martes. 18.06.2024

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Hace unos días vi la película Acción Operativade David Miller con guion, entre otros, de Dalton Trumbo, una de las muchas víctimas de la Caza de Brujas que dirigió el senador McCarthy contra todos los que no pensaban como él. Rodada con un pequeño presupuesto, pero con unos actores de primera fila entre los que descuellan Burt Lancaster y Robert Ryan, trata sobre una hipotética conspiración de la ultraderecha y los servicios secretos yankis para asesinar a Kennedy. 

Gracias a años y años de dejar de enseñar en qué consisten los valores democráticos, lo que costó la democracia, lo que significa la justicia y la solidaridad, es la conquista del poder por quienes odian la democracia

Reunidos en casa de uno de los magnates, los conspiradores exponen la situación del mundo y los riesgos que para su país, es decir, para su patrimonio, suponían la política del dirigente demócrata, el avance del comunismo y la superpoblación. En ese momento, Kennedy hablaba de derechos civiles para negros e hispanos, que seguían careciendo de ellos, y de negociar con la URSS para llegar a un acuerdo sobre las armas nucleares que garantizase la paz en el mundo y acabase con el riesgo que esas armas suponían para la supervivencia del hombre en el planeta. Según los conspiradores, las intenciones de Kennedy llevarían al declive de la raza blanca en Estados Unidos y en todos los países, imponiéndose negros y amarillos como razas dominantes. Ante esa posibilidad, sólo cabía asesinar al presidente primero y aumentar la presión bélica en Asia y África después, recurriendo a medidas de control de la natalidad, que incluían incluso el uso de la bomba atómica, para reducir la población mundial a unos 550 millones de habitantes, sobre todo blancos. De esa manera, el mundo sería más seguro y Estados Unidos conservaría su supremacía sobre el resto de países.

No conozco muy bien la vida ni la obra de Kennedy, tan sólo por libros y filmes a los que me he acercado de vez en cuando. Desde luego no era un revolucionario ni un hombre que quisiese cambiar el mundo para hacerlo más justo y equitativo; tampoco era Donald Trump. Enfermo de insuficiencia suprarrenal, por la que sufría crisis y dolores agudos, católico y miembro de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, Kennedy vio tras la crisis de los misiles de Cuba la necesidad de alcanzar un acuerdo con la otra gran potencia nuclear, llegando al convencimiento de que, de no ser así, una tercera guerra mundial acabaría con todos. Los grandes capitalistas norteamericanos, representados en la película por el entorno de Burt Lancaster, creían que esa era una actitud cobarde y antiamericana, decidiendo por tanto que había que quitar de en medio al dirigente demócrata e incrementar la política belicista para demostrar al mundo quien llevaba los pantalones. No hay en sus reflexiones ni un ápice de humanidad, de consideración a las vidas que tal estrategia se llevaría por delante, ninguna apelación a la democracia, ni a los derechos humanos, ni a las buenas relaciones entre naciones, tan sólo una visión comercial del mundo considerado como un gran botín de guerra para la raza blanca.

Están desapareciendo los grandes referentes ideológicos, filosóficos y humanos que antes eran paradigmáticos, siendo sustituidos por los bulos, los infundios y las mentiras repetidas hasta la saciedad por Bannon, Musk, Zuckerberg y sus maquinarias

Es cierto, estamos hablando de una película, además de una película que, si bien se basa en hechos reales, también aporta elucubraciones y especulaciones sobre los motivos que llevaron al magnicidio, descartando definitivamente que fuese realizado por un individuo aislado que actuaba en su nombre y sólo en su nombre. Pero no es ahí donde que quería llegar, sino a los estupendos diálogos de la película, a las reflexiones que hacen sus protagonistas, a la manera de entender el mundo dentro de un darwinismo social en el que sólo los fuertes, los desaprensivos, los crueles tienen la oportunidad de ascender a lo más alto o, simplemente, de vivir con suficiencia, dejando para los demás como única alternativa vital la obediencia, la sumisión y el arribismo. Y en esas estamos de nuevo.

Sin que nos dé tiempo a asimilar una burrada, una salvajada, en cuestión de horas tienen preparadas diez más. Si el presidente argentino, elegido democráticamente por los argentinos con la ayuda de Elon Musk, verdadero jefe de la ultraderecha mundial, llama chupópteros a los funcionarios, a los investigadores, a los profesores, a los médicos y a los obreros, si es capaz de decir que la justicia social es una aberración antinatural, si asegura, moviéndose como un tipo al que han dado una descarga eléctrica en el escroto, que el socialismo ha causado más de ciento cincuenta millones de muertos, si se dispone a eliminar de raíz el pobre estado del bienestar argentino, si viene a España a insultar al Gobierno de España y de forma especial a la esposa de su presidente, que no ocupa cargo, alguno con la complacencia de la oposición y nadie se sorprende ni se desata una ola de indignación cívica, ¿por qué en Alemania van a salir a las calles para mostrar su indignación por las declaraciones del líder del partido ultraderechista alemán Alternativa para Alemania que justificaba la pertenencia a las SS? ¿Por qué los holandeses, los finlandeses, los suecos o los austriacos van a reaccionar, como países educados y ejemplares que han sido, ante el avance del fascismo xenófobo en sus países? ¿Por qué los norteamericanos van a dejar de votar a Donald Trump, que representa como pocos el desafío al poder establecido de un paleto que se parece a muchos de ellos, que tiene sus mismos gustos, idéntico lenguaje y aspiraciones?

La globalización y la revolución digital han propiciado un cambio del que sólo estamos en los prolegómenos. Como decía Gramsci, el viejo mundo se muere y el nuevo está por nacer, estamos en el periodo de los monstruos. Y los monstruos tienen nombres y apellidos, dirigen plataformas digitales, inteligencia artificial, fábricas de bulos, y tienen más poder para crear opinión y modelar conciencias del que jamás ha tenido nadie. Están desapareciendo los grandes referentes ideológicos, filosóficos y humanos que antes eran paradigmáticos, siendo sustituidos por los bulos, los infundios y las mentiras repetidas hasta la saciedad por Bannon, Musk, Zuckerberg y sus maquinarias de desinformación global en la que millones de personas miran antes de pensar. Los bárbaros están de nuevo llegando al poder político para crear una dictadura mundial en la que seremos sospechosos todos los que pensemos diferente. El darwinismo social que inspiró al nazismo, la apelación al hombre rudo, sin escrúpulos, iletrado, primario ya no es una amenaza, es una realidad que amenaza a todas las democracias del mundo, de un mundo en el que ya no hay ciudadanos sino consumidores o aspirantes a serlo. 

Sería magnífico poder decir que hay esperanza, que no es para tanto, que esto pasará pronto, pero lo que está en marcha, gracias a años y años de dejar de enseñar en qué consisten los valores democráticos, lo que costó la democracia, lo que significa la justicia y la solidaridad, es la conquista del poder por quienes odian la democracia, por quienes defienden a las élites más ricas y desaprensivas, por quienes anteponen la guerra a la democracia, por los machirulos y los racistas, por quienes a sí mismo se llaman hombres de orden, que, históricamente, han sido quienes han creado los mayores desórdenes y calamidades. Esto ya sucedió, en los años treinta, con matices, con otra escenografía, pero con los mismos instrumentos, con los mismos fines. Entonces, las palabras de quienes avisaban de la catástrofe fuero desoídos, se hizo mofa y befa de sus advertencias. Ahora, tenemos la oportunidad de detener esta locura de la que sólo unos pocos saldrán indemnes. Esa es la importancia tremenda que tienen las elecciones europeas próximas, la de movilizarnos, por mucho que nos cueste dejar las redes, el bar, el deporte o las series, para impedir que la barbarie vuelva a reinar entre nosotros, demostrando una vez más que no hay animal más dañino que el ser humano.

Ya están aquí los bárbaros