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jueves. 18.08.2022
El doctor Alberto Crescenti

Entre corridas y sirenas nocturnas, porque según él, las cosas más terribles siempre pasan de noche, el doctor Alberto Crescenti intenta extender el ciclo de vida de muchos que parecen perderla.

Bartolomé Mitre 3066, barrio de Balvanera, Ciudad de Buenos Aires. Apenas pasadas las dos de la mañana y el ambiente comienza a poblarse, los accesos se encuentran abiertos de par en par. Dos hombres fornidos se convierten en filtros, pero la oleada de personas parece no detener su marcha, solo restan 168 horas para que todo comience a arder.

Jueves 30 de diciembre de 2004, son las 11 de la noche y 42 ambulancias llegan al lugar, el incendio de la República de Cromañón podía verse desde varios kilómetros de distancia. 

Esto no está ocurriendo -pensó Crescenti mientras revisaba el pulso de una niña que no debía tener más de quince años-. El humo había comenzado a disiparse y los cuerpos parecían emerger desde las sombras, no se podían ver las ventanas, pareciera como si nunca hubiesen existido.

El doctor lideró los operativos de asistencia médica tras los atentados contra la AMIA, la Tragedia de Lapa, la Tragedia de Once, el choque de trenes en Castelar y el incendio y derrumbe de la sede de Iron Mountain en Barracas

Corrió como pudo lo poco que quedaba de las maderas de la barra, un panorama dantesco, zapatillas por doquier y cuerpos amontonados y superpuestos detrás de la puerta principal. La mayoría de ellos con evidencias de inhalación de monóxido de carbono y ácido cianhídrico. En el afán de escapar comenzaron a pisarse entre ellos, en algunos cuerpos podían verse sesgos de compresión torácico-abdominal, rostros de niños que reflejaban la peor de las sorpresas, con sus ojos abiertos contemplando su propio final.

El rugir de las llamas intentaba cortar el sonido de las sirenas que llegaban desde fuera, el olor a cable quemado era hediondo, los charcos de orina producto del miedo estaban diseminados ecuánimemente por toda la superficie del lugar, o por lo menos, de lo que quedaba de él.

Una página aparte en su carta vital fue aquella tarde del 17 de marzo de 1992, cuando le tocó liderar al grupo de socorristas en la Embajada Israelí. Luego del atentado terrorista que dejó un saldo de 29 muertos y 242 heridos, Crescenti guarda en sus retinas imágenes que difícilmente desaparezcan. Una explosión terrible que dejó un panorama aterrador, al llegar al lugar no lograba diferenciar la calle 9 de Julio de Suipacha. La carita de los 40 niños del jardín de infantes que se encontraba a escasos metros de un escenario de posguerra, cuerpos volando por doquier, vidrios y más explosiones; y una monja pendiendo de la viga de lo que parecía ser un segundo piso.

El 2020 demarcó la cancha en la República Argentina, todo lo conocido hasta entonces comenzó un proceso de metamorfosis que puso sobre el tablero la figura de Crescenti como director del Sistema de Atención Médica de Emergencia de la Ciudad de Buenos Aires, uno de los tantos héroes entre las tumbas de una pandemia que hizo del año pasado un mal recuerdo.

El doctor de 67 años también lideró los operativos de asistencia médica tras los atentados contra la AMIA (1994), la Tragedia de Lapa (1999), la Tragedia de Once (2012), el choque de trenes en Castelar (2013) y el incendio y derrumbe de la sede de Iron Mountain en Barracas (2014). La vocación de servir en momentos de tensión ha marcado su vida, cada vez que hay una emergencia de magnitud en la ciudad, él es una de las primeras personas en llegar.

Profesor de la cátedra de Emergentología de la Facultad de Medicina pone el cuerpo en la ardua batalla de la asistencia y el traslado de los contagiados y en la evacuación de los asilos de ancianos. En el 2015 recibió el Doctorado Honoris Causa por intermedio de la Universidad Argentina de la Empresa y en el 2018 la Fundación Konex le entregó el Diploma al Mérito en el rubro Administradores Públicos, por su trayectoria en la década. En agosto del año pasado fue distinguido como Personalidad Destacada por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A los 10 años jugaba y corría junto a sus primos dentro del consultorio de su tío, el doctor Ernesto Crescenti, allí supo que las emergencias serían su vida, que la gente y su dolor se convertirían en moneda corriente.

Sus conocimientos traspasan las fronteras, el Gobierno charrúa bajo la figura de su presidente Luis Lacalle Pou pidió su colaboración para la creación del SAME aéreo uruguayo. La noche parece cubrir el cielo, la luna intenta esconderse tras una larga jornada que no quiere terminar de ser, las trincheras donde los médicos suelen descansar se han pausado, pero no por mucho tiempo. 

El compromiso y la profesión de un doctor que deja huellas aún en aquellos que se niegan a caminar, ya no importan los gobiernos y mucho menos sus banderas. José Martí dijo que hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida, la primera era plantar un árbol, la segunda se refería a tener un hijo y la tercera traía en sí la labor de escribir un libro. La existencia de Alberto Crescenti y de tantos otros médicos amplía el espectro de este enunciado del poeta cubano, una persona convencida de ser diferente se encarga de asegurar que un individuo tenga el tiempo necesario para poder cumplir con esas premisas.

A mediados del año pasado ocurrió un evento que hizo de la muerte una bala que pasó muy cerca de su vida, la explosión de una perfumería en Avenida Corrientes al 5200. "Con el personal nuestro y mi chofer, volvimos a nacer. La segunda explosión fue algo imprevisto, una deflagración muy potente”, contó Crescenti a los medios apenas pasaron algunas horas de la trágica explosión. "Acuérdense de lo que fue Iron Mountain, que estuvimos cerca", dijo. 

Por efímeros instantes logra descansar su cabeza sobre un incómodo cojín de una fría camilla, las luces citadinas opacan su resplandor, el bullicio en derredor se disfraza de silencio, la cálida habitación se convierte en un shock room que espera más visitantes.

La indiferencia que puebla a la sociedad toda no lo logra contagiar, los enfrentamientos, la represión policial, los sueldos paupérrimos que reciben tanto él como sus compañeros, el menosprecio del estado, cada uno de estos reveses parecen no hacer mella en su humanidad.

¿Qué pasa por la cabeza de un accidentado cuando escucha la sirena de la ambulancia acercarse? Lisa y llanamente intenta aferrarse con las pocas fuerzas que le quedan, es la esperanza que alguien viene por él. Es como una leve brisa que se convierte en un devastador ciclón, un viento feroz que dice que la muerte hoy no es una opción.

El infructuoso intento de torcer el brazo de la providencia, el coordinar la asistencia a las víctimas en un intento por ganarle al tiempo. De muy niño siempre escuchaba a su tío (figura paterna luego de la muerte de su padre debido a una insuficiencia renal) decir que nunca había que dar por muerto a nadie, y en eso se focalizó desde entonces.

La muerte no es una opción