viernes. 12.04.2024

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El presidente ruso, Vladímir Putin, presume de su condición de abstemio, sabedor de que el vodka es uno de los corrosivos sociales más devastadores de su pueblo, desde tiempos inmemoriales. Pero su celebrado autocontrol no le ha librado de la resaca. Política, se entiende.

El reciente banquete electoral se resolvió en un atracón del 87% de votos, cocinados con ingredientes propios de la política autoritaria (eliminación de los oponentes serios, información limitada a los medios sumisos, persecución de los díscolos, ausencia de controles técnicos, etc.). 

Aún estaba Putin digiriendo este éxito conformado a conveniencia, cuando le asaltó una inesperada resaca, en forma de sobresalto terrorista. El ataque de cuatro militantes islamistas contra un salón de conciertos en las afueras de Moscú le amargaron la victoria (1)

Los comentaristas occidentales más obsesionados con el Presidente ruso (los que ven él la personificación de las amenazas a la democracia en todo el mundo) frotaron plumas y teclados para interpretar la carnicería (139 muertos, hasta la fecha) como una “humillación” para el autócrata del Kremlin (2).

Putin tratará de superar la resaca terrorista cuanto antes, si es posible, haciendo virtud de la necesidad

Parte de razón tienen. Los jaleados servicios de seguridad, la joya de la corona del régimen actual, no supieron prever lo ocurrido. Y lo que es peor, en un ejercicio de torpe arrogancia, el propio Putin desdeñó las advertencias americanas sobre un algo riesgo de ataque terrorista inminente. “Se trata de un intento de atemorizar y desestabilizar a nuestra sociedad”, dijo.

El FSB (La Oficina de Seguridad federal rusa) sigue la senda de fracasos de otros servicios occidentales. El FBI, la CIA y otras agencias se tragaron en su día el 11-S. Lo mismo cabe decir de los servicios europeos en el ciclo de atentados islamistas posteriores.

UNA PROLONGADA ANIMOSIDAD

La matanza del Crocus City Hall es una muesca más en la cadena de “humillaciones” sufridas por el agente-presidentePutin desde su ascenso al Kremlin, tras al asalto al teatro Dubravka de Moscú (2002), la toma de una escuela en la ciudad osetia de Beslán (2004), la bomba colocada en un mercado en la misma Osetia (2010) y otros atentados en lugares públicos. 

Irónicamente, Putin edificó su “prestigio” político mediante la represión brutal y sin límites de la resistencia chechena, dominada por una facción extremista y terrorista, que había conseguido poner en jaque al estado ruso en descomposición bajo el liderazgo fallido de Boris Yeltsin. En Occidente asimilaron con relativa normalidad la aniquilación de Grozni en 2000 y la represión subsiguiente de los rescoldos terroristas chechenos. 

Ha insinuado que la autoría intelectual de la matanza del salón de conciertos apunta a los “neonazis de Kiev”, para justificar la prolongación de la guerra a cualquier precio

La fiebre antiterrorista desencadenada después del 11-S avaló a Putin como un visionario de la mano dura. Por aquellos años del arranque de siglo, en Washington celebraban al flamante Presidente ruso como un aliado en la lucha estratégica contra la nueva amenaza global. Nadie supo o quiso ver el huevo en el nido de la serpiente. Y mucho menos cuando Putin facilitó a Washington la utilización de bases militares de sus regímenes aliados en Asia Central para desplegar la gran venganza contra Al Qaeda y sus protectores talibanes en Afganistán

En la década de los ochenta, Rusia (entonces, la URSS) era el enemigo de la guerra fría al que se tenía la oportunidad de desgastar sin piedad en un encerrado país asiático, mediante la financiación, el adiestramiento y el armamento de grupos islamistas radicales absolutamente contrarios al orden liberal. Veinte años después, la nueva Rusia, en la que ya había fracasado el experimento capitalista occidental, se contemplaba como un socio inesperado en la publicitada “guerra contra el terror”.

Putin pagaría un alto precio por la sangría chechena, que se vio obligada a extender a otras repúblicas con fuerte población musulmana en las regiones del Cáucaso. El extremismo islamista lo puso en la misma lista negra en la que figuraba el “Gran Satán” norteamericano.

Cuando estallaron las guerras derivadas de la mal llamada “primavera árabe”, en la segunda década del presente siglo, Putin acudió en defensa del histórico aliado de Rusia en la región: la Siria de la familia Assad. El régimen de Damasco se deshacía por la presión del ISIS, los grupos residuales de Al Qaeda, los grupos armados y financiados por Occidente y la revuelta kurda en el norte. Rusia salvó a Assad, pero sobre todo conservó sus posiciones militares avanzadas en el Mediterráneo oriental, aunque fuera a costa de arriesgar su difícil equilibrio con Turquía, convertida en enemigo acérrimo del régimen sirio. La brutalidad con la que Putin liquidó o contribuyó a liquidar a los distintos grupos armados islamistas en Siria reforzó la animosidad que pesaba sobre él desde la guerra en Chechenia

Ese odio acumulado ha emergido ahora, en el momento de mayor exaltación del poder de Putin, cuando Rusia trata a duras penas de consolidar una ventaja militar en Ucrania. Los cuatro militantes presuntamente autores del atentado del Crocus City Hall son originarios de Tayikistán (república fronteriza con Afganistán). Pertenecen a una rama local del ISIS denominada Khorasán o Jorasán (según la grafía que se utilice), una zona geográfica que, en el imaginario yihadista abarca parte de Afganistán, Irán y otros países del Asia Central. Este grupo, ISIS-K o ISIS-J, es enemigo acérrimo de los talibán, por razones doctrinarias y tácticas; también por la cooperación oportunista que mantiene Moscú con el régimen de los estudiantes coránicos de Kabul (3).

Antes de que aparecieran en público los yihadistas, Andrei Soldatov, uno de los mayores especialistas en los aparatos de seguridad rusos, predecía un “endurecimiento” del régimen para conjurar cualquier impresión de debilidad

En realidad, la hostilidad de estos yihadistas hacia Rusia se ha mantenido durante todos estos años, aunque sus operaciones hayan sido más bien modestas. El atentado del 22 de marzo supone un salto cuantitativo y cualitativo en su desafío al Kremlin.

LA PISTA UCRANIANA

Pero la deriva que más ha interesado ha sido el intento de Putin de vincular a los autores de la matanza con su rival del momento, Ucrania. Los cuatro militantes fueron detenidos en la región occidental rusa de Bryansk, según fuentes oficiales rusas, “cuando trataban de cruzar a Ucrania”. “¿Quién les esperaba allí?”, se preguntó el Presidente ruso cuando, después de dos días de silencio, compareció ante el país (4).

Ucrania ha negado rotundamente relación alguna con los hechos y ha acusado a Putin de tratar de engañar y confundir a la opinión pública mundial. Los servicios de inteligencia occidentales también han desautorizado las insinuaciones de Putin como una burda maniobra de propaganda. 

Pero lo que más le interesa a Putin es evitar que la confianza de sus ciudadanos en la fortaleza y solidez de su régimen sufra merma alguna. Prueba brutal de ello es hacer ostensible el castigo infligido a los presuntos autores del atentado, en su presentación ante el tribunal: tumefactos, apalizados, con evidentes señales de tortura en sus cuerpos y alguno en silla de ruedas. Para no dejar resquicio a las dudas, se han filtrado las sesiones de interrogatorio con las lindezas a que fueron sometidos los miembros del comando. Algo insólito para cualquier aparato represivo en el mundo. Las torturas, los abusos, por principio, se esconden y se niegan, o cuando no hay más remedio, se admiten como conductas particular. Moscú ha optado por otra vía, la de la intimidación brutal, con un mensaje claro: así tratamos o esto les espera a quienes se atrevan a desafiar al Estado ruso.

Antes de que aparecieran en público los yihadistas, Andrei Soldatov, uno de los mayores especialistas en los aparatos de seguridad rusos, predecía un “endurecimiento” del régimen para conjurar cualquier impresión de debilidad o inseguridad del Estado (5).

Putin tratará de superar la resaca terrorista cuanto antes, si es posible, haciendo virtud de la necesidad. De momento, ha insinuado que la autoría intelectual de la matanza del salón de conciertos apunta a los “neonazis de Kiev”, para justificar la prolongación de la guerra a cualquier precio y conjurar el mínimo riesgo de crítica o de cansancio. Hasta que circunstancias adversas, de producirse, lo obliguen a construir un discurso diferente.


NOTAS

(1) “Près de Moscou, un attentat lors d’un concert fait plus de cent morts”. LE MONDE, 23 de marzo.
(2) “Russia’s tragedy, Putin humiliation”. THOMAS NICHOLS. THE ATLANTIC, 26 de marzo.
(3) “What is the Islamic State Khorasan Province? THE ECONOMIST, 25 de marzo.
(4) “Putin says ‘radical islamists’ attacked concert hall, suggests link to Ukraine”. MARIA ILYUSHYNA. THE WASHINGTON POST, 25 de marzo.
(5) “Putin will be ruthless after the Moscow attack, but Russians don’t trust him to keep them safe”. ANDREI SOLDATOV. THE OBSERVER, 24 de marzo.

La resaca de Putin