jueves. 18.04.2024
11m
Imagen: CCOO

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Aquel 11 de marzo de 2004 había tomado el coche para ir a una asamblea congresual que se celebraba en Alcalá de Henares. Eran tiempos complicados en las Comisiones Obreras, embarcadas en una confrontación interna entre organizaciones que aspiraban a gobernar el sindicato en el Congreso que se avecinaba.

La de Alcalá no era una comarca fácil, ni cómoda, para quienes dirigíamos las CCOO de Madrid, que desde hace un par de años estábamos enfrentados a la dirección confederal copada por los alineados en posiciones fidalguistas. Esa mañana, en Alcalá, se avecinaba tormenta y confrontación aderezada con esa cortesía que obliga en las organizaciones a poner buena cara al mal tiempo.

La radio comenzó a dar noticias que hablaban de explosiones en los trenes de cercanías que viajaban hacia Atocha. Inmediatamente di la vuelta y me dirigí a la sede madrileña de las Comisiones Obreras, en la calle Lope de Vega, frente al Museo del Prado.

Ese día y los sucesivos vinieron marcados por una intensa actividad para echar una mano a quienes habían perdido familiares. Afiliados y afiliadas, trabajadores de las empresas madrileñas, vecinos de los barrios, que no sabían el paradero de personas cercanas.

La compañera Pilar Manjón había perdido a su hijo Daniel. Mi predecesor en la Secretaría General del sindicato en Madrid, Rodolfo Benito, había perdido a un sobrino que llevaba su nombre. Pero no sólo ellos. Las listas eran largas y muy confusas. El IFEMA se había convertido en un tanatorio improvisado, con muchos cadáveres irreconocibles. Los hospitales atendían a cientos de personas sin saber sus nombres.

Por aquellos días sólo se me me venía a la cabeza el poema de César Vallejo, Los Heraldos Negros, cuando recuerda aquellos golpes en la vida tan fuertes, como del odio de Dios, que quedan empozados en el alma para siempre,

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Fueron días de confusión, en los que sólo unas pocas organizaciones podían mantener la capacidad de responder al dolor masivo desencadenado. Hubo que organizar urgentemente la inmediata respuesta a aquel golpe y fuimos los sindicatos los encargados de asegurar el orden en el desarrollo de la manifestación, tal como lo hacíamos ante cada acto terrorista.

En este caso la presencia de numerosas autoridades, con sus respectivos servicios de seguridad, complicaba notablemente la organización, pero el día 12, pese a la lluvia que como lágrimas en cascada se desencadenó sobre Madrid, cientos de miles de personas ocuparon las calles desde Atocha a Nuevos Ministerios, desde Sol a la Puerta de Alcalá, Gran Vía, Colón, Serrano, o Goya.

Poco después se producía un cambio político, a consecuencia de las mentiras del gobierno, intentando culpabilizar a toda costa a ETA de aquellos atentados, a consecuencia del desprecio a las impresionantes movilizaciones del NO a la Guerra, por la soberbia de nuestros gobernantes cada vez que se sienten avalados por mayorías absolutas que consideran eternas, olvidando que siempre son prestadas, o como rechazo a nuestra implicación con los Estados Unidos y Gran Bretaña en la gran patraña de las armas de destrucción masiva y las acciones bélicas desencadenadas.

Desde aquel 11-M los sindicatos, la Unión de Actores, los vecinos y las víctimas hemos organizado actos de reconocimiento, memoria, recuerdo de aquellas personas que sufrieron los atentados terroristas en los trenes de cercanías.

Cada año, hemos mantenido viva su memoria frente a los intentos del Aznarismo de enfangar esos días y convertirlos en parte de una gran conspiración mundial contra sus intereses, su gobierno, su permanente ceremonia de la confusión que les ha ido situando al margen de cualquier acuerdo o pacto político que no sea el frecuentemente consumado en brazos de la ultraderecha más cavernaria y franquista.

España se ha convertido así, de nuevo, pese al intento realizado en la Transición española, en un lugar de confrontación, caos, sectarismo, discordia y mentiras generalizadas, como forma única de entender la política y hasta la convivencia. Basta ver ese desvarío de tertulianos, deformes concursantes y omniscientes opinadores, que deambulan por los programas televisivos, para entrever el despropósito en el que nos aventuramos como país.

El 11-M cambió España y los españoles aún no lo hemos digerido. Aún no hemos encontrado una vía segura y fiable para emprender un proyecto de recuperación de puntos de encuentro, momentos de diálogo y escenarios de acuerdo. Y mientras no lo hagamos, los corruptos, los sectarios y los ultras seguirán campando a sus anchas por nuestras tierras. Esa es la tarea que tenemos aún por delante veinte años después del 11-M.

11-M, hace ya 20 años