domingo 9/8/20
OPINIÓN | PEDRO L. ANGOSTO

Cultivar cebada en Groenlandia

La prima de riesgo y otros instrumentos contables del capitalismo salvaje nos están obligando a dejar de hablar otras cuestiones que nos acucian, como, por ejemplo, el cambio climático que poco a poco se deja notar en todos los rincones del planeta y puede endurecer todavía más las condiciones de vida de millones de personas. Hace años, el Secretario de Estado de medio ambiente del Gobierno Blair –al que, por cierto, éste no hizo nunca el menor caso- advertía en la reunión que sobre la cuestión tuvieron los países más desarrollados y más contaminantes, que aunque ahora mismo se estabilizasen las emisiones de dióxido de carbono, de gases que producen el efecto invernadero, el recalentamiento de la tierra seguiría aumentando en progresión geométrica, pues es tal el nivel alcanzado en los últimas décadas que superaba con creces a todo lo hecho por el hombre al respecto a lo largo de la Historia. El panorama presentado por el alto funcionario inglés, David Miliband, en la cumbre de Monterrey –que no pasó de ser un canto a la luna– fue tan desolador que, como suele ocurrir cuando los ricos se reúnen, no se tomó ninguna decisión firme que pudiese afectar mínimamente a sus expectativas de enriquecimiento, ello pese a que todos los expertos coincidieron en admitir que ante el peligro que se cernía sobre la humanidad, el incumplido protocolo de Kyoto se había quedado muy corto.

El problema no es nuevo, aunque sí por la dimensión inusitada y peligrosísima que ha alcanzado gracias a un crecimiento económico insostenible e irracional  y a la destrucción brutal del medio que prosigue su andadura pese a la crisis. En su Dialéctica de la Naturaleza, publicada en 1873 –hace la friolera de 139 años–, Federico Engels escribía lo siguiente: “No nos jactemos demasiado de nuestras victorias sobre la naturaleza. Ella se termina vengando de nosotros. Ciertamente cada triunfo tiene al principio las consecuencias esperadas. Pero en segundo y tercer lugar aparecen efectos muy distintos, imprevistos, que con frecuencia destruyen las primeras consecuencias... Los pueblos que roturaban las selvas en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otros sitios estaban lejos de sospechar que de tal modo iban sentando las bases de la desolación actual en dichos países, al destruir con las selvas los centros de acumulación y conservación de la Humedad... Así los hechos nos recuerdan  a cada paso que no reinamos en absoluto sobre la naturaleza como conquistadores sobre pueblo extranjero, sino que le pertenecemos con nuestra carne, nuestra sangre, nuestro cerebro, que residimos en su seno; y que toda nuestra dominación radica nada más en la ventaja que tenemos sobre el conjunto de las otras criaturas, de conocer sus leyes, “sirviéndonos de ellas juiciosamente”.

Aunque predijo certeramente los peligros que la depredación y el crecimiento económico ilimitado auspiciado por quienes buscaban el beneficio rápido sin tener en cuenta ninguna otra cosa, Engels no pudo contemplar las respuestas que la naturaleza tiene preparadas ante los ataques insistentes que esos hombres perpetran sistemáticamente contra ella. Hoy el agujero de ozono, ya no lo es, es un socavón mayor que la Antártida; los bosques maderables –que son los que aportan el oxígeno que respiramos, la humedad y la disminución de monóxido de carbono­­– ocupan la mitad de la extensión que hace cuarenta años; en algunas zonas de Groenlandia –país de los hielos por excelencia– se ha comenzado a cultivar cebada; la temperatura media del planeta se ha incrementado en dos grados centígrados en un siglo, llueve torrencialmente donde antes lo hacía de modo constante y moderado, no llueve absolutamente nada en buena parte del planeta, los huracanes, tifones y gotas frías están variando su ámbito de actuación y las enfermedades pulmonares y dermatológicas ocupan ya el primer puesto en las listas de la Organización Mundial de la Salud.

Sin embargo, ajenos a todo, a las advertencias de los científicos y, sobre todo, a la evidencia, los dueños del mundo, los apologistas del pillaje, de la acumulación de capitales, del consumo como carácter definidor del género humano, siguen cortando árboles, continúan lanzando al mercado productos altamente contaminantes que necesitan cada vez más combustible, negándose a dar paso a otras fuentes de energía no contaminantes y a promover un desarrollo sostenible que conlleve un consumo racional: Sería, en la inmediatez, tirar piedras contra su propio tejado.

Pues bien, todo parece indicar que si los gobiernos –cada vez con menos fuerza ante las dimensiones que han tomado las grandes corporaciones– no toman medidas drásticas para disminuir rápidamente el recalentamiento del planeta, el hombre se puede enfrentar a un desastre de proporciones desconocidas hasta ahora, pero no un desastre para cuando nuestro biznietos, un desastre que si no vemos nosotros con nuestros propios ojos, verán, sin duda, nuestros hijos. Otro regalo envenenado que les dejaremos en herencia sino somos capaces de responder unidos y con todos los instrumentos a nuestro alcance. Otro mundo es posible. Luchemos por él antes de que sea demasiado tarde.

Cultivar cebada en Groenlandia
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