martes. 18.06.2024

Vemos en estos días cómo el temporal de viento y lluvia arrecia en las costas cantábricas provocando fenómenos insólitos, por su caprichosa presencia, belleza y fuerza, -a veces destructiva-. El mar de fondo que genera estos temporales provoca olas extraordinarias que rompen en las costas o en las playas dejando un inmenso mar de espuma nívea. El rugido marino es sobrecogedor: un estruendo capaz de ensordecer los cantos de sirenas que resuenan en estas y otras latitudes en estos tormentosos tiempos.

También el flujo de las mareas humanas, vivas, formadas en este último año ha irrumpido de manera pausada pero indignada en la sociedad española y ha trasvasado los diques de contención colectivos maltrechos por años de embustes, recortes sociales, sanitarios y de derechos que, al albur de la crisis económica, impone el capitalismo financiero y sus  poderes fácticos.

Mucho se ha escrito sobre los cambios sociales que han acontecido en estos años de democracia parlamentaria. El vigor y empeño de las asociaciones vecinales, comunitarias, o estudiantiles se adormecieron o desapareciendo, sin que las generaciones siguientes recogieran esa experiencia colectiva. Y la sociedad de consumo fue imponiéndose y modelando los intereses y demandas de los ciudadanos, que de forma paulatina se trasformaron en consumidores, en sujetos pasivos de una sociedad aletargada.

La sociedad civil fue perdiendo de forma lenta pero inexorable, visibilidad, protagonismo y experiencia comunitaria, bien porque algunas de las reivindicaciones legendarias se fueron alcanzando, bien porque los valores y prioridades se transformaron y la balanza se inclinó hacia los principios y ofertas de los mercados y la publicidad.

Los años de bonanza económica redujeron la participación social y muchos de sus órganos representativos, y en consecuencia cuando se aprecian los primeros datos e informes sobre la hecatombe económica que se avecinaba, los movimientos comunitarios estaban desarbolados ocon estructuras y formas de lucha en desuso.

Es el movimiento 15-M, en nuestra opinión, quien de forma espontánea y asamblearia, toma las calles y plazas: Sol, en Madrid, vibra. Sus participantes analizan y reflexionan de forma abierta y transparente sobre la salud de la democracia, la forma de hacer política, la responsabilidad de los bancos y empresas, la economía mundial, y otros muchos asuntos, que remueven los cimientos de esta sociedad asentada, complacida con su presente consumista.

Ríos de tinta se han escrito sobre el 15- M, sus consecuencias e influencias en el resto del estado, y del mundo, así como sobre su continuidad. Su vitalidad, su bullicioso despertar, sus ansias de libertad y de participación social han quedado grabadas en imágenes por JM Patiño, en el documental Libre te quiero, de 2012. Artículos de diversa índole y profundidad han dado cuenta de este suceso que nos conmovió y sorprendió a todos.

Esta magna experiencia creativa en nuevas formas de participación y lucha comunitaria puede vislumbrase en los orígenes de las diferentes mareas sociales que lentamente se han ido gestando en estos 3 últimos años. Estas oleadas humanas que han inundado el centro de Madrid, y teñido de color -violeta, verde, blanco, rojo o naranja- sus calles, han fecundado ese terreno baldío, yermo de vida social, que más arriba describíamos.

Las organizaciones feministas eligieron ese movimiento marino impetuoso y de gran belleza, al que denominaron marea violeta, al sentir los primeros embates de oleadas retrogradas que, desde las posiciones más conservadoras del PP y de la Jerarquía Católica, arrasaban con conquistas sociales logradas por las mujeres a mediados de los años 80, tras tanto esfuerzo y pugna. La conciencia de la pérdida, del retroceso ha propiciado alianzas y acciones conjuntas entre las distintas organizaciones, foros y asociaciones para dar una respuesta unitaria a esta agresión contra la mujer, al margen de los objetivos fundacionales de cada una de ellas y bajo su emblemático e histórico color violeta.

La marea va subiendo y la pleamar alcanzó su máximo coeficiente el uno de febrero con la llegada Madrid del “tren de la libertad”, tomado por las mujeres asturianas. Una expresión colectiva, creativa y reivindicativa secundada por muchas mujeres y algunos hombres de todo el país, y  cuya prioridad es parar la reforma de la vigente ley del aborto.

La defensa de la escuela pública y de calidad que preserve la equidad y los derechos de  alumnos, padres y profesores ha reunido en la marea verde, a todos sus protagonistas.  En Madrid, dos cursos académicos llevan estos colectivos defendiendo la enseñanza pública de las agresiones verbales,de los recortes presupuestarios que cancelan servicios necesarios y provocan despidos.

Uno de los pilares fundamentales de una sociedad democrática, progresista, está amenazado. Y muchos ciudadanos entienden que estos planes de ajuste compromete el futuro de sus hijos y de la sociedad, en la medida que saben, que la instrucción básica de los ciudadanos de un país es un derecho y  objetivo esencial de una sociedad libre.

Como conocen las mareas se suceden de forma dinámica y así, según los recortes sociales van afectando a otros servicios públicos, aparecen otros colectivos damnificados. Son los  familiares de las personas discapacitadas y dependientes los que tuvieron que organizarse para salir en trombaa la calle; ellos adoptaron en color naranja. Fue un punto de inflexión en la percepción social de lo que estaba pasando: la indignación de los ciudadanos creció. Y  se preguntaban ¿ qué estaba haciendo este gobierno para empujar a salir de sus hogaresa los familiares de los ”invisibles”,habitualmente cuidados en sus casas por sus allegados o asistidos en residencias?  Se recortaban ayudas, se privatizaban servicios, se reducía el presupuesto de la Ley de Dependencia, eso es lo que hacía este gobierno. En consecuencia los cuidados de estas personas se empobrecen y se tornan de nuevo invisibles.

La pleamar ha dejado los restos de la última marea que ha llegado a las calles de Madrid: la roja, la de la ciencia. La investigación es la savia de una sociedad que quiere crecer y avanzar, tanto da la investigación básica como la aplicada. Diversos organismos, institutos, fundaciones se han desarrollado en estos últimos años, en un intento por captar fondos y ser más ágiles en su gestión que la Administración. Al mismo tiempo, se aumentó el presupuesto destinado a la investigación clínica.

Fruto de estos cambios se crearon nuevos equipos multidisciplinares en los laboratorios e institutos de investigación como el CSIC, el CNIO,  o en las facultades de medicina, de biología y  farmacia, en los hospitales, en la atención primaria, en salud pública,  etc. que aunando sinergias  han logrado resultados sustanciales en diversos campos  y materias.

Salvo éxitos llamativos, premios internacionales o descubrimientos relevantes, la ciencia no goza de predicamento social, entre otras razones porque no hay una política divulgativa que explique al ciudadano las líneas generales de la investigación del país y sus futuras aplicaciones. En general, al trabajo de los investigadores lo cubre una espesa niebla, que oculta otros problemas y que los componentes de esta marea están esforzándose por sacar a la luz.

El presupuesto ha descendido de forma progresiva, en torno al 40% en el último año,  y muchos equipos han visto peligrar sus proyectos, sus puestos de trabajo, sus acuerdos con otros países.   Hoy los investigadores, becarios y técnicos de distintas ramas, ligados a la sanidad, forman parte de los “exiliados” que buscan amparo en otros lugares, obligados por la situación de penuria en la que se encuentran sus proyectos, sus ideas. Ahora se han hecho visibles y han denunciado la irresponsabilidad de la política del Gobierno que está dejando al país vacío de futuros pensadores.

Un 25 de mayo del 2012,creció la espuma de la marea blanca y alcanzó El Paseo del Prado, La Castellana, Alcalá, Sol, y miles de gotas blancas con rostro humano tomaron el espacio público y alzaron la voz para decir “no a la privatización de una parte de la sanidad pública de Madrid”, “no al expolio de los bienes comunes” y por tanto, no a sus consecuencias: aumento de la desigualdad social, de la inequidad. Lo reivindicativo se mezcló en perfecta simbiosis con lo lúdico en una fiesta democrática que mostraba con contundencia el enfado de los sanitarios y de los ciudadanos, frente a los planes de la Consejería de Sanidad. La concienciación de la ciudadanía sobre el valor social de la sanidad pública madrileña fue en aumento; los servicios sanitarios y sus prestaciones son un bien común que hay que defender de los expropiadores públicos. Insólita imagen de unidad y júbilo contagioso de un sector que no se ha caracterizado por su activismo unitario: una grata sorpresa para propios y extraños. Ha sido la estulticia de estos gobernantes, su prepotencia y la falsedad de sus argumentos, lo que ha indignado y agrupado a tan variados y, en ocasiones enfrentados protagonistas.    

Al igual que el oleaje marítimo la marea blanca ha mantenido ese vaivén de forma continuada durante 20 meses. En este tiempo hemos asistido a mareas vivas y a mareas muertas, según la alineación y conjunción del sol, la luna y el cansancio. Los debates y activismo  en los centros de trabajo, las manifestaciones continuadas por las calles y pueblos de la Comunidad, los encierros, las campañas divulgativas, la resonancia en los medios de comunicación, el apoyo ciudadano y el de muchos colectivos sociales, han sido exponentes del conflicto. La persistencia, la unión, la convicción de la razón, apoyada en informes y datos y, por encima de todo, la negativa a dar un paso atrás, a retroceder en derechos y conquistas previas han sido decisivas en esta importante victoria, rubricada por los tribunales de justicia de Madrid.  

Sí, se podía. Se puede, si se quiere. Lo más emocionante de esta parcial victoria blanca es ver cuanto lo han celebrado otros colectivos y una gran parte de la sociedad, que ha recuperado antiguos valores y postulados: la unión hace la fuerza.

Nos satisface que el temporal haya amainado dejando paso a esta aparente calma chicha. Las fuerzas y poderes parcialmente arrasados por las corrientes marinas, no cejarán en su empeño privatizador como fuente del negocio sanitario que pretenden. Todos los integrantes de las mareas humanas y particularmente los de la marea blanca, sabemos que hay que mantenerse unidos, a flote, preparados, propiciando estudios y trabajos que evidencien las consecuencias de los recortes, de las nefastas decisiones políticas que sin duda, además de los costes sociales, tendrá unos importantes costes económicos. 

Hoy nos sentimos más seguros, mejor organizados, con mayor confianza y empatía entre todos los participantes y, por tanto, más fuertes para resistir a la sinrazón y a la irresponsabilidad de los actuales gobernantes que pretendían hacer de la sanidad pública los pecios de su naufragio político.


Por Esther Nieto Blanco, Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública

Las mareas vivas crecen en esta época del año al igual que la participación ciudadana