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“¡Vaya gilipollas!” fue la primera expresión que me vino a la mente al ver la imagen de Elon Musk con su hijo a hombros, junto a Donald Trump sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Estoy seguro de que no fui el único en exclamar lo mismo. Esta semana he batido mi récord de repetir esa expresión: ¡gilipollas!, porque han sido muchas las imágenes de este personaje que han circulado por todas partes.
Nadie discute que Elon Musk es brillante en sus negocios, pero también es el perfecto ejemplo de cómo el poder y el dinero pueden inflar el ego hasta niveles absurdos
Creo que es un buen momento para volver a ver, aunque sea en su versión en YouTube, el provocador documental Gilipollas: la teoría, de John Walker, basado en el libro Assholes: A Theory, un bestseller de The New York Times escrito por el profesor y filósofo Aaron James. Su estreno, en marzo de 2020, atrajo la atención de la mayoría de los medios de comunicación. En el documental se plantea una pregunta interesante: ¿el cretino social nace o se hace? Y, sobre todo, ¿por qué prosperan en ciertos entornos? Se analiza también el atractivo perverso que generan y por qué ascienden más rápido en el mundo de las empresas y la política.
¿Cómo define Aaron James a un gilipollas? Pues exactamente como Elon Musk: alguien que se siente con derecho a tratar a los demás con desprecio sin una razón justificada. Que no se siente obligado a respetar las normas sociales básicas de convivencia y cortesía. Y que, además, es incapaz de reconocer su propio comportamiento tóxico; en lugar de corregirlo, lo mantiene con arrogancia.
Es el jefe gilipollas por excelencia: el líder tóxico que prohíbe la afiliación sindical en sus empresas, impone jornadas laborales infernales y despide empleados de manera impulsiva y pública
Nadie discute que Elon Musk es un genio, un visionario y un empresario de éxito. Es brillante en sus negocios, pero también es el perfecto ejemplo de cómo el poder y el dinero pueden inflar el ego hasta niveles absurdos. Desde su actitud prepotente con empleados y periodistas, hasta su constante necesidad de provocar en redes sociales, Musk se comporta como un niño rico que celebra su cumpleaños todos los días y espera que el mundo entero le rinda pleitesía.
Es el jefe gilipollas por excelencia: el líder tóxico que prohíbe la afiliación sindical en sus empresas, impone jornadas laborales infernales y despide empleados de manera impulsiva y pública. En 2022, tras comprar Twitter, su primera decisión fue despedir a la mitad de la plantilla sin previo aviso ni indemnización justa. Además, dejó claro que solo los dispuestos a trabajar como esclavos tenían cabida en su "nueva" empresa.
Si quienes están arriba actúan de forma impune, con una actitud tóxica y creyéndose superiores a los demás por su condición, dejan de ser líderes para convertirse en gilipollas
Musk no solo actúa como un gilipollas ocasional; ha convertido la gilipollez en su marca personal. Es un caprichoso que confunde su riqueza con impunidad. No es un líder exigente con altos estándares, sino un gilipollas que ha hecho de su actitud un modelo de éxito. El problema no es solo él, sino que su éxito ha convertido la gilipollez en un ideal aspiracional. Sus seguidores lo ven como un rebelde que desafía el sistema, un tipo sin filtros que dice lo que piensa. Pero, en realidad, Musk no es un outsider valiente: es un multimillonario con complejo de adolescente que cree que el mundo gira en torno a él. Su forma de gestionar el poder es infantil: si algo no le gusta, lo cambia a su antojo o lo rompe sin importarle las consecuencias.
Lo peor del ejemplo de Musk es el mensaje que está calando en la sociedad con su estilo de liderazgo. Si quienes están arriba actúan de forma impune, con una actitud tóxica y creyéndose superiores a los demás por su condición, dejan de ser líderes para convertirse en gilipollas. Pero no podemos olvidar que el mundo ha avanzado gracias a innovadores, no a abusones.



