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jueves. 18.08.2022
jose luis cabezas
 

La madrugada del 25 de enero de 1997, esposado en el volante de su automóvil y con dos disparos, el cuerpo del reportero gráfico José Luis Cabezas apareció calcinado en una cava de Pinamar, una ciudad veraniega de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina.

Sobre finales del mes pasado se cumplieron dos décadas y media del asesinato más atroz de los últimos tiempos, un asesinato que excede las fronteras y que tiene cada bandera y cada país en luto permanente desde entonces.

Es menester entender que independientemente del día, el ataque hacia la libertad nos persigue todos los días del año desde que la mano de muerte se llevó la vida de José Luis.

La debilidad del estado de derecho se ha convertido en una herramienta oxidada y obsoleta, desabastecida de toda conciencia y escondida de toda moral. La década de los 90 marcó para estas tierras sureñas del globo la impunidad del poder sobre la libertad de prensa que termina recalcitrando una libertad de pensamiento y de expresión.

La ciudad de Pinamar se colmó de fotógrafos que retrataban lo que no se debía retratar y de periodistas que escribían lo que no se debía escribir. Un manojo de abogados del diablo elucubró y elucubran diariamente desde las sombras, meros justicieros devenidos en dueños del poder y de la realidad. Todo, condimentos de una mafia empresarial que puso a Alfredo Yabrán tras sus propias cuerdas y que optó por el suicidio para evitar un mal mayor.

Alfredo Yabrán fue un empresario objeto de una investigación periodística sobre corrupción política y Gustavo Prellezo el elegido por el empresario para darle fin a la vida del fotoperiodista. La ironía fue elevada a su máximo esplendor, tanto Prellezo como Juan José Ribelli (ex comisario de la Policía bonaerense implicado en el atentado a la AMIA), eran miembros de las fuerzas públicas que debían proteger la integridad física de las personas. Ambos decidieron seguir los pasos del derecho penal y graduarse en la penitenciaría de abogados. Jueces y partes, maquillajes que no cambian con el tiempo.

¿Qué hay de cierto en creer que las fotografías van más allá de las ideas, ideas que trascienden a los tiempos de los titiriteros de turno, en una América latina pensada por americanos anglosajones; una pugna latente entre democracia y autoritarismo que meció por estas tierras desde mediados del siglo pasado?

La intención de retratar, de capturar las caricias y los golpes, de bosquejar la vida de entre la muerte. Maestros del desdén en una tarea de postergación asistida por el oficio del silencio y la represión. Una mera fotografía que propició la desaparición de quienes estaban fotografiados pero que cimentó el retorno de aquellos autores intelectuales de las sombras a las fosas del olvido y de la omisión.

Una historia escrita por hombres sin país, con fotografías que no se velan con el tiempo. Imágenes tomadas con ojos extranjeros, autores invisibles y cámaras fotográficas con proyectiles eternos.

¿De qué sirvió partir de este mundo y cerrar los ojos para siempre si aquellos que los mantienen abiertos solo miran hacia otro lado?

Sangre en la arena