domingo. 19.05.2024
Josep Borrell
Josep Borrell

Los que un día soñamos con los Estados Unidos de Europa -con todo lo que eso conlleva en su máxima expresión- vemos hoy que ese sueño, esa idea de unidad, de fortaleza, de actuación unitaria y consolidada, es más necesaria que nunca. Contra esa idea generosa, unificadora y ambiciosa, van surgiendo obstáculos, dificultades y egoísmos que nos hacen cada vez más débiles y más marginales ante las grandes dinámicas del mundo.

La agresión de Vladímir Putin a Ucrania, verdadera salvajada que esperemos sea juzgada algún día por algún tribunal, nos ha colocado ante la realidad: o Europa se mueve al unísono, de forma conjunta y mostrando la fortaleza de un bloque sólido que actúa sin fisuras a pesar de las posibles discusiones, o habremos perdido la oportunidad histórica de ser lo que algunos, hace años, soñaron que podría llegar a ser algún día.

Mi generación se hizo adulta soñando con aquella Europa que veíamos lejana y distinta, llena de todo lo que nosotros no teníamos en aquella España en blanco y negro, rancia y cuartelaria, que tanto nos costó olvidar. Contra aquel sueño, hoy, se levantan los nacionalismos restrictivos que pretenden negar la esencia de una Europa que ha corrido demasiado y que, posiblemente, ha atropellado sus comienzos para alcanzar un número excesivo teniendo en cuenta la madurez de algunos socios.

Esa situación, tristemente demostrada, nos refuerza a aquellos que pensamos que Turquía no tiene el suficiente grado de proximidad histórica, cultural, económica y religiosa como para formar parte de esa idea de Europa como un solo estado. Su actual deriva y su estrategia de colaboración con Putin me refuerzan en esa idea y no creo que queramos más sorpresas como las que nos da Hungría o Polonia con su exacerbado cuasi fascismo.

La historia nos ha puesto un reto importante delante de nuestra capacidad evolutiva como asociación supranacional: o crecemos o morimos y lo haremos a la vez, pues si no aprovechamos esta coyuntura, este desafío que no ha mostrado nada más que sus inicios, nuestros descendientes nos mirarán con un justificado y permanente reproche por no haber estado a la altura de lo que el momento nos exige.

No sé si es adecuado decir eso de “ahora o nunca”, pero si no lo es, estoy seguro de que estamos muy cerca de esa encrucijada. ¿Seremos capaces de aceptar el desafío?

Europa ante su destino