lunes 24/1/22
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“La cuestión ecológica me importa un bledo, si hay que volver al carbón y levantar todas las regulaciones ambientales para que las empresas cuenten con mejores incentivos para producir y dar trabajo a costa del medio ambiente, no lo pensaré dos veces”. (Donald Trump)


En una eterna historia de amores y de odios, de primeros mandatarios que buscan su lugar en el mundo, nos encontramos con dos matrices diametralmente opuestas en lo que concierne a las políticas verdes. Trump, el magnate republicano y Biden, el cachorro demócrata de Putin, esbozaron desde el minuto cero sus discrepancias. Solo basta recordar ese nefasto encuentro en Cleveland, Ohio, en el primero de tres debates presidenciales que se dieron antes de la elección del 3 de noviembre pasado. Con un Donald Trump exacerbadamente interrupcionista y con un Joe Biden negándose a responder preguntas muy directas del moderador Chris Wallace, con un vacío de contenidos y proyectos y fuegos cruzados con la clara intención de evadir el pobre contenido de sus plataformas electorales, este debate dejó más incertidumbres que horizontes limpios. Y cuando nos referimos a limpios bien podríamos asociar los cambios climáticos que se vienen dando a nivel global desde hace décadas. La Casa Blanca, ese lugar tan deseado para el poder internacional y para aquellos que intentan llegar al sillón que supo ocupar Abraham Lincoln, aquel decimosexto presidente que elaboró las bases para la emancipación de todos los esclavos antes de su asesinato del 15 de abril de 1865, parece estar muy lejos para ambos. El involucrarse nuevamente en el Acuerdo de París significó para los Estados Unidos el acople a una renovada agenda, abordar el cambio climático se convirtió en una pieza fundamental en un tablero geopolítico que no quiere dejar cabos sueltos.

En el texto de Introducción al neoliberalismo ecológico de Sergio Federovsky se introduce la existencia de un nuevo hombre verde que comienza a posicionarse en el reciente y cada vez más beligerante tablero geopolítico internacional. Un lenguaje verde en el corazón mismo de gobiernos conservadores disfrazados de corderos con una necesidad imperiosa de integrar una subjetividad y así evitar el pagar un costo político que lo llevaría a alejarse del poder. Una metamorfosis con cierta connotación de pan para hoy y hambre para mañana, una batería de medidas floja de papeles teniendo en cuenta el maquillaje que viste a gran parte de los gobiernos hoy día a nivel global. Hay una tendencia natural de la humanidad, una cruenta humanidad, de asociar e identificar a los sectores progres o de izquierda y enfrentarlos con los malos de la película, aquellos que ostentan el poder mal entendido. Hay una necesidad imperiosa de cuestionar la esencia del sistema capitalista enarbolando banderas ecológicas. En un comunicado enviado al Congreso, la administración de Trump manifestó que el Acuerdo del Clima impone objetivos "poco realistas" para los Estados Unidos. También, indicó que las metas del pacto son muy difíciles de cumplir en lo que se refiere a la reducción de las emisiones; mientras que entrega a países como China “un pase libre durante años". “Supone un costo sobre la economía y el crecimiento del empleo y daña compromisos insignificantes de otros países", concluyó el documento. Las reglas claras, pero para todos fue el puntapié inicial del desapego al acuerdo de París aquel 4 de noviembre de 2020, apenas unas horas de pasar las elecciones que llevarían al dueño de las Trump Tower a despedirse del salón oval envuelto en denuncias y amenazas de juicio político. Su contrincante y posterior vencedor Joe Biden dijo que de ser electo presidente trataría de unirse al acuerdo lo más pronto posible, y así fue, en febrero de 2021 todo volvió a foja cero. Si bien Estados Unidos representa ahora alrededor del 15% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, sigue siendo la economía más grande y poderosa del mundo. Por eso, cuando se vuelve el único país que se retira de una solución global, genera un problema de confianza, y eso se paga.

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Visto así, el Capitalismo sustentable se ha convertido con el paso de los calendarios en una especie de oxímoron, una contradicción insalvable puesto que un modelo de acumulación de riquezas no es compatible con el mantenimiento en el largo plazo del soporte físico y vital como lo son los recursos naturales, recursos que parecen escasear en estos tiempos. Este capitalismo voraz determina el deterioro del medio ambiente, ante esta realidad que ya se hace insalvable, sólo cabe una pregunta, ¿cómo defender el mercado desde una perspectiva ambiental global? Y la respuesta parece ser el retorno a la era cristiana desde los gobiernos, el efecto Poncio Pilatos, el lavarse las manos y echar las culpas a las responsabilidades individuales, un claro mensaje de culpabilidad individualizante hacia la sociedad toda, nunca el culpable será el Estado contralor. Resulta llamativo que en este escenario convivan ambos discursos, se gesta una nueva bestia disfrazada de cordero, el Neoliberalismo ambiental o también llamado Ambientalismo de libre mercado. La vieja lucha de ideas parece reencarnarse en los conceptos de Neoliberalismos Vs. Populismos para crear nuevas realidades, mientras los primeros basan sus estrategias en la expansión de préstamos, los segundos viven de los presupuestos públicos. Ahora el manto que mimetiza ambas realidades se ha fusionado a tal punto que cuesta diferenciarlas, ya no hay derechas ni izquierdas, solo hay gobiernos que firman con ambas manos. ¿Estos gobiernos sobreactúan su compromiso ecológico o lo insertan en su agenda porque la sociedad lo demanda? La agenda pública se arma en base a la agenda mediática, la famosa agenda setting que implantan los medios de comunicación de masas y que sirve de gran influencia sobre el público al determinar qué asuntos poseen interés informativo y cuánto espacio e importancia se les da. Al fin de cuentas los lectores terminan siendo los votantes que deciden el futuro de una nación, y por sobre todo de las autoridades que manejan los hilos del poder.


“El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo”


"La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba." Estas palabras de Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina nos hablan un poco de la teoría que endulza los oídos y la práctica que devela la peor de las realidades, la pugna eterna entre el capitalismo y el populismo, un nuevo mapa geopolítico en el océano mismo de las desigualdades. Hay desde que tengo uso de razón un lobby permanente, una postulación retórica entre el discurso y la práctica en la política ambiental. El nacimiento del nuevo hombre verde llama a hacerse cargo de las falencias del sistema y de la política que la representa, indefectiblemente hubo, hay y habrá un desplazamiento de responsabilidades éticas de la sociedad estado hacia el individuo. Esto es justamente lo que hay que analizar desde una deontología social y global, poco importa si el poder dominante contradice los preceptos y exhibe resultados opuestos en materia de resolución de la crisis ambiental. El quid de la cuestión es buscar e identificar los mecanismos que hacen a los individuos en lo concerniente al medio ambiente rehenes de sí mismos. Es hallar el engaño intelectual del neoliberalismo en la construcción y diseño de ese nuevo hombre verde, un actor principal emparentado con lo sustentable, ambientalmente consciente, parte del progreso y respetuoso con la naturaleza.

A estas alturas el clima puede ser una de las pocas áreas de cooperación en una relación cada vez más tensa entre Washington y Pekín. Los dos países son los mayores emisores y las mayores economías del mundo y, sin medidas ambiciosas por parte de ambos, no hay forma de que el mundo pueda frenar el calentamiento del planeta. El gran problema pendiente hasta ahora en una Casa Blanca centrada en el clima es qué hacer con las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudita. Los defensores del clima han pedido al gobierno de Biden que se asegure de que la cooperación para el desarrollo se canalice para ayudar a los países vulnerables a adaptarse al cambio climático y que trabaje con sus aliados en Europa para animar a los países en desarrollo a construir proyectos de energía limpia en lugar de plantas de carbón contaminantes. 

El 27 de enero de 2021, el presidente Joe Biden dijo que el cambio climático debe considerarse “un elemento esencial de la política exterior y la seguridad nacional de Estados Unidos”. Ante este escenario, el mandatario francés Emmanuel Macron apeló a Twitter para expresar su alegría por la decisión de Biden de volver al acuerdo: “Con el nuevo presidente de Estados Unidos, seremos más fuertes para enfrentar los desafíos de nuestra época, más fuertes para construir nuestro futuro, más fuertes para proteger nuestro planeta". ¿Hay detrás de estas palabras un ápice de honestidad o es solo parte de una agenda bilateral que hay que respetar? 

Medianoche en París es una película de Woody Allen que cumple el sueño que más de uno tiene, conocer a los grandes personajes que han dejado huella en la historia universal. Ojalá este acuerdo verde sea una realidad tangible y no una ficción más de los todopoderosos rodada en pleno Champs-Elysees, en una ciudad parisina sin smog y con yanquis en el jardín.

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Medianoche en París, sin smog y con yanquis en el jardín