lunes. 22.04.2024
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Ricardo Orozco | Los pasados 21 y 22 de marzo del presente año, los 27 jefes y jefas de Estado y de Gobierno que hacen parte de la Unión Europea (UE) se reunieron en la primera de las cumbres anuales del Consejo Europeo, institución que, de acuerdo con lo dispuesto por el Tratado de Lisboa (en vigor desde el 2009), está a cargo de determinar tanto las prioridades como la orientación política que habrá de seguir el bloque comunitario en el mediano y en el largo plazos, fundamentalmente –pero no exclusivamente– atendiendo los principales problemas que el bloque enfrenta en sus relaciones exteriores con el resto del mundo. De ahí, pues, que las reuniones de este Consejo (distinto del Consejo de la UE) en particular, y por encima del resto de cumbres celebradas por las otras seis instituciones que constituyen a la agrupación regional, sean de naturaleza y persigan objetivos esencialmente geopolíticos.

En la cumbre de este año, observando precisamente a este carácter del Consejo Europeo y, por supuesto, al ineludible momento de crisis por el cual atraviesan tanto el bloque comunitario, en lo particular; como la globalización capitalista, en lo general; la agenda tratada por los mandatarios reunidos en Bruselas, Bélgica, estuvo fuertemente concentrada en el abordaje de cinco problemáticas que, hoy por hoy, no sólo son los principales ejes de articulación y de tensión interna de las posturas adoptadas por los 27 integrantes de la UE en materia de seguridad, de defensa y de política exterior compartidas, sino que son, asimismo, los nodos coyunturales que, de manera preponderante, están modificando en tiempo real las trayectorias históricas seguidas por el capitalismo en crisis y por las potencias que en su seno se disputan su reconfiguración y reordenamiento geopolíticos, buscado obtener ventajas competitivas que no sólo les permitan sortear las consecuencias más lacerantes de dicha crisis sino que, además, también les permitan ejercer un rol hegemónico en el corazón mismo del sistema interestatal vigente en los años por venir.

Rusia no cuenta ni con las capacidades materiales, ni geopolíticas mínimas para desatar una ofensiva de proporciones continentales como aquella que advirtieron diversos mandatarios en el Consejo Europeo que se cernía sobre el horizonte

En este sentido, y de acuerdo con lo expresado por las Conclusiones adoptadas por el Consejo Europeo en dicha Cumbre, esas cinco problemáticas prioritarias para la UE son; i) la invasión rusa de Ucrania, ii) las capacidades de seguridad y de defensa autónomas de la UE, iii) los acontecimientos en Oriente Próximo y, especialmente, la crítica situación humanitaria a la que han dado lugar (eufemismos, ambos, para evitar condenar el genocidio cometido por Israel en Palestina); iv) el proceso de ampliación y de reformas del bloque regional europeo; y, v) la proliferación de eventos migratorios masivos (principalmente de Sur a Norte y de Oriente a Occidente), así como el deterioro de las capacidades de los Estados europeos para atender sus necesidades alimentarias.

Ahora bien, más allá de que es evidente que entre todas estas problemáticas existen y se desenvuelven amplias y profundas dinámicas de correlación e interdependencia (en el sentido, por ejemplo, de que la guerra en Ucrania y el genocidio en Palestina desencadenan olas migratorias hacia Europa, lo que a su vez supone nuevas presiones sobre los mercados nacionales europeos y, especialmente, en la oferta y la demanda de recursos de primera necesidad, como los alimentos; lo que, en última instancia, fuerza a Europa a involucrarse más en ambos conflictos, cosa que, paradójicamente sólo produce la prolongación indefinida de las hostilidades, etc.), quizá el rasgo que más llama la atención tanto del tono de la conversación dominante en ambos días de la Cumbre cuanto en las Conclusiones a las que llegaron los y las titulares de los poderes ejecutivos de la UE en el Consejo sea que, en el mediano y en el largo plazos, la solución admitida para cada una de estas agendas sea la adopción generalizada en el bloque de lo que los más virulentos belicistas dentro de la Unión no han dudado en denominar, desde hace meses, como un «régimen de economía de guerra», y que los más moderados han referido vender a la ciudadanía europea bajo distintos eufemismos, como: la reducción de las dependencias estratégicas y el aumento de las capacidades de defensa de Europael fortalecimiento de las capacidades de disuasión de Europa frente a Rusia o, en los términos de las propias Conclusiones a las que llegó el Consejo: «incrementar la resiliencia de la industria europea de defensa, su flexibilidad y su capacidad para desarrollar y producir productos de defensa innovadores mejorando la interoperabilidad y la intercambiabilidad de los productos y garantizando su disponibilidad para los Estados miembros».

Y es que, en efecto, llama la atención porque, aunque a primera vista una radicalización de las posturas belicistas dentro de Europa parece ser la respuesta natural e intuitiva que sus mandatarios podrían, tendrían o deberían de adoptar ante un contexto en el que claramente son dos conflictos armados (una guerra y un genocidio, en todo rigor) los eventos que más extensamente están impacto en el rol regional e internacional de Europa, así como en los acontecimientos dentro de sus fronteras nacionales (ambos hallándose, además, en sus fronteras: el conflicto ruso-ucraniano en tierra, el árabe-israelí en los bordes del Mar Mediterráneo), en realidad, lo que resulta inexplicable de tal apuesta es que la Europa de los 27 en verdad esté optando seriamente por una escalada bélica, por la ampliación, la profundización y el fortalecimiento del militarismo puro y duro, siendo que, sobre el terreno, nada en la forma y en la dinámica a partir de las cuales ambos conflictos han venido desarrollándose a lo largo de los últimos años es indicativo de que alguno de los dos (o ambos) potencialmente esté en vías de degenerar en una guerra generalizada sobre el suelo patrio de cualquiera de los Estados que integran al bloque comunitario hoy en día.

En relación con la invasión rusa de Ucrania, por ejemplo, y a propósito de lo anterior, Vladimir Putin ha sido sumamente claro, desde que invadió al país en febrero del 2022, al expresar al mundo cuáles son sus objetivos de guerra y cuáles no. A saber: más allá de lo insistente que el presidente ruso ha sido sobre el tema de la –pretendida– desnazificación de Ucrania (cuartada ideológica que encubre los verdaderos propósitos estratégicos de la ocupación), en ningún momento ha sido ambiguo en cuanto a la necesidad o bien de ocupar una franja del territorio ucraniano colindante con Rusia para formar, ahí (principalmente en Crimea, en Jersón, en Zaporiyia, en Donetsk y Lugansk, pero idealmente también en Járkov, Sumy y Chernígov) un cinturón territorial de seguridad entre una Ucrania que potencialmente podría formar parte la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el territorio ruso en sus fronteras históricas con la Europa Oriental; o bien de forzar permanentemente toda posibilidad de integración de Ucrania a la OTAN por la vía de las armas.

En ese sentido, antes de la invasión, pero aún después de ella y hasta el momento, Putin ha sido consecuente en sus declaraciones sobre el conflicto armado al repetir a Europa una y otra vez que no figura entre los intereses nacionales, de seguridad y de defensa de Rusia, ni en el medio ni en el largo plazos, el convertir al teatro de operaciones que hoy mismo tiene lugar en sus fronteras en una conflagración regional que eventualmente llegue a expandirse, ni siquiera, por el resto de Europa oriental, mucho menos por Europa central y occidental. En términos estratégicos, además, Rusia no cuenta ni con las capacidades materiales (humanas, económicas, financieras y de equipo militar) ni geopolíticas (aliados regionales y globales dispuestos a pelear una guerra así) mínimas para desatar (menos para sostener por un tiempo prolongado o para ganar) una ofensiva de proporciones continentales como aquella que advirtieron diversos mandatarios en el Consejo Europeo que se cernía sobre el horizonte. El presidente ruso lo sabe y los jefes de Estado y de gobierno de Europa también.

Pero entonces, ¿por qué si las correlaciones de fuerzas involucradas en la guerra ruso-ucraniana son claramente indicativas de que dicho conflicto armado está aún muy lejos de regionalizarse o de generalizarse a lo largo y a lo ancho de Europa y, por qué, en esta misma línea de ideas, si también es evidente que el genocidio en Palestina no supone una amenaza de guerra en territorio continental europeo, prácticamente la totalidad de jefes y jefas de Estado y de Gobierno de la Unión, en la Cumbre del 21 y 22 de marzo, consintieron en refrendar un discurso belicista en cuyo centro se encuentra la necesidad de preparar a la sociedad civil ante la inminencia –como señalaron Emmanuel Macron, presidente de Francia, y Charles Michel, presidente del Consejo Europeo– o ante la inevitabilidad –a decir de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea– de la guerra contra la UE y, en consecuencia, acelerar la militarización del bloque regional en su conjunto?

La razón, sin duda, es multifactorial. Sin embargo, cuatro valoraciones de carácter geopolítico parecen estar operando en el fondo de este asunto. La primera de ellas tiene que ver más con Estados Unidos que con Rusia, y versa sobre la aparente inevitabilidad de un segundo mandato de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos a partir del año próximo. Y es que, si bien es cierto que aún muchas cosas pueden cambiar en el escenario electoral estadounidense, las probabilidades de que Trump triunfe son altas. En ese sentido, aunque en un escenario con Trump nuevamente como presidente de Estados Unidos Europa aún podría apostar por las presiones que la burocracia y las corporaciones estadounidense con intereses en juego en la guerra ruso-ucraniana podrían llegar a ejercer sobre su política exterior (las suficientes como para seguir la ruta trazada hasta ahora por Joe Biden), por ahora, Trump no ha dudado en declarar que su presidencia sacaría a su país de dicha guerra. 

Si se toma en consideración que es Estados Unidos el principal sostén de las capacidades de defensa de Ucrania (y la razón, hasta ahora, de que no haya capitulado ante Rusia), para la UE, invertir en sus propias capacidades militares es una suerte de salida de emergencia para contrapesar lo fortalecida que saldría Rusia del conflicto. Pero que ésta no es la verdadera ni la principal razón por la cual entre los líderes y las lideresas de Europa campea un renovado espíritu belicista, militarista y armamentista lo explican las otras tres valoraciones no explicitadas en las discusiones del Consejo Europeo en marzo pasado. A saber: el segundo cálculo que parece estar detrás de las Conclusiones a las que llegó el Consejo y que, en los hechos, incluso parece tener más peso que la especulación acerca de una segunda presidencia de Trump en Estados Unidos, tiene que ver con las posibilidades que la instauración de un régimen de economía de guerra en toda Europa proveería a los gobiernos y a los capitales del continente no sólo para recuperar a la economía de la región a lo largo de los siguientes años (calculan que la guerra durará, por lo menos, otros seis años, extensión temporal del quinto mandato presidencial de Putin) sino, asimismo, para conseguir algunos ajustes, hasta ahora no materializados, ahí en donde la recesión causada por la pandemia más lacero a sus naciones: reducir los altos niveles de desempleo, que en la mayoría de los países de la Unión rondan tasas del 6%, pero que en casos como el español, el francés o el griego escalan hasta el 11,6%; el 7,5% y el 10,4%, respectivamente; pero también controlar la volatilidad de la inflación sin tener que recurrir a ajustes en las tasas de interés.

El persistente énfasis hecho en las Conclusiones del Consejo sobre la necesidad de implementar por todo lo largo y lo ancho de Europa una especie de proceso de reindustrialización centrada en los sectores de defensa y sucedáneos o derivados, más que en los aspectos operativos del propio rearme en un escenario de guerra, en esta línea de ideas, parece ser indicativo de las dificultades económicas que siguen atravesando algunas de las economías Europeas, y es también revelador de la forma en que se concibe que la guerra ruso-ucraniana (y otros conflictos armados) pueden funcionar como origen de una demanda permanente de provisiones que, en Europa, se pueda traducir en una especie de desarrollo económico estabilizador, centrado en la industria bélica, en tiempos en los que la automatización de procesos productivos, el avance de la inteligencia artificial, la precarización del trabajo, la financiarización de las economías centrales y su conversión en economías centradas en servicios constituyen una afrenta permanente contra la reproducción de la vida y contra las fuentes de trabajo que son capaces de absorber a grandes porciones de ese precariado y de ese ejército industrial de reserva.

Desde el punto de vista de las clases capitalistas europeas, además, esta reconversión de las economías nacionales (o de gran parte de ellas) también les ofrece la posibilidad de liberar tensiones dentro de sus círculos dominantes (dentro de la competencia inter-capitalistas) y, en última instancia, facilitar la circulación del capital acumulado, convirtiéndolo en inversión productiva dentro de Europa; es decir: sin trasladarlo a las periferias de la economía-mundo (y sin sacrificar en absoluto sus ganancias obtenidas a través de la emisión de eurobonos). 

Una tercera valoración de fondo, en correspondencia con lo anterior, también parece estar centrada en la necesidad de conseguir, por medio de la reactivación económica que propiciaría este régimen de economía de guerra, por un lado, desactivar algunos conflictos sociales, obreros y populares que, a lo largo del último año y medio (y, en casos como el francés, desde ates de la pandemia), han venido sacudiendo el estatus quo dominante de las élites dentro de la Unión (el más reciente y generalizado de ellos: el del sector agrícola, para el cual el Consejo Europeo operó como solución provisional el imponer aranceles a las importaciones comunitarias de granos rusos). Por otra parte, además, este régimen fomentaría y facilitaría la gestión de la conflictividad social, por parte de los gobiernos europeos, mediante lógicas precisamente de tipo militaristas, aderezadas ideológicamente por esa retórica que busca normalizar entre la sociedad civil el sentido común de que la guerra en Europa no sólo es inminente o inevitable, sino una realidad actuante.

Macron, Von Der Leyen y Michel han conseguido fortalecer el etnonacionalismo que profesan múltiples y muy diversas extremas derechas en todos los países del continente

Dado el fuerte empuje ideológico que han tenido las extremas derechas en el continente en el último par de lustros, esta normalización de las lógicas del orden y de la seguridad vistas a través del crisol de la guerra y del militarismo, de hecho, no se presenta en absoluto como una salida de emergencia en caso de que continúen las protestas en la Unión. Es, por lo contrario, algo que ya está en marcha como un régimen discursivo del miedo.

Finalmente hay una cuarta evaluación que también está operando aquí, y tiene que ver con la forma en que dentro de Europa se concibe la disputa global por la hegemonía global y el relevo de un Estados Unidos incapaz de recomponerse de su propia decadencia en este rubro. Es evidente, en este aspecto, que no todos los Estados europeos buscan (o siquiera están en condiciones de proponérselo con seriedad) asumir ese rol global que hasta hace un par de décadas Estados Unidos ejercía indudablemente. Sin embargo, de lo que no queda duda es de que, por lo menos hasta el momento, las dos fórmulas por medio de las cuales en la Unión Europea se ha buscado atender este asunto son, de una parte, la encabezada por Emmanuel Macron, para quien Francia debería de comenzar a asumir un rol regional e internacional de liderazgo más preponderante; y, de otra, la que hoy por hoy personifican figuras como Ursula Von der Leyen y Charles Michel, para quienes no debería de ser un Estado europeo, en lo individual, quien asuma ese rol, sino, antes bien, la Unión Europea, como un bloque.

Que cualquiera de estas dos fórmulas llegue a ser exitosa o no eso es algo que está por verse y que, hoy por hoy, es intrínsecamente imprevisible. Sin embargo, eso no cambia en nada el hecho de que, a Macron, sus aspiraciones en torno de una Francia hegemónica lo han llevado a buscar el reposicionamiento de su Estado como una potencia neocolonial en África y Oriente medio, donde ya sostiene campañas militares de gran calado; mientras que a von der Leyen y Michel su propia visión de un bloque europeo sucesor de Estados Unidos como líder del mundo (o por lo menos de Occidente) les ha arrastrado a promover dentro de la Unión la configuración de un bloque mucho más reactivo y confrontativo en la arena internacional. En ambos casos, por lo demás, el punto de convergencia es que, hacia adentro de Europa, Macron, Von Der Leyen y Michel han conseguido fortalecer el etnonacionalismo que profesan múltiples y muy diversas extremas derechas en todos los países del continente; y, hacia el exterior, tensar y escalar más la conflictividad entre las grandes potencias, lejos de mediarla y contenerla.

Europa y la guerra