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Engranar un proceso revolucionario no quiere decir destruir de golpe el poder de la burguesía, sino abrir brechas profundas en él, traducir la relación de fuerzas sociales en una relación de fuerzas políticas (…) y prepararse para ganar, gracias a la autonomía y al dinamismo propio del movimiento
(André Gorz, 1969)
Un futuro en forma de utopías realistas es la herencia dejada por la historia de nuestros predecesores. Aunque los ideales hayan sido derrotados, incluso por haberlo sido, los caminos recorridos ofrecen enseñanzas; los movimientos populares avanzan sobre los hombros de gigantes anónimos que han arriesgado, han aprendido y han caído y, sobre todo, se han ocupado en trasmitirnos su experiencia. En el siglo XX europeo, los trabajadores suecos, yugoeslavos, soviéticos, alemanes y checoeslovacos, los cooperativistas italianos, belgas y españoles, valencianos o vascos, nos han dejado sus ricas prácticas de democracia económica bajo diferentes formas de cogestión, autogestión y cooperativismo. Con ellas, actualizadas, podremos frenar la vuelta de los menos escrupulosos al poder, que regresan con una amplia panoplia de opciones destructivas nuevas de la mano de los EEUU de Trump.
El populismo del siglo XXI ha conseguido la presidencia y la mayoría en las dos cámaras del país con más poder militar y económico del planeta
El populismo del siglo XXI ha conseguido la presidencia y la mayoría en las dos cámaras del país con más poder militar y económico del planeta, en los albores de una nueva civilización, que emerge empujada por la revolución tecnológica más radical desde los tiempos del neolítico. Con el populismo republicano estadounidense, acceden al gobierno un grupo de plutócratas que monopolizan las nuevas fuerzas productivas y desean ponerlas al servicio de su acumulación de riquezas; su objetivo es establecer un protectorado policial sobre el orden político mundial, y un tripartito inestable con las potencias asiáticas emergentes, China y la India, con un espacio para la otra potencia nuclear, en declive, pero con un gran poder geoestratégico. Todas ellas tienen algo en común, desean evitar una regulación democrática de las nuevas tecnologías, especialmente de la Inteligencia Artificial, algo que solo podría lograr la Unión Europea, por tradición legislativa y por estar fundada en el estado del bienestar. Especialmente los EEUU, llevan más de treinta años boicoteando la confederación de los estados de la Unión Europea, algo imprescindible para vislumbrar, hoy, un futuro democrático. Este futuro, montado sobre la unidad de Europa, es la estrategia del sindicalismo europeo para construir un pilar social europeo, basado en la democracia continental del trabajo.
Para ello, se necesita que la estrategia sindical penetre en los trabajadores de Europa, que los nuevos trabajadores del conocimiento superen el corporativismo profesional y asuman su condición de asalariados y descubran los lazos comunes con el resto de los trabajadores. En la perspectiva de una nueva civilización, que nos amenaza con tecnologías de dominación tecnológica, antes no imaginadas, y ya ensayadas en Israel o China para someter a vigilancia a centenares de millones de seres humanos; la tarea común de los trabajadores es dominar las nuevas fuerzas productivas de la revolución tecno informática, que ellos las crean con su capital intelectual, y ponerlas al servicio de las necesidades de supervivencia de la humanidad, en un planeta habitable. La estrategia de acción sindical supone la democratización del último reducto del autoritarismo liberal: las instituciones económicas del capitalismo, y su núcleo empresarial.
La estrategia de acción sindical supone la democratización del último reducto del autoritarismo liberal: las instituciones económicas del capitalismo, y su núcleo empresarial
La Revolución Informática altera la composición de las clases en el proceso democrático
Las anteriores experiencias de cogestión empresarial en Europa se dieron en un entorno tecnológico fordista, y en el marco político del bienestar. La producción en masa daba estabilidad al empleo y facilitaba la regulación de los mercados; la demanda se basaba en el valor de uso de cada producto, y la complementariedad productiva entre empresas era muy secundaria; la organización fordista del trabajo configuraba los recintos de las concentraciones urbanas, el tiempo de trabajo medía el coste de los productos, y el valor de las cosas era contingente a su utilidad. Lo contrario a lo que hoy ocurre en la era postindustrial; hoy, el tiempo y la utilidad se desdibujan y emerge el conocimiento como fuerza productiva, tanto el aprendido en el sistema educativo cómo el generado por la práctica del trabajo; la información bien ordenada es la variable emergente del valor de la riqueza, un capital intelectual que se deposita en los procesos productivos y el marketing, en la innovación y en el diseño organizativo de las empresas. El Capital Intelectual es la suma de dos intangibles: “la componente organizativa: marca y reputación, sistemas de información y organizativos, redes de distribución y cadena de proveedores” y “el capital humano”. Éste conglomerado de intangibles soporta la estructura de las cadenas de valor para la producción actual de bienes y servicios.
Las cadenas de valor son redes de relaciones entre grandes Sociedades Anónimas y PYMEs, coordinadas por las infraestructuras y líneas de trasporte global; organizan de manera creciente los intercambios mercantiles, y crean condiciones para una competencia colaborativa entre las empresas. La competencia colaborativa ha encontrado un terreno fértil en las cooperativas del Grupo Mondragón y pertenece a la cultura emergente de los trabajadores del conocimiento. Al ser la extensión natural al mercado de las formas de trabajo participativas; el capitalismo financiero necesita adaptar la gestión de las redes colaborativas a las prácticas administrativas de las corporaciones, que son su dominio. Sin hacerlo, no podría apropiarse del valor intangible de las tecnologías, ni especular con el componente monopolista de la innovación, que son sus fuentes de beneficio.
La corporación multinacional es el contenedor mercantil de las cadenas de valor, el sitio donde ocurre la subordinación del capital humano al capital financiero
La corporación multinacional es el contenedor mercantil de las cadenas de valor, el sitio donde ocurre la subordinación del capital humano al capital financiero; su cúpula dicta la estrategia financiera que pauta los intercambios. Adapta los procesos dando prioridad al criterio de eficiencia financiera, con la externalización de actividades y fábricas a países con mano de obra barata, o la sustitución del trabajo humano por la automatización. La legitimidad corporativa para dirigir los procesos de valorización globales está reconocida en las leyes de sociedades, las cuales someten las relaciones comerciales al principio jerárquico de la dependencia, incluidos los profesionales, vinculados a la empresa por contratos para un desempeño concreto.
Cuanto más los profesionales dependen de los sistemas de la empresa para ejercer y crear valor, mayor es el poder de la empresa para apropiarse todo el valor. Lo cual nos sitúa ante un escenario de lucha de clases. Por una parte, se halla el capital humano o componente individual de la fuerza de trabajo, que es una suma de esfuerzos personales, plasmados en la experiencia y formación de las personas de la empresa. La integración organizativa de los empleados se realiza en el adiestramiento, el cual supone la existencia de una organización informal, constituida por redes de individuos que se complementan y ayudan, una red informal que se superpone a los procedimientos y sistemas de información de la empresa. Sin embargo, y pese a su importancia para el desempeño efectivo, no se valora, porque es un capital intangible aportado por los empleados.
Por la otra, el aprendizaje es un proceso de creación de capacidades que es, en sí mismo, una capacidad, no para crear productos sino para obtener maneras de crearlos. Es una inversión, pero ¿quién invierte? El saber se acumula en los cerebros, es una parte esencial de las competencias para hacer de los empleados; la empresa se la apropia cuando organiza al personal y combina sus habilidades personales con procedimientos que codifica y almacena en sus bases de datos . Cómo se ha dicho, existe una balanza de poder empresa- empleados para apropiarse del conocimiento ; pero, la empresa así vista es solo organización. Sus miembros se benefician del aumento de la eficiencia, y esta última mejora la cooperación. Pero, no importa quien crea los intangibles; todo lo que se produce en la empresa, incluidas las cadenas de valor y sus relaciones, pertenecen al sujeto jurídico Sociedad Anónima, y los accionistas de las S.A. son los únicos dueños de las empresas. Se apropian de todo el valor, porque la propiedad le otorga ese privilegio.
El meollo de la lucha de clases es jurídico, versa sobre el alcance del derecho de propiedad y sus límites
El meollo de la lucha de clases es jurídico, versa sobre el alcance del derecho de propiedad y sus límites. Jurídicamente, la empresa pertenece a los accionistas, que aportan el capital financiero; la ley no contempla la existencia de otros valores intangibles, además del dinero, en la composición de la riqueza empresarial, especialmente en las empresas innovadoras, porque este valor también se lo apropian los accionistas, gracias a las leyes mercantiles, aunque no consta en las escrituras, aparece en su su valor en bolsa. Pero, reside en las relaciones permanentes de colaboración interindividual entre sus miembros, que consiguen que las cosas ocurran; es circunstancial y no se puede medir. El valor mercantil es una consecuencia de la división social en clases. Una ficción.
La tradición mercantil pretende superar a la tradición en las relaciones humanas, que dice: el derecho a participar de lo creado en cooperación con otros viene de la comparación, entre los recursos aportados por cada individuo al quehacer común, y los que éste retira para cubrir sus necesidades mientras dura la colaboración. Si aplicamos el principio relacional al capital intelectual y la empresa, los trabajadores tienen derecho a participar en la gestión distributiva porque el aumento de valor de la institución tras el desempeño común es superior a los salarios repartidos. Sin embargo, lo establecido por la legislación se ha convertido en costumbre en la sociedad del capitalismo industrial.
La incongruencia, entre las normas mercantiles y la tradición de la cooperación humana, se ve reforzada por la incertidumbre que acompaña los procesos de innovación. Estos son muy dependientes de los anticipos de dinero, una circunstancia que fortalece la posición negociadora del capital financiero, frente al capital humano ; la dependencia tradicional del trabajo respecto a los anticipos salariales creó el prejuicio liberal antidemocrático sobre la productividad del capital , y lo convirtió en lugar común. Hoy, un nuevo paradigma de creación de valor emerge de la economía del conocimiento, y los aportadores del capital intelectual a las empresas tienen derecho a la modificación del derecho mercantil, para incluirlos en la cogestión de éstas; pero, la tradición liberal y la posición social del empresario se oponen. La cogestión penetrará en la legislación de las sociedades empresariales cuando una coalición productivista de todos los trabajadores lo exija, para dar una réplica de valor al poder fiduciario de los accionistas.
La Cogestión es el programa mínimo de la democracia económica
A los sindicatos, la cogestión les proporciona una herramienta de consenso y creación de objetivos comunes
La Cogestión, o democracia del trabajo, es la base del programa sindical para el siglo XXI, y su objetivo sociopolítico es el control democrático del desarrollo tecnológico; para llevarla a cabo, los sindicatos necesitan atraer a los expertos y profesionales con un interés directo en la gestión de la tecnología y la innovación, y llevarlos hacia la confluencia con el resto de los trabajadores; todos ellos tienen un interés común en el control de los procesos y ritmos de incorporación de la tecnología a la producción, con el objetivo de poder anticiparse a las consecuencias de los cambios y paliar sus efectos. Los trabajadores de base obtienen con la cogestión una mejor posición en la defensa de su medio de vida u oficio, y facilidades para la formación; para los trabajadores expertos y técnicos, la cogestión supone poder controlar la inversión y el reparto de fondos entre capacidad productiva e I+D. A los sindicatos, la cogestión les proporciona una herramienta de consenso y creación de objetivos comunes, eficaz para gobernar los conflictos de competencias entre los diferentes segmentos del trabajo asalariado.
La democracia del trabajo aporta, además, un marco cultural favorable para las políticas de igualdad de oportunidades. Vivimos en una sociedad donde la herencia cultural es un factor de discriminación y, si queremos tener cohesión social , las competencias personales necesitan el soporte de valores cooperativos. Estos precisan de un lugar de encuentro, y la empresa es el espacio donde los trabajadores acuden todos los días, y colaboran en la creación de riqueza material y conocimiento práctico. El primer incentivo para la cooperación entre grupos de personas con diferentes culturas es la gestión del lugar de encuentro. Abrir la empresa a la democracia es ofrecer un espacio para la concurrencia, el debate y la puesta en común de objetivos de la empresa, convierte el trabajo en un acontecimiento más del ejercicio de la ciudadanía individual.
La cogestión es el primer escalón de la democracia en la empresa, los sindicatos la necesitan tras haber aceptado la gestión participativa del trabajo bajo una relación jerárquica, que provocó el retroceso de la concertación hacia el convenio de empresa. El problema reside en la utilización de los salarios como herramienta de gestión del proceso de trabajo participativo. Al ligar la retribución con los procesos específicos de la empresa, se pierde la generalidad de los oficios, base de los convenios de rama, y se entra en una negociación individualizada de la adaptación de la relación laboral a los procesos, donde el sindicalismo abandona el carácter de clase para refugiarse en el corporativismo.
Los sindicatos germanos fueron llevados hacia los nichos corporativos por las tecnologías importadas de Japón, contra las cuales tuvieron que competir las empresas germanas para eludir la decadencia productiva del fordismo. En la actualidad, los sindicatos nipones están buscando vías para superar el chovinismo de empresa, y evitar los enfrentamientos entre los comités sindicales de firmas competidoras. El giro hacia las tácticas negociadoras generalistas de los japoneses debería servir de alerta a los europeos y hacerles reflexionar sobre la experiencia alemana. Para hacer compatible la cogestión y la negociación colectiva, es necesario sortear las envolturas de la cultura corporativa.
Los sindicatos europeos cayeron en la trampa de la responsabilidad social de las empresas
Los sindicatos europeos cayeron en la trampa de la responsabilidad social de las empresas, la autoevaluación es el primer pilar del neoliberalismo, y el auto-control un fraude al civismo; el sindicalismo de clase debe defender que lo social esté definido por la propia sociedad, y no por las empresas. La aceptación por las sociedades mercantiles del carácter democrático de su entorno las obligaría a compromisos con sus empleados, para hacerlos partícipes de la gestión del negocio. En correspondencia, los trabajadores asumirían su corresponsabilidad de ciudadanos con las decisiones que afectan a sus medios de vida y a su entorno. La cogestión reequilibra democráticamente las fuerzas sociales, las iguala para la negociación en las crisis que amenazan el futuro del trabajo.
Las más inmediatas son las creadas por las combinaciones financieras de los propietarios del capital para sustraer el valor de la innovación a sus creadores (Mazzucato). Pero, también, en una sociedad desigual se generan núcleos de exclusión cultural; la gestión de la innovación impulsa equipos y comités multidisciplinares, y estas estructuras marginan a los empleados con menor formación. Esto, está ocurriendo con la evolución de las estructuras innovadoras en muchas empresas; incluso en las cooperativas tecnológicamente más avanzadas . También la corrupción corrompe la democracia participativa, ésta no evitó el enriquecimiento ilícito de los representantes sindicales y políticos en Caja Madrid, ni la estafa de los automóviles Volkswagen diésel alemanes a los clientes. Por el momento, la práctica más común del poder financiero para apropiarse de la creatividad técnica es la de comprar a los tecnólogos, y convertirlos en accionistas con los bonus de capital. Estas prácticas son un serio impedimento a la cogestión, pues la gestión empresarial es una destreza que solo se aprende haciendo, hace falta tener los ojos abiertos y una sólida cultura del trabajo para adquirirla administrando empresas.
El ejemplo mejor de democracia en la empresa, funcionando y viable, es el Grupo Cooperativo Mondragón
El ejemplo mejor de democracia en la empresa, funcionando y viable, es el Grupo Cooperativo Mondragón; éste se ha convertido en un componente principal de las instituciones económicas de la sociedad euskalduna; su influencia es significativa en las políticas tecnológicas, sociales y de empleo del gobierno foral, y también en las prácticas educativas y empresariales de Euskadi. Pero también se observa en Mondragón que la internacionalización del Grupo ha dañado los criterios igualitarios iniciales, y que la economía del conocimiento está segmentando a los socios cooperativistas en partícipes de primera y de segunda. La flexiseguridad está siendo la vía más directa para evitar los conflictos entre trabajadores; atender a los menos avanzados fortalece las coaliciones democráticas, y protege el patrimonio intelectual de las empresas. Pero, el ámbito local, foral e incluso nacional, resulta demasiado estrecho para un objetivo tan ambicioso como es la democracia económica; incluso un territorio tan idiosincrásico como Euskadi no puede sustraerse a la globalización, necesita un escudo mayor para sus conquistas.
La Democracia Económica necesita un ámbito territorial con peso global
La democracia económica solo es viable si se desarrolla en un mercado con un peso específico determinante en la economía global. Ese ámbito, hoy, como ya empiezan a comprender los sindicatos europeos, es la Unión Europea. La U.E. se presenta como el único reducto de los derechos sociales y ciudadanos, con dimensión suficiente para proponer acuerdos y bases de solidaridad y cooperación global; el problema es que aún está por construir políticamente. Como plantearon los sindicatos europeos en su conferencia de 2018 , la Unión necesita superar Maastricht, concretar el Pilar Social Europeo y avanzar en la democratización de las Instituciones confederales. Pero el freno principal para el funcionamiento de la democracia en Europa, como nos enseñó la crisis de 2008 a 2016, es la división entre la política y la economía , que aleja la democracia de las instituciones económicas clave: la Ley de S.A. europeas, la Comisaría de economía y finanzas, el Banco central y el euro. La sumisión de estas instituciones a los grandes estados y la burocracia de la UE genera una cultura de sociedad de mercado, que despeja el camino a las presiones del capital financiero y orienta el desarrollo tecnológico europeo hacia la obtención de beneficios a corto plazo, al estilo plutocrático de EE.UU.
La democracia económica superaría esa enajenación tecnológica en las instituciones de la UE. El rol de la Central Europea de Sindicatos es crítico para el logro de estas metas; el principal reto de la lucha por la democracia económica en Europa es la construcción de un movimiento sindical con suficiente hegemonía, para crear una visión alternativa y democrática de la empresa en la mente de los trabajadores del continente. Esa misión requiere ganar apoyos en la sociedad civil para el fortalecimiento de los derechos de representación laboral en la gobernanza de las empresas de Europa, en cada país por separado y en el conjunto del continente. La tarea exige de los sindicatos moderar su nacionalismo, porque la democracia del trabajo es la propuesta más civilizada, y solo se puede dar desde Europa, para el cambio de la civilización actual.
(i) Mariana Mazzucato. El Valor de las Cosas. Editorial Taurus, Barcelona, 2019.
(ii) En sociología se conoce por capital social, diferente a la acepción mercantil de ese concepto. Ver: Nahapiet J. & Ghoshal S. (1998): Social capital, intellectual capital, and organizational advantage. Academy of Management. The Academy of Management Review; Mississippi State; April.
(iii) En el sentido de institucionalizar mediante normas.
(iv) Winterscheid, B C: Building Capability from Within, in Hamel G. and Heene A. (Editors) “Competence based competition”; John Wiley Sons, New York, 1994.
(v) Grant, R M: Resources Capabilities and the Knowledge-based View: Assessments and Prospects. Ponencia al VIII Congreso de ACEDE. Las Palmas de Gran Canaria, 1998.
(vi) Ver Lazonick y Mazzucato, 2013
(vii) Hacker, Jacob & Pierson, Paul (2010) Winner-Take-All Politics: Public Policy, Political Organization, and the Precipitous Rise of Top Incomes in the United States. Politics & Society, nº 38 (2) 152-204. SAGE
(viii) Según muchos analistas, el voto a Trump de los trabajadores norteamericanos ha sido, también, una revancha contra los universitarios millonarios que rodeaban a la Sra. Harris.
(ix) Sara Lafuente: La cogestión empresarial: ¿Un paso hacia la democratización de las sociedades de capital? Publicaciones ETUI, pp. 9-14, Bruselas, 2018
(x) En concreto, en el Grupo Mondragón
(xi) The World(s) of work in transition (2018) ETUI Conference. Brussels’s, 7-8 March
Htpps://www.etuc.org/documents/etuc-resolution-strategy-more-democracy-work-0
(xii) Polanyi, Karl, obra citada…
(xiii) Sara Lafuente, https://fsc.ccoo.es/963338df0700e2a2215b2d177484bf32000050.pdf







