lunes. 26.02.2024
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Benjamín Netanyahu.

¿Es Hamás un grupo terrorista? O, más bien, ¿Es la pregunta adecuada? Porque lo cierto, más allá de toda duda, es que Hamás ha sido el enemigo escogido por los sionistas radicales, el favorito para las guerras de Israel. Una vez eliminados Yasir Arafat e Isaac Rabín, desmantelado el proceso de paz iniciado en Oslo, y anulada la viabilidad del Estado palestino, por la construcción de innumerables colonias en el territorio asignado al non nato Estado, lo necesitaban. Para la crispación creciente entre las dos comunidades, el discurso de odio común al Likud de Netanyahu y sus aliados, y a los líderes islamistas radicales. Todos esos condicionantes que impiden la convivencia entre las dos comunidades, judía y palestina, a las que los liberales bien pensantes consideraban condenadas a entenderse, en parte, porque niegan que el colonialismo y el imperialismo sean fuerzas constitutivas del desarrollo capitalista.

El primer intento de reparar el destrozo causado por el magnicidio israelita, lo hizo Obama, recién elegido prometió una reconciliación, que sabía imposible sin poner los medios adecuados. Ante sus narices, los diferentes gobiernos de Israel convertían a Gaza en un inmenso campo de concentración, expulsaban familias palestinas para instalar colonos judíos y, dentro del propio estado de Israel, triunfaba la segregación religiosa y racial sobre la ciudadanía y los derechos humanos. Comportamientos que la Organización de Naciones Unidas ha calificado de Apartheid (ver el informe del relator de DD HH Michael Lynk, del pasado mes de marzo, que daba oficialidad al término). Sin herramientas reales de gobierno, la Autoridad palestina era ninguneada, mientras Araba Saudí financiaba la ayuda árabe distribuida por Hamás. El Gobierno de Fatath en Ramala quedaba así inutilizado, corrompido por el acomodo de fieles en la función pública y por prestarse a ser la policía de Israel en los territorios ocupados. Paralelamente, las milicias de Hamás, siguiendo también el guion deseado por el gobierno israelí, actuaban de enemigo. Fáciles de neutralizar de vez en cuando, han proporcionado la coartada para la represión y la violencia militar israelí, que mantiene la rabia y el rencor de los oprimidos. Un juego útil para el opresor, cuando la población sojuzgada no acepta la dominación, y solo puede aspirar a la derrota en la revuelta.

Luego vino Trump, y cambió la estrategia: terminar con las obligaciones incómodas de la ocupación, sin retroceder en la colonización, por la vía el apartheid. Para tal tarea ya existían muros construidos y una estructura militar de acoso y control de la población palestina. La estrategia vino acompañada de los acuerdos de Abraham, que ofrecían a las Petro monarquías árabes y Alauita un campo de negocio tecnológico para sus capitales. La situación parecía molesta y poco estética, porque significa violencia y vejación continuada. Pero ¡Sorpresa! El mundo empezó a olvidarse de los palestinos, y los negocios comenzaron a florecer para los dictadores árabes, y la rentabilidad de la tecnología de Israel encandiló a los Jeques del petróleo, dinero abundante y cooperación inversora con la derecha radical del pequeño país militarizado.

Joe Biden, la coexistencia con el fantasma de Kissinger, el caos y el Apartheid

Enero, 2021. Vuelven los demócratas al gobierno de EEUU Joe Biden salió corriendo de Afganistán y contempló las ruinas de su Imperio. Puso el foco en Centroeuropa, llamó a capítulo a sus protectorados europeos de la OTAN y el Pacífico, declaró la guerra fría a China y decidió ampliar sus protectorados militares a las repúblicas exsoviéticas. El cerco al proveedor energético de Europa, y a su régimen autoritario, se saldó con la guerra de Ucrania; buena para el hegemón occidental, porque ampliaba el Atlantismo, atrayendo al paraguas militar a los países escandinavos. Pero, cómo se está demostrando, ruinosa para los ucranianos y la Unión Europea, que tendrá que cargar con los gastos de reconstrucción del ejército y el país asolado. Afortunadamente para Biden, Oriente Medio, en comparación con las décadas anteriores, parecía un oasis, los negocios florecían y nadie prestaba atención a las recurrentes intifadas palestinas.

Y llegó Hamás, el enemigo querido y preferido, y rompió la baraja. Durante unas pocas horas, aprovechando la relajación del ejército israelita en tiempos de debilidad gubernamental, hizo saltar por los aires los acuerdos de Abraham. Pero Hamás no actuó con inteligencia, e hizo terrorismo. Como no tiene medios para enfrentar militarmente a Israel, centró sus acciones en la población civil. La matanza de civiles israelitas desarmados sirvió a EEUU, y a la Unión Europea para encubrir la respuesta criminal del gobierno de Netanyahu quien, de pronto, pasó de gobernante corrupto a caudillo vengativo. El gobierno hebreo puso en marcha una estrategia de tierra quemada, con la intención, declarada por sus ministros, de forzar la limpieza étnica de Gaza y convertir a los gazatíes en refugiados en Egipto, Líbano o Jordania. Acabar con el uso ominoso del frente costero del mediterráneo oriental, convertido en campo de concentración para más de dos millones de personas, allí encerradas. Para terminar con las ideas de la paz de Oslo, y asentar en la costa recuperada a una población israelita.

Estamos en un momento de la tragedia que avanza hacia una “solución final” para el problema de convivencia étnico-religiosa en Palestina

Estamos, por lo tanto, en un momento de la tragedia que avanza hacia una “solución final” para el problema de convivencia étnico-religiosa en Palestina; similar al plan de Adolf Eichman en 1939 (i). Pero en un contexto bien diferente, Biden sabe que una tal solución es inviable en el 2024, y Hamás está encontrando aliados que ponen en jaque la economía occidental, porque están en el embudo por donde pasan la energía y, sobre todo, las cadenas de valor globales, desde donde pueden generar un pánico financiero que, con los medios informáticos de 2024, se extienda mucho más rápido que en 1973. También son diferentes los tiempos, para un conflicto generalizado, cómo el que Israel desearía desencadenar para destruir la influencia iraní en Oriente Medio. Vivimos una cultura posmoderna, que ha enseñado a los dirigentes occidentales a preparar el terreno propio, antes de iniciar grandes conflictos (ii), modelando la opinión pública. Para ello, cuentan con los bancos, que son quienes invierten en medios de comunicación, no por su rentabilidad, sino para ser socios imprescindibles de los gobiernos. Para que los medios sean creíbles, se debe mantener la libertad de opinión, porque la sociedad tecnificada es, también, la de la educación masiva. Por ello, la opinión libre se forma, aunque los medios independientes sean minoritarios y económicamente precarios, soportada por las organizaciones de la sociedad civil. Muchas de ellas están presentes en Gaza, como las diferentes Organizaciones de DD HH No Gubernamentales y de la ONU, donde han perdido numerosos miembros, asesinados por el ejército israelita.

Cuando la opinión libre se expresa contra los intereses dominantes, los gobiernos, aunque liberales, recurren a los prejuicios (iii). Mucho más, si tienen un soporte histórico tan fuerte, cómo lo fue el antisemitismo en Europa. Cualquiera que viva hoy en la Unión Europea o los EEUU sabe que el antisemitismo es, ya, tan débil como el integrismo religioso; el auge neonazi repite viejos clichés, pero se inclina más por la islamofobia. Entre los musulmanes, el antisemitismo es alimentado por las actuaciones del Estado de Israel, más que por el islam. La convivencia en las ciudades del norte de África, de las sinagogas en tierra de mezquitas, es un hecho comprobado y, en los países occidentales, el éxito de la literatura y el cine de cultura judía avalan lo dicho. A pesar de ello, el estado de Israel ha sabido mantener, apoyado por potentes grupos de presión cultural, este espantajo defensivo. Consecuencia, asistimos a una auténtica caza de brujas en las Universidades y la industria del Cine norteamericanas, tras los hechos del 7 de noviembre, acusando de antisemitismo a quien protesta contra la desmesura de Netanyahu. También se penaliza a las personas y profesores en los campus franceses y alemanes, cuando denuncian la limpieza étnica, los crímenes de guerra y el asesinato en masa de civiles (16.000) en Gaza y Cisjordania. Persecución aún más lamentable cuando la ejerce la prensa contra sus redactores, porque, además, justifica los asesinatos de periodistas (60) por el estado de Israel, avalando esa coartada defensiva.

A pesar de ello, en tanto la opinión libre se mantiene y la población resiste la anestesia que implica la costumbre y la fatiga del tiempo, la protesta contra la barbarie del gobierno ultra de Israel ha conseguido avances, como, hace unos días, la votación en la Asamblea de la ONU, pidiendo un alto el fuego, que nos indican que la humanidad no ha perdido la compasión, y el gobierno de EE.UU. ya no marca la opinión mundial. Viendo el deterioro de las redes de influencia cultural sobre las que se edifica el Imperio, Biden suplica al gobierno de Israel que mantenga una proporción, imposible en las circunstancias sobre las que los supremacistas de la derecha israelita han construido su dominio. Tampoco EE.UU. puede presionar mucho a Netanyahu, que se sabe cancerbero de las puertas del petróleo de Oriente Medio.  

Necesitamos, con urgencia, un soporte democrático para la Paz

El mundo, fragmentado por las guerras más visibles, asustado por los temblores financieros que provoca el embudo del Mar Rojo; y bajo la amenaza cierta del calentamiento global y el peligro de ampliación de esos conflictos, empieza a mostrar que no es sostenible la situación de las relaciones internacionales, agravada por la desigualdad que se amplia en cada ciclo diario de los negocios. El militarismo ya solo crea inestabilidad y una gran ansiedad. Es por ello necesario fortalecer las instituciones democráticas interestatales: la ONU y sus organismos de derechos humanos. Por muy precarios que nos parezcan, son lo único que disponemos, junto con las conferencias regionales de seguridad y cooperación, aún no militarizadas. La propuesta del presidente español de convocar la Conferencia del Mediterráneo, con el apoyo de la Unión Europea, va en ese sentido: sentar a Palestina e Israel, amparados por los estados del área circundante, que son los más interesados en la solución pacífica del conflicto en Palestina. Pero los gobiernos de Europa, mediatizados por el protectorado estadounidense, al que han hipotecado la seguridad, no son capaces de iniciativas autónomas en el Mediterráneo, a pesar de ser su puerta sur al mundo.

Sin embargo, enfrentados a desafíos reales nunca imaginados, e inmediatos, el mundo ve en Europa la mejor vía para consensuar instituciones democráticas, defensoras de los Derechos Humanos y la Paz, que permitirían unas relaciones internacionales dirigidas hacia la cooperación multilateral, y no regidas, principalmente, por la geopolítica y la retórica de la confrontación. Ni la OTAN, ni el imperialismo liberal pueden crear los valores de empatía entre culturas diferentes, tolerancia y comprensión del destino común en un solo planeta que, hoy, defienden sobre el terreno las ONG y, como instancia multilateral, la ONU. Pero sin el apoyo de un gran proyecto, cómo la Unión Europea, toda iniciativa de paz será sofocada por la dinámica militarista.

Construir Europa para poder influir en la construcción del mundo

En ese aspecto, los europeos podemos estar en la vanguardia, si aceptamos la responsabilidad que, en seis meses, vamos a enfrentar. Las fuerzas de izquierdas y verdes tienen que proponerse ser determinantes en la conformación del gobierno de la Comisión de la UE, que se formará tras las elecciones al Parlamento Europeo, para abrir la posibilidad de construir la primera confederación de países con estado del bienestar y poder global de la Historia. Ese debería ser el objetivo prioritario de las fuerzas progresistas, porque es condición necesaria para todas las otras metas de progreso. Una Europa unida y no colonialistas, porque Europa, confederada, no necesita colonias para tener poder global, y esa circunstancia le permitirá ser eje del consenso global necesario para enfrentarnos a los riesgos identificados. Pero hoy, ya, las amenazas contra los ciudadanos de Palestina reclaman la acción de los europeos, lo cual nos da una dimensión de lo que nos jugamos con el gobierno de España y su propuesta de Conferencia mediterránea. Si el gobierno español consigue superar la mala conciencia histórica de alemanes y franceses (IV), con la ayuda de otros gobiernos de la UE, la de Pedro Sánchez es la única iniciativa planteada de alcance, para hacer que la cuestión de la paz en Palestina vuelva a estar viva.


(I) En esa fecha, los nazis empezaron a internar a los judíos de los guetos para expulsarlos al Este europeo o África (Madagascar).
(II) Putin tuvo que calentar el chovinismo nacionalista pan-ruso, siete años, por lo menos, para construir el parlamento a su medida, e invadir Ucrania sin oposición significativa.
(III) Los iliberales, que cada día son más, recurren a las fake news. La represión tradicional es menos rentable que la manipulación permitida, hoy, por las tecnologías de la información.
(IV) Los nazis alemanes y la derecha colaboracionista francesa, mucho más amplia de lo que reconocen los propios franceses, fueron los principales responsables gubernamentales del Holocausto.

El enemigo deseado, en el momento oportuno