratador o asesino. O de lo que convenga en cada momento.
Aunque nos resistamos los menos, la marea es tan fuerte que cada vez nos sentimos más inútiles, con menos poder para rebelarse ante la injusticia, pervirtiendo lo que un día creímos mecanismos democráticos y haciéndonos pensar en que la solución es precisamente la negación de la solidaridad y la igualdad. Un win-win de manual, utilizando el propio lenguaje del poder.
Sí, hay que defender lo que queda, pero lo que pasa es que cada vez queda menos que proteger: menos tiempo, menos planeta y menos derechos. Al final, tendré que darle la razón a Fukuyama cuando leía en la Ermita del Santo sus textos ciberpunk y, sobre todo, su teoría del ‘fin de la historia’. Aunque no en su concepto de ‘bienestar ideológico’, sino todo lo contrario, con el del suicidio colectivo. Preconizó el fin de las ideologías y quizá esa fue la trampa. Con esa interpretación -y con la de un jurado del premio acomodado a los tiempos como el actual- puede que por fin consiga el Nobel.
¿Dará tiempo?