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sábado. 25.06.2022

En Europa, como en la mayoría del planeta, se extiende la sensación general de desgobierno entre los sectores organizados de la sociedad; incluso sus elites más ilustradas son incapaces de asimilar lo que está ocurriendo. Las soluciones a las crisis de 2008 en Wall Street y de 2010 en Frankfurt volvieron a colocar el dólar en el epicentro del capitalismo, dando impulso a la presidencia de EEUU para recuperar el cetro imperial. Pero tampoco lo tiene fácil. Su hegemonía se apoya en el dólar y el poder militar, pero solo si se identifica en occidente la democracia con lo liberal, podrán volver a liderar, porque no significa lo mismo el estado para un ciudadano europeo y de EE. UU. La correlación de fuerzas entre naciones-estado, marco global de la correlación de fuerzas entre las clases sociales globales, y de cada estado particular, está marcada por la incapacidad del imperio estadounidense para sostener Asia central; el ascenso de China y la India, manifestado en un nacionalismo cada vez más agresivo y peligroso, y el intento de Rusia por detener su propia decadencia. A favor de Washington, juega su enorme arsenal militar, la extensión del despliegue de su ejército y la ansiedad de los europeos por refugiarse bajo su paraguas nuclear, en tanto deciden lo que desean ser.

El mundo de cooperación y multipolar, inaugurado hace solo una década, ya es irreconocible. Pero las recetas de los principales actores solo alcanzan a imaginar una vuelta al siglo XX. Huyendo de la melancolía de Afganistán, EEUU quiere restaurar la guerra fría, para revivir la emoción de 1989; con ellos se alinea Europa, que desea reforzar la OTAN para no tener que pensar como un actor principal, y menos asumir que, para la mayoría de los habitantes del planeta, nuestro estado del bienestar representa el futuro deseado. Rusia sueña con la URSS, cuando no con el zarismo, e invade a sus vecinos. La India parece que quiera asesinar otra vez a Gandhi, recupera las castas y alimenta un nacionalismo anti musulmán. China, asustada de su propio éxito, se sabe amenazada y retrocede al mandarinato, fortaleciendo los rasgos autoritarios de su modelo productivo. 

La derrota de Rusia puede suponer un revival de la del Imperio Turco, acelerada en el tiempo y en la codicia oligopolista por apropiarse de riquezas ajenas, algo como la era Yeltsin, mucho más destructiva

Los dirigentes chinos saben que no existe gobierno real sin moneda, y, también, que una moneda no es sólida sin un sistema financiero estatal. Por ello, durante la década 2000, los dirigentes de Pekín trataron de empujar a Europa a asumir el liderazgo monetario; pero el intento fracasó en 2010, cuando el BCE cedió ante el nacionalismo alemán. Buscaban seguridad y continuidad para sus transacciones en el mercado global, del cual la economía china depende. Dependencia claramente visualizada con los movimientos del gobierno norteamericano contra el 5G y los sistemas chinos de telecomunicación. Durante años, China ha intentado protegerse acumulando la mayor cartera global de deuda en dólares. Pero chocan con poder de la Reserva Federal. Gracias a ella, EE UU es el único estado que puede prestarse a si mismo, y así perpetuar sus deudas con el resto del mundo. Tras el fracaso de su intento de empujar el euro, sabe que la vuelta del poder a Washington significará el inicio de la guerra fría.

Porque, a los gobernantes europeos, por ahora, no les interesa cambiar las reglas; pues, no existen instituciones en el continente, ni gobierno capaz de asumir responsabilidades políticas, militares o morales con la paz y la supervivencia del planeta. Sin embargo, el destino inevitable de la UE, si quiere ser Unión Europea, obliga a la Comisión a tomar iniciativas de calado global, cada vez con más frecuencia, como la conferencia de Paris y los diferentes acuerdos para cumplir las recomendaciones del Panel de la ONU sobre el clima. Si Europa no avanza en la unidad, para alcanzar peso en los acuerdos globales; el aumento de los conflictos, cada vez más peligrosos, multiplicarán la ingobernabilidad global y del continente, enfriando los sentimientos europeístas de los ciudadanos y, con ellos, de la Unión, porque un estado confederal de 500 millones de habitantes y el PIB por habitante más alto del planeta, solo puede subsistir liderando el futuro de todos. 

Lo más preocupante de la situación es que aún puede ir a peor. Una paz en Ucrania sin vencedor es impensable; China no ha descubierto aún sus cartas, pero no podemos descartar que no tenga bazas para esta guerra; EE UU cree tener la ocasión de oro para recuperar el cetro, pero el futuro, claramente, no es suyo, porque la sociedad norteamericana ha perdido, hace tiempo, la sensación de vivir en el país de las oportunidades, y sin un gran impulso popular no puede un país alzarse con la corona global imperial. El triunfo de Rusia nos puede llevar a un futuro donde las preocupaciones principales, cambio climático, desigualdad, desarrollo global y lucha contra el hambre, sean sustituidas por el ascenso del nacionalismo y la paranoia del rearme. La derrota de Rusia puede suponer un revival de la del Imperio Turco, acelerada en el tiempo y en la codicia oligopolista por apropiarse de riquezas ajenas, algo como la era Yeltsin, mucho más destructiva. Porque nadie podrá confiar en la unidad del inmenso territorio hoy en día dominado desde Moscú. Europa no quiere asumir el liderazgo, o, mejor dicho, aún tiene que superar muchas grietas nacionalistas para hacerlo, empezando por la ausencia de un sistema de seguridad solido bajo el gobierno de los propios europeos. Además, sin poner de su lado a otras potencias interesadas en la multipolaridad no puede hacerlo, y los movimientos de Finlandia y Suecia nos alejan cada día más de conseguirlo. A pesar de los optimistas, que ven solo los titulares del Telediario, el momento es muy peligroso.

OTAN ampliada, el momento más peligroso