Vida cotidiana en dictadura
El miedo, la censura y el terror se instalaron durante años en Argentina.
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Javier M. González y Gabriela Máximo desde Buenos Aires
El 24 de marzo de 1976 amaneció con el país tomado por las Fuerzas Armadas, que impusieron durante algo más de siete años un régimen de terror que modificó radicalmente la vida diaria de los argentinos. El miedo impuso la paz de los cementerios, con muchos ciudadanos celebrando la nueva situación, aliviados después de años de otro tipo de violencia, y con otros muchos enfrentando la incertidumbre de no saber si al día siguiente seguirían con vida o enfrentarían sesiones de tortura. Claro que, como la represión fue clandestina, al principio todo eran suposiciones.
La noche que se cernió sobre la Argentina tuvo consecuencias inmediatas en la vida cotidiana. Emilio Crenzel, autor de Pensar los 30.000, escribió: “Nunca sabremos la cantidad de libros y agendas que se quemaron; cuán extendidos fueron los cambios de hábitos y de conversaciones, la evitación de lugares y personas cuyo contacto se creía peligroso; tampoco qué alcance tuvieron la aprehensión ante los controles militares en calles, facultades, fábricas y hospitales; el impacto de ver los Ford Falcon verdes, con hombres portando armas largas que pasaban a toda velocidad; las sirenas en la noche o la inquietud ante la sospecha de figurar en una lista”.
El comunicado número 24 de la Junta Militar, emitido el mismo día del golpe, recomendaba a la población a abstenerse de transitar por la vía pública durante las horas de la noche, “a los efectos de mantener los niveles de seguridad general necesarios”. Poco tiempo después, un mensaje por televisión transmitía insistentemente un slogan: “¿Sabe usted dónde está su hijo ahora?”.
Hasta los menores gestos cotidianos cambiaron a partir de ese momento. Los medios sufrían una censura férrea -también una autocensura-, que prohibía cualquier información no autorizada por el nuevo gobierno. Los cuatro canales de televisión, que habían sido estatizados en el gobierno de Isabel Perón, fueron entregados a cada una de las tres fuerzas, y uno de ellos tuvo dirección compartida.
Al día siguiente del golpe, los directores de los diarios fueron convocados en la Casa Rosada y se les exigió que cada noche enviaran las portadas del día siguiente para su aprobación. Inmediatamente se vio que era una orden impracticable, por lo que duró poco tiempo, pero quedó la autocensura y el castigo cuando los militares lo decidían.
Los operativos contra la guerrilla que se conocían aparecían siempre con víctimas sin nombre, muertos de un solo lado y a menudo escondiendo los asesinatos bajo la justificación de intentos de fuga.
La prensa partidaria, que antes del golpe tenía una amplia difusión, vendiéndose incluso en los quioscos, desapareció. Los medios tradicionales se volcaron en las secciones deportivas y de sucesos. La revista deportiva El Gráfico, alcanzó tiradas de hasta 300.000 ejemplares, que llegaron al medio millón durante el mundial de 1978. La editorial Atlántida, que editaba el semanario, tenía otros medios que abiertamente apoyaban al gobierno, especialmente las revistas Gente y Para Ti. Esta última publicación, dirigida al público femenino, llegó a ofrecer a sus lectoras una serie de postales para que las enviaran a cualquier lugar del mundo justificando la dictadura, bajo el título “Argentina, toda la verdad”.
Los grandes medios tradicionales se plegaron a las instrucciones del gobierno y la única crítica que asumieron fue la de la política económica, que incluso estaba cuestionada por algunos sectores militares. La única posibilidad de obtener informaciones no contaminadas por el control estatal era escuchar Radio Colonia, en Uruguay, donde la voz inconfundible de Ariel Delgado siempre anunciaba que había “más informaciones para este boletín”. También se podía leer el diario The Buenos Aires Herald, que a menudo se saltó la censura y dio espacio a las denuncias por las desapariciones, lo que a la larga les costó el exilio a algunos de sus responsables. Pero en este caso la dificultad estaba en que el diario, centenario ya en esa época, al estar redactado en inglés, no estaba al alcance de gran parte de la población.
Más difícil aún era acceder a los despachos de ANCLA, la artesanal agencia de noticias clandestina que fundó el escritor y militante montonero Rodolfo Walsh, cuyo destino fundamental eran periodistas de los grandes medios nacionales -que no pudieran hacer uso de la información-, corresponsales extranjeros y embajadas.
El gremio periodístico sufrió numerosas pérdidas. Según datos de la UTPBA (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires), 80 periodistas figuran como desaparecidos. Y decenas partieron al exilio, fundamentalmente México, España y Venezuela.
Radios y televisión estaban también bajo la censura, con listas negras. Lo mismo se aplica para el cine y el teatro. La literatura sufrió prohibiciones y quema de libros, hasta extremos ridículos, como prohibir textos sobre el cubismo, cuando algún censor ignorante pensó que hablaba de Cuba.
El gran censor cinematográfico se llamó Miguel Paulino Tato, bautizado en una canción de Charly García como Señor Tijeras. Antiguo crítico de cine -firmaba con el seudónimo de Néstor-, había llegado al cargo antes de la dictadura, en 1974, y fue uno de los pocos funcionarios que sobrevivió al golpe. En una entrevista con el Canal 13, cuando llevaba solo 9 meses al frente del Ente de Calificación Cinematográfica, confesó haber censurado 125 películas -récord mundial del que se enorgulleció-, mostró su satisfacción por esa “tarea higiénica” y expresó su aspiración de llegar a las 200 películas prohibidas en un año. En otro momento admitió: “Yo soy fascista, soy un animal, soy un energúmeno.” Y aseguró que cuantas más películas prohibía “más contentos se ponen los militares y los curas”. Su gran obsesión era el sexo. Y cuando la periodista Mona Moncalvillo le preguntó en una entrevista en la revista Humor si era nazi, contesto que sí.
Las posibilidades de entretenimiento se restringieron. Hasta sentarse en un café, arraigada costumbre argentina, empezó a ser un peligro, sobre todo para los jóvenes. Más aún si lo hacían en algún local conocido antes del golpe por ser lugar habitual de reunión de intelectuales o gente de izquierda, como el café La Paz, en la calle Corrientes. Podían llegar repentinamente los Falcon verdes sin chapa o matrícula que usaban los grupos de tareas -las bandas represivas clandestinas- y llevarse a cualquier sospechoso.
En una entrevista con Coolt le preguntaron al que fuera director de Clarín en aquella época, Marcos Cytrinblum, cuándo se enteraron de que había desaparecidos. “Al principio eran solamente rumores, gente conocida que te decía, ´se llevaron a tal´, ´lo agarraron a fulano´, pero era eso, ´se lo llevaron´ o ´lo agarraron´. De a poco se empezó a decir que los chupaban, pero no más que eso. Nadie, en estos primeros tiempos, te diría dos años, podía imaginar ese espanto. Hasta que en diciembre de 1978 nos llega la noticia de que en las playas de San Clemente del Tuyú habían aparecido unos cuerpos. Mandé a un periodista a cubrirlo, pero cuando llegó los milicos ya se habían llevado los cadáveres. El periodista habló con la gente del lugar y le contaron lo que habían visto. Era un horror, cuerpos mutilados, sin los brazos, un desastre. No pudimos publicar nada. No se podía publicar nada.”
A medida que fue pasando el tiempo empezaron a conocerse algunos detalles de la represión. Comenzó a ser difícil desconocer que alguien cercano -familiares, amigos, vecinos- desapareció de forma inexplicada. Los operativos de secuestro de militantes o sospechosos, generalmente de madrugada, pero a veces a plena luz del día, se hacían con gran despliegue de armas y de hombres vestidos de civil.
“Algo habrán hecho” o “por algo será” murmuraba al principio mucha gente que justificaba el terrorismo de Estado, que estaba de acuerdo ideológicamente con la dictadura y que no tenía víctimas cercanas. Este sector se benefició de forma acrítica con lo que se conoció como plata dulce, una época en la que el dólar estaba artificialmente barato para los argentinos, que pudieron viajar a Miami en viajes de compras. Un período que duró aproximadamente cuatro años, entre 1977 y 1981, cuando colapsó el programa económico del ministro Martínez de Hoz, al final del gobierno del general Jorge Rafael Videla.
En la escuela, el colegio y la universidad, el clima que instaló la dictadura fue igualmente opresivo, con medidas disciplinarias. Los militares consideraban que en las aulas también se combatía a la guerrilla. El general Acdel Vilas, que comandó la primera fase del Operativo Independencia, en Tucumán, lo dejó claro al manifestar: “Hasta el momento presente solo hemos tocado la punta del iceberg en nuestra guerra contra la subversión. Es necesario destruir las fuentes que alimentan, forman y adoctrinan al delincuente subversivo, y esas fuentes están en las universidades y en las escuelas secundarias”.
El almirante Massera sostenía que la crisis de la Humanidad se debía a tres hombres: Marx, que en El Capital “puso en duda la intangibilidad de la propiedad privada”; Freud, que atacó en La Interpretación de los Sueños “la sagrada esfera íntima del ser humano”; y Einstein, con su Teoría de la Relatividad, que “puso en duda la estructura estática y muerta de la materia”.
En el Colegio Nacional Buenos Aires, público, donde aún hoy siguen estudiando las élites, hubo 108 estudiantes o antiguos alumnos que integran la lista de desaparecidos. Se prohibió que los alumnos llevaran barba y el pelo largo, por debajo del cuello de la camisa, con patillas que no excedieran la mitad del lóbulo de la oreja. En el caso de las chicas, se prohibió la minifalda y el maquillaje considerado excesivo. Se acabó con los centros de estudiantes y cualquier actividad fuera de las aulas. Se modificaron los planes de estudio. Las ciencias sociales se convirtieron en sospechosas, en especial la antropología, la sociología y la psicología, que algunas facultades eliminaron de su oferta educativa. El estructuralismo, el existencialismo, la pedagogía de Paulo Freire y, por supuesto, el marxismo, corrieron igual suerte.
Incluso se prohibió “llevar revistas u otros elementos ajenos a las actividades propias del establecimiento”. Y se introdujo una nueva asignatura, “Formación Moral y Cívica” con principios religiosos “de validez universal, incluso para los no creyentes”, donde se hablaba contra el divorcio, el aborto y los métodos anticonceptivos.
La defensa de la moral cristiana llegó a perseguir la actividad de una de las instituciones más arraigadas de los argentinos: los hoteles alojamiento, también conocidos como albergues transitorios, “telos”, en la jerga porteña, que no son otra cosa que hoteles por horas para parejas, que estaban esparcidos por toda la ciudad. No fueron prohibidos por la dictadura, pero eran considerados contrarios a las buenas costumbres, asociándolos al adulterio. Fueron numerosos los casos de redadas policiales, humillando a las parejas, entrando violentamente en las habitaciones, exigiendo la libreta de matrimonio o los documentos personales, para “averiguación de antecedentes”.
En el libro “La Dictadura Militar Argentina 1976-1982”, Marcos Novaro y Vicente Palermo cuentan que un manual de educación moral y cívica para colegios secundarios difundido en aquella época decía: “El hombre es el jefe de la familia y en él reside la autoridad del hogar, a cuyo régimen deben someterse mujer e hijos.” El manual sigue con la tesis de que al hombre cabe “la razón y la dirección”, y a la mujer, “por naturaleza, la ternura y el amor”.
“Esta retorica sobre la juventud y la familia, y las acciones ‘moralizantes’ fueron tan o más efectivas que la represión directa para infundir en numerosos hogares comportamientos auto represivos presididos por el silencio”, escribieron los autores.
La ciudad de Buenos Aires vio también una importante transformación física durante estos años, sobre todo con vistas al Mundial de Fútbol del 78. Se construyeron autopistas urbanas que cortaron barrios enteros, en una decisión que no tenía justificación técnica. Se destruyó un precioso tejido urbano en barrios tan característicos como San Telmo, con heridas expuestas hasta el día de hoy. Se proyectaron siete autopistas, pero afortunadamente solo se llevaron a cabo dos, con escándalos por sobreprecios, contratos sin transparencia y expropiaciones masivas y arbitrarias.
La construcción de autopistas formó parte de un proyecto más amplio que contemplaba la erradicación forzada de lo que en Argentina se conoce como “villas miseria”, favelas o barrios de chabolas. Y se llevó a cabo antes de la celebración del Mundial de Fútbol de 1978, con el objeto de dar una imagen limpia y diferente a los visitantes que recibiría el país para asistir al campeonato. Es por eso que el primer objetivo fue la “villa” que estaba más próxima al estadio de River Plate, escenario de la inauguración y la final del campeonato.
En el momento del golpe, 1976, había 224.000 personas viviendo en estas “villas” en la capital federal. Dos años después el 50 % habían sido expulsados de sus casas. En junio de 1980 solo quedaban 9.000 familias y un año después 4.000. Para esta gran operación se usó una ordenanza municipal, pero se completó con presiones y amenazas imposibles de ignorar en plena dictadura.
El alcalde o intendente de Buenos Aires era un oficial de la Fuerza Aérea, el brigadier Osvaldo Cacciatore, que pasó a la historia por estos dos temas. El responsable de la Comisión Municipal de Vivienda, Guillermo del Cioppo, que era un civil, expuso la verdadera filosofía que había detrás: “Nosotros solamente pretendemos que vivan en nuestra ciudad quienes estén preparados culturalmente para vivir en ella. Concretamente vivir en Buenos Aires no es para cualquiera sino para quien lo merezca, para el que acepte las pautas de una vida comunitaria agradable y eficiente.” Esto provocó la expulsión lisa y llana de miles de personas, que fueron empujadas hacia territorios alejados e insanos del Gran Buenos Aires donde no había ninguna infraestructura, hacia sus provincias de origen, o hacia sus países en el caso de los extranjeros.
Dar una imagen de limpieza cara al exterior fue el principal argumento de la dictadura. Pero fue, sobre todo, una gran operación inmobiliaria, que liberó terrenos muy valiosos para emprendimientos privados. Del Cioppo se ufanaría después de que “se trató el problema de forma quirúrgica y en tiempo récord”. Cinco días después de la final del Mundial, el gobierno dictó una nueva ley descongelando los alquileres, que provocó el desalojo de otras 200.000 personas solo en la capital.
A medida que la dictadura se fue desgastando, sobre todo a partir del fin del período del general Videla (1981), el miedo de las personas fue cediendo y el ambiente de la ciudad fue cambiando, aunque siempre con la amenaza de sufrir las consecuencias de un gobierno que reprimió y asesinó casi hasta el final.
Las Madres de la Plaza de Mayo -que algunos despectivamente llamaban “Locas de la Plaza de Mayo”-, aparecieron el 30 de abril del 77. Empezaron a ser parte del paisaje de la ciudad, y sus rondas los jueves a las tres y media de la tarde, con sus pañuelos blancos, empezaron a ser tenidas en cuenta. Sus reclamos fueron cambiando: en 1978 la consigna fue “Con vida los llevaron, con vida los queremos”, sin hacer ninguna mención a su militancia política. Desde 1980, “Aparición con vida”. Y a partir de 1982, “Juicio y castigo a los culpables”.
El orden impuesto por los militares, sostenido en el control y la represión durante los primeros años, se vio alterado poco a poco, con la salida a la superficie de partidos políticos, sindicatos y organizaciones de defensa de los derechos humanos, que empezaron a ganar otra vez la calle, con huelgas y protestas. El teatro desafió al régimen con un grupo de dramaturgos, actores y directores que, a fines de julio de 1981, comenzaron Teatro Abierto, un ciclo en el Teatro Picadero, de obras cortas de diversos autores. Las obras no abordaban directamente la dictadura, pero planteaban temas como el miedo, el autoritarismo o la opresión. Una bomba destruyó poco después el teatro, pero el ciclo pasó a otra sala, el Teatro Tabarís, con éxito redoblado de público.
En la segunda edición, se representó la obra Oficial primero, del dramaturgo Carlos Somigliana, que años más tarde fue el principal redactor del conmovedor alegato final del fiscal Julio César Strassera en el juicio a los comandantes de las Juntas. La obra, estaba ambientada en la oficina de un juzgado donde se denegaban automáticamente todos los habeas corpus presentados por familiares de desaparecidos y donde al abrirse los armarios caían cuerpos humanos ensangrentados.
En la prensa, la censura y la autocensura fue poco a poco sobrepasada. Coincidiendo con el Mundial del 78, salió a la calle la Revista Humor, que fue desafiando a la dictadura. Sufrió cierres y sanciones, pero se convirtió en un espacio de crítica feroz. El humor se presentaba a través de sus inteligentes y despiadadas caricaturas, pero había mucho más que humor y en sus páginas escribieron importantes periodistas como Osvaldo Soriano o Tomás Eloy Martínez. Las entrevistas de Mona Moncalvillo llevaron al lector a personajes hasta ese momento prohibidos o censurados, sobre todo del campo de la cultura. En 1979 fue importante el artículo aparecido en el suplemento cultural del diario Clarín, firmado por María Elena Walsh, titulado Desventuras en el país Jardín-de-Infantes, una alegoría satírica del régimen en la que la autora, una reconocida poeta y cantautora, hace una inteligente crítica contra el autoritarismo y la censura.
La guerra de las Malvinas produjo otro fenómeno cultural imparable. En una medida del más puro rancio nacionalismo, se prohibió que las radios programasen música extranjera. De forma involuntaria, los militares impulsaron el boom del rock nacional argentino. El 16 de mayo, todavía en pleno conflicto contra Gran Bretaña, se organizó un Festival de Solidaridad Latinoamericana que convocó más de 60.000 personas en el estadio Obras. Cantaron algunos de los principales rockeros del país, hasta entonces mirados con sospecha por el gobierno -cuando no directamente prohibidos-, como Luis Alberto Spinetta y su grupo Pescado rabioso. Spinetta había sacado un álbum llamado Maribel se durmió, en homenaje a las Madres de la Plaza de Mayo. León Gieco interpretó Sólo le pido a Dios, que había compuesto cuando en el 1978 el país estuvo al borde la guerra con Chile por el canal de Beagle.
Esta nueva realidad permitió que figuras perseguidas como Mercedes Sosa pudieron volver a actuar en el país. La cantante más universal que tenía Argentina regresó del exilio en febrero de 1982 y dio recitales históricos en uno de los grandes teatros de la calle Corrientes, el Ópera. Alrededor de los recitales masivos que se multiplicaron, los jóvenes y no tan jóvenes pudieron expresar su rechazo a una dictadura que a esas alturas estaba en retirada.