sábado. 02.03.2024
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Imagen: Sindicalismo.org (*)

Con una conferencia-debate en la sede local de CCOO concluyó esta semana el ciclo conmemorativo del 150 aniversario de la revuelta obrera conocida como la revolución del petróleo y que, desde el pasado 1 de Mayo, se ha concretado en una exposición, numerosas publicaciones documentales y conferencias de cualificados historiadores, bajo la coordinación de una Comisión integrada por representantes del Ayuntamiento, del Centro de Estudios y de todos los sindicatos con presencia en la localidad, que han aportado información y análisis solventes para explicar el contexto, las causas, el desarrollo y los efectos de un estallido de furia reivindicativa que conmovió a la ciudad de Alcoy y a España entera durante el verano de 1873.

Una ciudad industrial

A mediados del siglo XIX Alcoy (en el interior montañoso de la provincia de Alicante) era ya uno de los principales núcleos de la revolución industrial en España, especializada en los sectores textil y papelero, tras un acelerado proceso de mecanización y concentración fabril que, ya en marzo de 1821, había provocado la protesta ludita de 1.200 trabajadores de la comarca que, tras quedarse sin trabajo, asaltaron la ciudad y acabaron quemando 17 máquinas de cardar recién instaladas.

La ciudad, repleta de fábricas junto al rio Serpis que la atraviesa, se parecía al Manchester que describía por aquellos años Charles Dickens en Tiempos difíciles. El humo del carbón y el polvo de la borra en suspensión, el olor penetrante de los tintes, el repiqueteo de los batanes y el ruido permanente de los telares, la humedad de las balsas papeleras…, toda una atmósfera sucia y espesa que se palpaba en las calles y penetraba en las casas estrechas, pobres y oscuras de los arrabales en que vivían los trabajadores.

Unos trabajadores que hacían jornadas de 12, 14 y hasta 16 horas diarias seis días a la semana, incluyendo mujeres y niños a partir de los 6 años que, por entonces, representaban el 34 y el 15 por cien, respectivamente, de la población ocupada de la ciudad (9.500 personas). Y lo hacían a cambio de salarios de miseria que no garantizaban los mínimos de subsistencia, con el resultado de una alimentación y condiciones de vida muy deficientes que, a menudo, provocaban grandes epidemias (cólera, sarampión, tuberculosis…), con altas tasas de mortalidad, especialmente infantil, y una esperanza media de vida de tan solo 35 años, tal y como documentarían los informes de la Comisión de Reformas Sociales.

Todo lo cual configuraba una sociedad crecientemente desigual, dividida (¡y enfrentada!) entre una burguesía rica, que hacía ostentación de su poder en grandes mansiones modernistas y un exclusivo Círculo Industrial, y un proletariado pobre y explotado que, a poca distancia, trabajaba y malvivía en condiciones precarias y al que apenas llegaban las migajas sobrantes del crecimiento económico.

Cuando se cumplía exactamente un siglo de els fets del petróleo, un excelente poeta y cantante local (Ovidi Montllor) lo explicaría muy bien en una canción que reivindicaba la memoria de aquel pasado para para proyectarla hacia el futuro:

Conscients de l’explotació
no hi haurà més solució
que aprofitar l’ocasió.
I alló que es diu, amb passió
fer valer nostra raó,
perquè..
Ja no ens alimenten molles,
ja volem el pa sencer…!

En la toma de conciencia de su explotación y la lucha de los trabajadores alcoyanos contra las migajas y la demanda del pan entero desempeñará un papel decisivo el naciente sindicalismo revolucionario. De hecho, en el primer Congreso Obrero (Barcelona, diciembre de 1868), en el que se sentaron las bases de la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) ya participó un delegado alcoyano (Agustín Valls), en representación de la Sociedad de Tejedores de Lana, y cinco años más tarde, en el III Congreso (Córdoba, enero de 1873), la delegación alcoyana fue la segunda más importante, acreditando más de 2.000 afiliados, razón por la cual la sede de la Comisión Federal de la AIT española se instalará desde entonces en la ciudad, bajo la coordinación de un joven maestro de escuela, Severino Albarracín, que junto al albañil Francisco Tomás y al fundidor Vicente Fombuena dirigirán en julio de 1873 el Comité de Salud Pública que tomará el poder local tras la insurrección violenta que provocó la caída del Ayuntamiento y la muerte de 16 personas, entre ellas el alcalde.

Aunque los hechos de aquellos días dramáticos y el propio nombre del Comité traían resonancias de la Comuna de París (marzo-mayo de 1871), en el caso alcoyano se trató de una revuelta de origen proletario y orientación anarquista, diferente de la francesa que había incorporado también demandas y colectivos de otros sectores sociales (burguesía urbana, artesanos, profesionales…) e ideológicos (republicanos, socialistas comunistas…).

Los bakuninistas en acción

Desde hacía más de tres meses, los trabajadores de las papeleras alcoyanas mantenían una huelga en demanda de aumento salarial y jornada laboral de 8 horas a la que, tras una multitudinaria asamblea de solidaridad en la plaza de toros, el 7 de julio de 1873, se adhirió la comisión Federal de la AIT, haciendo suyas las reivindicaciones planteadas y convocando a partir del día siguiente una huelga general en toda la comarca, que pronto sería seguida por más de 8.000 trabajadores.

Hacía tan sólo unos meses de la proclamación de la Iª República, presidida entonces por el federalista catalán Francesc Pi I Margall y, en el Ayuntamiento local por el liberal Agustín Albors.

Inicialmente, el nuevo régimen había despertado grandes esperanzas entre las clases populares que pronto quedaron decepcionadas al priorizar los gobernantes los cambios económicos e institucionales sobre las demandas obreras impulsadas mayoritariamente por los anarquistas que, además, parecían seguir un itinerario de creciente radicalización maximalista, como se desprende de la Circular nº 8 publicada por la Comisión Federal de la AIT:

“La República es el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores de nuestro trabajo y un desengaño completo para todos aquellos hermanos nuestros que todo lo han esperado y esperan de los gobernantes”

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Muerte del alcalde de Alcoy, Agustí Albors. (Wikipedia) Pincha para ampliar.

La negativa de los empresarios, con el apoyo del alcalde, a atender las reivindicaciones obreras tensionó aún más el conflicto: el día 9 la asamblea reunida en la Plaza del Ayuntamiento exige la dimisión de toda la corporación municipal, Albors se niega y a primera hora de la tarde dispara un tiro al aire desde el balcón ordenando la desocupación de la plaza y, desde el campanario de la Iglesia de Santa María, una treintena de guardias comienzan a disparar -ahora sí- contra la gente que, entre el pánico y la indignación, responde incendiando con petróleo los edificios circundantes y el propio Ayuntamiento, asesinando al alcalde cuyo cadáver será finalmente arrastrado por las calles.

La lucha se prolongará durante 20 horas, entre barricadas, asaltos a residencias burguesas e instituciones oficiales, secuestros e incendios…, con el balance final de 16 muertos; el alcalde, 3 internacionalistas, 8 guardias, uno de los mayores contribuyentes locales, un corredor de comercio, un recaudador de impuestos y el conserje del Club Carlista.

La ciudad permanecerá durante varios días bajo el control del Comité revolucionario presidido por Albarracín, hasta la llegada de las tropas enviadas por el Gobierno, momento en el que se iniciará una represión feroz: 717 procesados (casi el 10% de los participantes en la huelga), de los que 287 pasarían varios años de prisión, sin juicio, hasta la amnistía de 1887.

El fracaso insurreccional tuvo también graves consecuencias sociales: la venganza patronal recortó los salarios en un 20%, las condiciones de vida de los trabajadores empeoraron aún más y sus organizaciones permanecerían ilegalizadas durante mucho tiempo, mientras se ampliaba la división entre las dos grandes corrientes del movimiento obrero internacional (anarquistas y marxistas).

A finales de aquel mismo año, Friedrich Engels enviaba desde Londres cuatro largos artículos a la revista Der Volkstaat con el título genérico de Los bakuninistas en acción (pueden consultarse en la edición traducida por Manuel Sacristán y publicada en 1970 por Ariel), en los que el dirigente marxista hacía una revisión muy crítica de la insurrección alcoyana, calificando a sus responsables de aventurerismo violento y falta de capacidad estratégica por no saber aprovechar la oportunidad que representaba el gobierno de Pí i Margall para articular alianzas entre el movimiento obrero y los republicanos más progresistas,  y concluía afirmando que “…los bakuninistas nos han dado en España un ejemplo insuperable de cómo no se hace una revolución”.

Con la perspectiva que da el tiempo y las lecciones aprendidas de la historia convendremos en que Engels tenía razón respecto del cómo…, pero en cuanto al por qué de todo aquello…, son los trabajadores los que tenían razones sobradas para la protesta, y así ha quedado en la memoria colectiva de la ciudad que fue escenario de la primera huelga general de nuestro país.

Pere J. Beneyto | Presidente de la Fundación de Estudios e Iniciativas Sociolaborales (FEIS)

(*) Imagen: Sindicalismo.org

Alcoy: 150 años de la “revolución del petróleo”