martes. 23.04.2024
Fotograma de la serie ‘Antidisturbios’
Fotograma de la serie ‘Antidisturbios’

Este verano he aprovechado para ver de nuevo la excelente serie de Rodrigo Sorogoyen titulada como este artículo. Creo que pocas personas aficionadas al cine puedan discutir la maestría a la que ha llegado este cineasta capaz de urdir historias ya manidas sobre ángulos hasta ahora inéditos, poco explorados, apenas conocidos. Habría sido muy fácil realizar una serie llena de tópicos y medias verdades que probablemente hubiese tenido más éxito comercial, pero la delicadeza con la que Sorogoyen disecciona cada una de las historias que concurren en la serie sólo está al alcance de los grandes maestros.

Siempre me he preguntado que puede empujar a una persona para pedir su ingreso en una unidad de intervención puesto que no es obligatorio para un policía entrar en ella. La serie intenta explicarnos las razones de los seis miembros, desde el que ha ingresado por ardor guerrero, furor patriótico mal entendido o amor a la violencia, hasta los que sólo vieron una oportunidad de progresar económicamente hasta encontrar una salida mejor vía oposiciones o mediante amistades. En cualquier caso es un mundo tenso en el que el aire se puede cortar con una cuchilla de afeitar, personas que intentan llevar una vida de camaradería, de hermandad, viven en un proceso diario de espera que culmina con el uso de las armas reglamentarias según órdenes de sus superiores, unas veces justas, otras al servicio de intereses particulares como el que retrata la serie: El desahucio de inquilinos de larga duración para posibilitar el derribo o la rehabilitación de un edificio con miras al negocio inmobiliario dedicado al turismo. 

Siempre me he preguntado que puede empujar a una persona para pedir su ingreso en una unidad de intervención

Políticos sin escrúpulos, mandos policiales corruptos utilizan el último resorte del Estado, que es la violencia, para desalojar a personas de sus viviendas y posibilitar, con el visto bueno de las autoridades, el enriquecimiento de unos particulares a los que les importa un bledo el interés general. Es una situación que vemos a diario en los informativos, que nos rompía las entrañas hace años y a la que nos hemos acostumbrado a fuerza de costumbre, aunque no por ello deja de ser uno de los problemas más graves de los que acucian a nuestra sociedad. Una persona, una familia sin hogar, no es nadie, no es nada, sale de los circuitos de lo que llamamos normalidad vital, para instalarse en la jungla de los excluidos y, por tanto, perseguidos. Su vida deja de serlo para convertirse en la del paria, del ser humano que lo ha perdido todo y a punto está de perder lo último que le queda, la dignidad. Las fuerzas de seguridad y los mandos que las dirigen son los responsables de poner un servicio público al dictado de intereses privados, dejando en la cuneta de la vida el devenir de miles y miles de personas a las que el sistema ha decidido expulsar sin derecho a réplica.

Espero que algún día, en ese horizonte utópico al que debemos caminar como decía Eduardo Galeano, no sea preciso tener unidades de antidisturbios, personas disfrazadas de guerrero japonés cuya principal función, al fin y al cabo, es mantener el orden establecido, incluso cuando éste es responsable de injusticias que claman al cielo. Entrar en la mente de los individuos que componen esas unidades, en sus angustias, en sus vivencias, en esa soledad constante que rodea al que se dedica a realizar el trabajo sucio, es una de las más grandes virtudes de esta serie que en ningún momento se deja llevar por la demagogia y nos lanza a la cara, con toda la crudeza, una realidad que no queremos ver: En último caso, las unidades de antidisturbios son utilizadas por el poder contra los pobres y los disidentes, contra aquellos que protestan contra situaciones injustas o contra quienes viven en el filo de la navaja de la exclusión. Difícilmente será ver a un grupo de antidisturbios entrar en la Bolsa, en el Palco del Bernabeu o el Nou Camp o en el Palace a detener a un grupo de delincuentes que estén tramando operaciones fuera de la ley, difícilmente también se les ve actuar con violencia desmedida contra grupos de extrema derecha que apalean a ciudadanos o cantan himnos fascistas mientras ponen cara de trogloditas. Ya se sabe, reciben órdenes, pero a menudo hay quienes, dentro de ellos, cosa que refleja muy bien la serie, carecen de personalidad y se ensañan de forma irracional con alguien que haya proferido un grito o un insulto. Para la mayoría, pienso, debe ser un trabajo muy ingrato porque nunca puede serlo golpear o disparar pelotas de goma a ciudadanos que exigen o protestan, es entonces cuando la hermandad, la camaradería actúa para formar un círculo cerrado donde se guarden y ahoguen todas las frustraciones.

La educación es la clave para muchas cosas, entre otras para que llegue ese día en el que no sea necesario tener grupos de antidisturbios

La educación es la clave para muchas cosas, entre otras para que llegue ese día en el que no sea necesario tener grupos de antidisturbios porque la violencia en todas sus formas haya desaparecido y porque los intereses económicos de unos cuantos desalmados no sigan usando las instituciones públicas a su servicio. ¿Pero qué educación? Hablamos de ella como si fuese la piedra filosofal, el bálsamo de Fierabrás, la lámpara maravillosa, pero resulta que en los países educativamente más desarrollados del planeta como son Finlandia y Corea, en el primero gobierna la extrema derecha xenófoba y en el segundo la jornada laboral supera las doce horas. Tienen excelentes sistemas educativos, pero al servicio del capital, de la selección natural, del darwinismo aplicado a los seres humanos. Sin embargo, la educación a que me refiero está mucho más relacionada con la que impartió durante casi medio siglo la Institución Libre de Enseñanza, una educación basada en la formación humana de los alumnos y en el máximo aprovechamiento de sus capacidades personales. Mientras la educación imperante se limite a seleccionar personal para que el engranaje capitalista siga su rumbo inexorable ni se erradicará la violencia contra los pobres, ni la violencia machista, ni la violencia contra el trabajador o el que es más débil.

Se trata de romper esa inercia, de aprovechar las enseñanzas que nos ofrece una serie tan soberbia como la que estamos comentando para saber que el sistema lo utiliza todo en su provecho, es como una gran trituradora dispuesta a machacar a cuentos hombres sean necesarios para seguir funcionando. Sólo así podremos ir caminando hacia un mundo más libre y justo.

Antidisturbios