miércoles. 19.06.2024

Es curioso que dos de las sentencias más paradójicas existentes en el acervo común sigan presentes en él sin que hayan sufrido modificación alguna. Una de ellas es el “si vis pacem, para bellum” –si quieres la paz, prepara la guerra–, de Flavio Vegecio (s. IV), recogida en su libro De re militari (Compendio de técnica militar, Cátedra), aunque expresada de modo diferente.

La segunda: “Quien olvida su historia, está condenado a repetirla”, del filósofo Jorge Ruiz de Santayana (1863-1952).

La primera, además de paradójica, es estúpida. Quizás por eso, la mayoría de los dirigentes del mundo la han puesto en práctica, mucho antes de que la expresara Vegecio. Se podrá dar mil vueltas a la frase, consiguiendo lo que otro refrán escatológico asegura que ocurrirá al hacerlo: “Cuanto más revuelves la mierda, peor huele”. Pues eso. La guerra y la paz son dos términos que se repelen. Por eso, “enviar armas para la paz”, además de ser una contradicción, es una aporía, una puerta sin salida. 

La guerra y la paz son dos términos que se repelen. Por eso, “enviar armas para la paz”, además de ser una contradicción, es una aporía, una puerta sin salida

Así que mejor sería que los gobernantes no presumieran de pacifistas, porque vaciarán las arcas de los presupuestos generales del Estado gastándolos en tanques, cohetes y misiles y no en la salud de la ciudadanía. Para colmo en estas guerras son los demás quienes se matan entre sí. Lamentablemente, la soberanía popular no decide las guerras, sino quienes negocian con ellas. ¿Qué pasaría si en una guerra solo se matasen quienes las declaran? Que no las habría. Y adiós al negocio de las armas, uno de los más corruptos del mundo.

Si la manera de conseguir la paz es prepararse para matar a quienes ni conocemos, ni nos han hecho ningún mal, nadie debería empuñar un fusil. Y si la guerra es la justificación cínica de que este modo de matar respeta la legalidad universal por tratarse de una “guerra justa”, significa que hemos vuelto a las Cruzadas. Solo falta decir que “Dios lo quiere así”. 

Ninguna paz concebida en el vientre saturnal de una guerra merece tal nombre. Y no serán los Putin, ni los Zelenski, ni los Jens Stoltebberg, ni los Borrell, ni la OTAN, ni su perro guardián, EE.UU., los que traigan una paz perpetua. La paz es una exigencia ética y nada tiene que ver con una legalidad asentada sobre unas bases radicalmente incompatibles con esa razón ética. 

No serán los Putin, ni los Zelenski, ni los Jens Stoltebberg, ni los Borrell, ni la OTAN, ni su perro guardián, EE.UU., los que traigan una paz perpetua

La segunda frase no produce el efecto curativo que se le reputa. Hay seres humanos que se dedican a recordar los males del pasado, no para evitarlos en el presente, sino para repetirlos. ¿Existe algún Estado cuya gloria patriótica no se haya erigido pisando el pavimento formado por los huesos de miles de muertos? 

¿Recordar el pasado para no repetirlo? ¿Ha servido de algo a quienes lo estudiaron en la escuela y ahora dirigen este mundo? No lo parece. Aceptaron lo que ya maldecía John Locke (1632-1704) en sus Pensamientos sobre la educación: “Todo lo que se les enseña de historia a los niños, no consiste sino en narraciones de batallas y de matanzas. El honor y la gloria que se concede a los conquistadores -que no son en su mayor parte sino grandes carniceros de la humanidad-, acaban de extraviar el espíritu de los jóvenes, y llegan a considerar el arte de matar a los hombres como laudable ocupación de la humanidad y de la más heroica de las virtudes”?

En las escuelas e institutos de hoy, mientras los libros de historia siguen consagrando esa visión de Locke, otro profesorado, paradójicamente, se dedica a educar en valores cívicos para la paz. Ante lo que cabría preguntarse: ¿merece la pena este aprendizaje cuando los políticos se lo cargan en un plisplas?

En las guerras antiguas, los soldados se mataban de uno en uno. Ahora, lo hacen de mil en mil sin verse las caras. No solo. Junto con ellos, mueren niños, mujeres y ancianos, o los deportan, mientras dejan en ruinas sus casas, escuelas y hospitales. En Afganistán, al intento de un dron para matar un talibán, los estadounidenses destripaban a 29 personas inocentes, mujeres y niños.

El léxico militar sigue llamando a estos crímenes con el eufemismo de “efectos colaterales”. Hay que tener cuajo. 

La jurisprudencia universal debería tomar cartas en este asunto, porque afecta al considerado justamente como genocidio o “crímenes contra la humanidad” y de los que los líderes mundiales son responsables directos aunque no reconozcan tales masacres como efecto directo de la guerra. Lo que colma con creces cualquier cinismo al uso.

Siguen utilizando la misma verborrea estomagante de que la paz llegará con más tanques y más aviones, más bombas y más misiles

Esta justicia universal no puede permitir que miles de niños, de ancianos y de mujeres, completamente ajenos al origen y devenir de una guerra, sean sus víctimas inocentes. Solo por este detalle cualquier guerra debería tener la consideración de genocidio y, por tanto, sus responsables la consideración de criminales de guerra. Ninguno de los dirigentes políticos que han hecho posible la invasión y esta guerra, como tantas otras que mantienen actualmente, pueden, ni deberían, salir de ellas indemnes. Ni como héroes, ni como villanos. Son peste. 

¿No es hora de que los Tribunales de Justicia actúen de forma coordinada contra estos crímenes y consideren a sus “responsables” como personas non gratas vayan donde vayan y declararlos inútiles totales para el ejercicio de la política?

La ciudadanía está más que harta de unos impresentables dirigentes de los que, como decía Tácito, “crean un desierto y lo llaman paz”. ¿Cómo llamar paz a una guerra que contempla en su haber miles de niños, de ancianos y de mujeres muertos?

Que los líderes mundiales hayan mostrado una incapacidad absoluta para evitar la guerra por medios diplomáticos, entraba dentro lo posible, pues siguen utilizando el mismo modelo decimonónico de solucionar los conflictos geopolíticos. Que sigan utilizando la misma verborrea estomagante de que la paz llegará con más tanques y más aviones, más bombas y más misiles, también, lo sabíamos. Pero que sigan manteniendo la consideración de las víctimas inocentes como un mal inevitable y necesario, como gajes de la guerra, solo confirma, una vez más, el dictum final de Harold Pinter: son “criminales de guerra”. 


Víctor Moreno, José Ramón Urtasun, Jesús Arbizu, Carolina Martínez, Clemente Bernad, Pablo Ibáñez, Carlos Martínez, Txema Aranaz, del Ateneo Basilio Lacort

'Si vis pacem…'