martes 12.11.2019

Monumento a los Caídos de Pamplona: su origen fascista

El origen, desarrollo y plasmación definitiva del monumento de “Los Caídos” de Pamplona siempre estuvo en manos de políticos fascistas.

La cripta
La cripta

Nunca consultaron a la ciudadanía. Menos todavía, a los ayuntamientos de Navarra. Fue una decisión autoritaria, vertical y endogámica total

El origen, desarrollo y plasmación definitiva del monumento a “Los Caídos” de Pamplona siempre estuvo en manos de políticos fascistas. Y de primer rango: J. Mata, alcalde de Pamplona; conde de Rodezno, vicepresidente de la Diputación y Víctor Eusa, arquitecto y miembro de la todopoderosa Junta Central Carlista de Guerra. Ellos se lo guisaron y ellos se lo comieron. Nunca consultaron a la ciudadanía, ni siquiera a la de Pamplona, menos todavía, a los ayuntamientos de Navarra. Fue una decisión autoritaria, vertical y endogámica total.

En el origen de su construcción están ellos y la sombra del golpista Mola. Tras su muerte (4.6.1937), el Ayuntamiento de Pamplona ofreció un “nicho” provisional en el Cementerio Municipal (nicho nº. 3, Pabellón Norte) en tanto se fijase un lugar en el que definitivamente quedasen “los restos mortales custodiados por Navarra como su mayor tesoro”. El Obispo, aunque se tratara de un militar perjuro, no tuvo reparo teológico en ofrecer el sancta sanctórum de la Catedral para albergar sus restos al mismo nivel sacrosanto que los de un rey o de san Saturnino.

Stolz-2Así, pues, y de forma temprana Diputación acordó erigirle un monumento (5.6.1937), pero, de momento, ahí empezaron y terminaron sus intenciones. Pasó el tiempo y sería el Ayuntamiento de la capital navarra quien le animase a retomar aquella “feliz iniciativa de construir un panteón para Mola". Pero la primera autoridad de la provincia pospuso el ofrecimiento hasta "hayan desaparecido las preocupaciones de la guerra" (20.5.1938). Lógico. El Saturno de la guerra devoraba cualquier presupuesto por muy magro que fuese.

En este tiempo del sí quiero, pero ahora no, apareció súbitamente el Colegio Oficial de Arquitectos Vasco Navarro, o lo que quedaba de él después de que la guerra arrasara contra los arquitectos leales a la República, quien propusiera la construcción definitiva del monumento. Como quiera que su oferta era totalmente gratuita, Diputación aceptó “acometer y sufragar con el esfuerzo de sus colegiados el proyecto y la dirección facultativa de las obras de un monumento conmemorativo del glorioso Alzamiento Nacional donde reposarían los restos del insigne Caudillo General Mola” (Acuerdo, 12.5.1939).

La autoridad foral costearía la construcción en los terrenos del Nuevo Ensanche, que serían cedidos, no sin reticencias, por el Ayuntamiento. Diputación proclamaría esta nueva de manera solemne: “Aceptando con la mayor complacencia los ofrecimientos formulados por el Colegio de Arquitectos Vasco Navarro, se acordó rogar al Colegio presentar las iniciativas que a su juicio estima procedentes para guardar los restos mortales del llorado General Mola y perpetuar la participación de Navarra en el Glorioso Movimiento Salvador de España” (3.5.1940).

El proyecto pasó a ser, pues, un homenaje, no solo a los golpistas, como el mulo Mola, sino a los caídos por Dios y por la Patria, bajo la advocación de “Navarra a sus Muertos en la Cruzada”. En julio de 1940, tras un homenaje a Calvo Sotelo, las autoridades visitaron la Escuela de Artes y Oficios donde contemplaron ya lo que era una maqueta del Monumento.

Ignoro si fue para incordiar o no, pero el fascista Eladio Esparza, en Diario de Navarra, propondría que fuera la iglesia de Santa María de Eunate -una construcción románica ubicada en campo libre y en el lugar donde se juntan los Caminos de Santiago de Somport y de Roncesvalles, ubicada en el Valle de Ilzarbe (Navarra)-, el definitivo “templo dedicado a nuestros gloriosos cruzados muertos en la guerra”, con estas palabras: “¿no está pidiendo que se recoja en ellos el espíritu de nuestros cruzados, los nuevos Caballeros del Templo? Es cosa de pensarlo” (24.10.1940). Al día siguiente, otro galopín del fascismo, José E. Uranga, consideró que era “una idea magnífica llevar a nuestros héroes a un lugar tan evocador y tan bello para nuestros cruzados”. Solo le faltó decir: un lugar bonito, bueno y barato.

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En 14 de febrero1941, quedaría terminado el proyecto y entregado a Diputación. La Junta de Obras del Monumento a los Héroes estaría compuesta por el Vicepresidente de la Diputación, Rodezno, el diputado foral Francisco Uranga y una representación del Ayuntamiento de Pamplona, integrada por el alcalde y un arquitecto designado por el Colegio (27. 3.1942).

A las seis de la tarde, del 21 de diciembre de 1941, hubo una reunión bajo la presidencia de Rodezno a la que asistieron los diputados Uranga y Ferrer, el alcalde interino Peralta y los arquitectos Ruiz de la Torre, Guibert y Yárnoz, “tratando los reunidos sobre la erección en el final de la Avenida de Carlos II del bello y magno Monumento a los muertos en la Gloriosa Cruzada Nacional”.

El 27 de marzo de 1942, Diputación nombraría a Víctor Eusa como arquitecto director de la obra. Una decisión que no sentó bien el Colegio de Arquitectos. De hecho, motivaría un escrito, 1 de mayo, destacando la labor realizada hasta la fecha en el citado proyecto por Yárnoz -con el que habían colaborado Eusa y Alzugaray., y que por méritos propios debería ser nombrado director. Rifirrafes no solo arquitectónicos, sino, obviamente, políticos.

FRANCO_Caidos1952No solamente eso. El alcalde de Pamplona dirigirá un oficio a Diputación para comunicarle que la obra proyectada era desproporcionada, proponiendo construir un “monumento menos suntuoso, dedicándole un espacio en una de las parroquias a construir en el II Ensanche” (25.2. 194). No coló. La normativa de construcción de estos edificios imperiales y megalómanos, cuyas cúpulas sobresalían por encima de cualquier construcción de la ciudad, venía marcado por las directrices arquitectónicas de las altas esferas fascistas.

El 15 de octubre de 1947, el acuerdo de Diputación reflejaría finalmente sus intenciones: “fiel siempre al propósito de interpretar genuinamente los sentimientos del país, acordó erigir un monumento a la memoria de los Muertos en la inolvidable Cruzada Nacional, durante la cual Navarra tanto contribuyó a la causa de la Religión y de la Patria, y cuyo proyecto ha venido teniendo realización en los pasados años en proceso muy adelantado”.

Cinco años más tarde, el dictador Franco lo corroboraría a su manera con estas palabras dictadas al parecer por el obispo de la diócesis: “Diputación ha levantado un grandioso templo: es la interpretación justa y duradera de la voluntad de todo un pueblo que no quiere apartarse jamás del difícil servicio a España y la mayor gloria de Cristo y de su Iglesia”.

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A la visa de lo expuesto, cualquiera comprenderá, menos la derecha recalcitrante pero no solo, que un monumento de esta hechura original atenta directamente contra la Ley de la Memoria Histórica que condena sin paliativos la simbología fascista.

Quienes pretenden resignificar el edificio pero manteniendo en pie su formato original o modificándolo con formalidades arquitectónicas equis y finalidades piadosas distintas para su posterior uso, están pidiendo un imposible, además de obviar la temperatura ideológica de la sociedad. Tal resignificación es una entelequia y no hay semiótico capaz de conseguir tal travestimiento semántico.

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Yámoz y Eusa, arquitectos

En cuanto a la consulta general a la ciudadanía, que pretende el Ayuntamiento de la Ciudad, es pura demagogia populista. ¿Desde cuándo el cumplimiento de una ley, en un Estado de Derecho, se ha sometido a una votación popular? La Ley de la Memoria Histórica está para cumplirla y no para marearla.

Para resignificar sin trampa ni cartón el monumento de los Caídos solo existe una manera: demolerlo, es decir, devolverlo a su primigenio ser que es polvo y nada más que polvo.

Monumento a los Caídos de Pamplona: su origen fascista