martes. 16.04.2024
Aleksandra_Kollontai_firma
Rúbrica de Alejandra Kollontay.

La política rusa, Alejandra Kollontay, supo ensamblar feminismo y marxismo. No se contentó con incluir a la mujer en la revolución; ella fue más allá. No bastaba con que la mujer se incorporase a la vida laboral, era necesario una revolución en las costumbres, en la vida cotidiana para crear una nueva relación entre los sexos. Kollontay fue la única dirigente bolchevique que supo ver los problemas de la sexualidad y opresión de la mujer. Ella apostó por la mujer nueva con la misma firmeza que Karl Marx señalaba que además de transformar las relaciones de producción: “Es también necesaria la aparición de un hombre nuevo”.

Para Kollontay el feminismo tenía su razón de ser porque era evidente que la mujer estaba, oprimida, (y todavía lo está) pero la mujer tenía que ser consciente de dicha situación. Kolontay afirma que es ella quien debe preguntarse qué ha hecho posible su miserable situación a lo largo de la historia. La mejor manera de entender los rasgos psicológicos que debían caracterizar a la mujer nueva era confrontándolos con los de la mujer del pasado. Su análisis la llevó a establecer, que la vida de la mujer ha estado presidida por los sentimientos, en un orden político, social y económico, por los que ha sido relegada a esposa del varón y madre:

“Hasta ahora el contenido fundamental de la vida de la mayoría de las heroínas se reducía a los sentimientos de amor. Si una mujer no amaba, la vida se le aparecía tan vacía como su corazón”.

Afirmaba que la dependencia emocional de la mujer chocaba con la actitud del varón, para quién el amor sólo era una parte de su vida. En esa situación histórica Kollontay veía la causa de incontables tragedias: los celos, la desconfianza, la soledad, el sacrificio de sí mismas por adaptarse al ser amado, etc. En definitiva, la mujer se definía socialmente por sus relaciones sexuales o sentimentales; sólo tienen valor las virtudes femeninas que los hombres han construidos para ellas. Kollontay encuentra cuatro tipos fundamentales de heroínas en la literatura: las encantadoras y puras jovencitas, que contraen matrimonio al final de la novela; las esposas resignadas o casadas adúlteras; las solteronas y, finalmente, las “sacerdotisas del amor”.

Kollontay afirmaba que había aparecido un nuevo tipo de heroína, 'la mujer nueva', opuesta a la mujer del pasado

Frente a estas mujeres Kollontay afirmaba que había aparecido, tanto en la vida como en la literatura femenina, un nuevo tipo de heroína, “la mujer nueva”, opuesta a la mujer del pasado, y se encontraban en todas las clases sociales. Eran aquellas que han dejado de ser un simple reflejo del varón. La finalidad de la mujer nueva no era el amor; ella quería ser protagonista de su vida:

“Se presentan a la vida con exigencias propias, heroínas que afirman su personalidad, heroínas que protestan de la servidumbre de la mujer dentro del estado, en el seno de la familia, en la sociedad, heroínas que saben luchar por sus derechos”.

Aunque la mujer nueva estaba en todas las clases sociales, Kollontay estimaba que “la transformación de la mentalidad de la mujer, su estructura interior espiritual y sentimental se realizaba primero y principalmente en las capas más profundas de la sociedad, allí donde se producía la necesaria adaptación de la obrera a las condiciones que han transformado su existencia: “Ha nacido con el ruido infernal de las máquinas de las usinas y la sirena de llamada de las fábricas”.  Afirmó que la mujer nueva de la clase burguesa era no deja un tipo accidental, que eran las obreras las llamadas a liderar el movimiento de liberación de la mujer. Kollontay señaló que las proletarias llevaban mucho tiempo incorporadas al mundo laboral cuando las burguesas comenzaron a reclamar el trabajo para ellas, sin tener en cuenta que si podían reivindicar el derecho al trabajo en profesiones liberales era gracias a que otras mujeres llevaban años sufriendo en las fábricas.

Para Kollontay, frente a Engels y la postura hegemónica del partido, no bastaba con descubrir el origen de la subordinación de la mujer al varón; había que encontrar una estrategia de liberación. Su análisis de la situación de la mujer en la sociedad capitalista abordaba tres ámbitos: el trabajo, la familia, y el mundo personal de las relaciones entre los sexos; éste último es su mayor aportación.

Alejandra Kollontay.

Consideraba que la crisis en las relaciones entre los sexos venía determinada por la existencia de una doble moral: una para los varones y otra para las mujeres. Dicha situación también es analizada por los socialistas utópicos, y por las sufragistas; esa doble moral se veía reflejada en la novela burguesa, que describía las emociones del alma femenina a través de la mirada masculina. Kollontay calificaba el problema como uno de los más importantes que dominaban la inteligencia y el corazón de la humanidad.

Kollontay fue más allá en la denuncia de la doble moral burguesa

Fue crítica con la postura hegemónica del partido, la cual sostenía que los problemas de amor eran problemas de superestructura, que se resolverían cuando cambiase la base económica de la sociedad. Mantenía que la crisis sexual era de larga trayectoria histórica y que la solución vendría cuando la humanidad fuese reeducada. Describió la crisis sexual tal y como la veían las mujeres y señalaba la dificultad que tenía la “mujer nueva” para desarrollarse en un mundo en que el varón seguía con los mismos esquemas mentales. Kollontay fue más allá en la denuncia de la doble moral burguesa:

“¿Qué gana la mujer nueva con su recién derecho a amar mientras no exista un varón nuevo capaz de comprenderla?”

Pretendía demostrar que las formas de unión de las parejas de su tiempo no servían a la segunda finalidad. Y para ello profundizó en las formas de relacionarse sexualmente hombres y mujeres, apuntando las diferencias psicológicas existentes entre el varón y la mujer: el matrimonio legal, la prostitución y la unión libre. Consideraba que el matrimonio legal estaba basado en dos principios que lo envenenaban, y que afectaban de igual forma a hombres y mujeres: la indisolubilidad del matrimonio y la idea de propiedad respecto al cónyuge.

“La indisolubilidad del matrimonio se funda en la idea contraria a toda ciencia psicológica de la invariabilidad de la psicología humana en el curso de la vida, que impide otras posibles relaciones amorosas”.

A juicio de Kollontay la situación era muy grave, ya que el amor es una fuerza creadora, que aumenta a medida que se prodiga. Por otro lado, el matrimonio legal se mostraba capaz de estrangular la relación más apasionada. La idea de propiedad, respecto al otro, llevaba consigo la opresión de la vida en común: “hasta el amor más ardiente se convierte en indiferencia”.

Kollotay consideraba que la prostitución contenía efectos psicológicos más perniciosos que el matrimonio legal. Engels había observado lo siguiente:

“Entre las mujeres, no degrada sino a las infelices que caen en sus garras y aún a éstas en un grado mucho menor de lo que suele creerse. En cambio, envilece el carácter del sexo masculino entero”.

Kollontay estaba de acuerdo con la última frase del texto, pero, a su juicio, eran todas las mujeres las que sufrían los nefastos efectos de la prostitución. El efecto de la prostitución sobre los varones era que sólo se disponen a recibir placer. La prostitución deforma la conciencia erótica del varón y abre un abismo entre las expectativas de hombres y mujeres en la relación sexual. Kollontay no sólo denunció explícitamente el desconocimiento por parte de los varones de la sexualidad femenina; acusaba también a la literatura masculina por silenciar la insatisfacción sexual de las mujeres.

Kollontay acusaba a la literatura masculina por silenciar la insatisfacción sexual de las mujeres

La unión libre surge como alternativa al matrimonio legal y, para muchos, el individualismo burgués sería la solución a la crisis del matrimonio legal. Sin embargo, Kollontay rechazó la fórmula; sostenía que estaba condenada al fracaso mientras no cambiase la psicología de los individuos.

“¿Acaso la psicología del hombre de hoy está realmente dispuesta a admitir el principio del amor libre? ¿Y los celos, que arañan incluso a los espíritus mejores? ¿Y ese sentimiento, tan hondamente enraizado, del derecho de propiedad no sólo sobre el propio cuerpo, sino también sobre el alma del compañero? ¿Y la incapacidad de inclinarse con simpatía ante una manifestación de la individualidad de la otra persona, la costumbre bien de ‘dominar’ al ser amado o bien de hacerse su esclavo? ¿Y ese sentimiento amargo, mortalmente amargo de abandono y de infinita soledad que se apodera de uno cuando el ser amado ya no os quiere y os deja?”.

Kollontay entendía el amor libre como algo más que un mero cambio en los lazos externos que unen a la pareja. Consideraba, que sin anular el derecho de propiedad que el amor burgués había establecido, los amantes no podían concebirse en una unión libre, ya que ésta se basaba en el mutuo respeto y la libertad del otro. En este punto, Kollontay se preguntaba si podían darse relaciones de dichas características. Afirmaba que la sociedad capitalista, basada en la lucha por la existencia, había fomentado una mentalidad individualista, que los seres humanos vivían aislados, cuando no enfrentados con la comunidad. La soledad moral en la que se encontraban hombres y mujeres, “lleva a aferrarse con enfermiza avidez a un ser del sexo opuesto” y a “entrar a saco en el alma del otro”. Consideraba que la idea de propiedad viciaba inevitablemente hasta la unión que se pretendía más libre.

Kollontay entendía que sólo en una sociedad basada en la solidaridad, el compañerismo y en la igualdad de los sexos, podía llevarse a buen término la unión libre. Y en este sentido afirmó que la mujer nueva estaba poniendo las bases de una auténtica revolución sexual, y también de la revolución socialista, al poner en primer plano el compañerismo y no la subordinación. Durante siglos, la cultura burguesa había fomentado en el varón hábitos de autosatisfacción y egoísmo y entre estos, el de someter el “yo” de la mujer. En ese sentido, Kollontay no se mostraba optimista; según ella, tendría que pasar mucho tiempo antes de que el hombre fuese capaz de comprender que el primer puesto en las relaciones amorosas le correspondía a la amistad y a la camaradería. El cambio sólo podrá llegar a buen término cuando las costumbres diesen un cambio sustancial, donde la socialización del trabajo doméstico y cuidado de los niños fuese un hecho asumido por hombres y mujeres.

Para Kollontay el trabajo asalariado era (y sigue siendo) condición necesaria, aunque no suficiente para la emancipación de la mujer

Para Kollontay el trabajo asalariado era (y sigue siendo) condición necesaria, aunque no suficiente para la emancipación de la mujer. En la sociedad capitalista esta condición no podrá resolverse, porque la aceptación de las crisis periódicas del capitalismo las mujeres serán las primeras en perder sus puestos de trabajo. La idea de que el varón pudiese realizar también los trabajos domésticos es muy reciente en la historia del feminismo. Kollontay sostuvo siempre que la efectiva emancipación de las mujeres no podría lograrse sin el desarrollo de un nuevo concepto de amor, basado en el amor y camaradería.      

Sostenía, de acuerdo con los marxistas de su época, que el triunfo definitivo de la reforma dependía de la reorganización radical de las relaciones socioeconómicas sobre bases comunistas, pero ella además revindicaba la lucha específica contra la ideología de la doble moral entre hombres y mujeres. Y ese era el deber de la clase obrera en la construcción de un mundo nuevo, como lo hicieron en su día la sociedad feudal y la burguesa.

“Corresponde a la humanidad trabajadora, armada del método científico del marxismo y receptora de la experiencia del pasado, comprender esto: ¿Qué lugar debe reservar la nueva humanidad al amor en las relaciones sociales? ¿Cuál debe ser, por consiguiente, el ideal amoroso que responda a los intereses de la clase que lucha por dominar tales relaciones sociales?”.

El amor puede presentarse bajo la forma de pasión, de amistad, de ternura maternal, de inclinación amorosa, de comunidad de ideas, de piedad, de admiración, de costumbre y de cuantas maneras imaginemos. La humanidad ha ido diversificando los sentimientos amorosos hasta el punto de que no parece fácil que una sola persona pueda satisfacer la rica y multiforme capacidad de amar que late en cada ser humano. Kollontay describe así la situación:

“Una mujer ama a tal hombre con toda el alma, y los pensamientos de ambos, las aspiraciones, las voluntades están en armonía; pero la fuerza de las afinidades carnales la atrae irresistiblemente hacia otro. Un hombre experimenta por tal mujer un sentimiento de ternura lleno de atenciones, de compasión colmada de solicitud, a la par que haya en otra la comprensión y el sostén para las mejores aspiraciones de su yo. ¿A cuál de ambas debe consagrar la totalidad de Eros? ¿Y por qué habría de desgarrar, de mutilar su propia alma, si la plenitud de su individualidad no se realiza sino con uno y otro lazo?”.

Para Kollontay el ideal de exclusividad en el amor se había forjado históricamente, ligado a la noción de propiedad y ello entraba en profunda contradicción con la ideología de la nueva clase y con la sociedad que se pretendía consolidar. Para ella, debía desterrarse el amor absorbente que llevaba a la pareja a aislarse de la colectividad.

La mujer nueva