miércoles 8/12/21
14N | ELECCIONES EN ARGENTINA

Clima de derrota en el Gobierno argentino ante las elecciones legislativas

Una cadena de errores puede llevar al peronismo a un resultado aún peor que el obtenido en las primarias de hace dos meses.

alberto y cristina fernandez
Alberto Fernández y Cristina Fernández en el acto de cierre de campaña.

@jgonzalezok | 

Argentina se enfrenta este domingo a unas elecciones legislativas parciales que marcarán definitivamente el rumbo del gobierno de Alberto Fernández, al llegar a la mitad de su mandato. En las urnas se renovará la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado, pero se trata de mucho más que unas legislativas. El presidente había dicho que las consideraba un referéndum sobre su gobierno. Y todo indica que puede perder la mayoría parlamentaria de la que goza en ambas cámaras, con lo que existe la posibilidad de que, solo gobernando por decreto, pueda avanzar en los dos años que le quedan. La previsible derrota, además, lo debilitará políticamente aún más y puede desatarse una guerra interna dentro del peronismo, entre los sectores que responden a la vicepresidenta, Cristina Fernández, que vienen presionando por un gobierno mucho más radicalizado, y el peronismo tradicional. 

El pasado 12 de septiembre hubo elecciones primarias, que ya dieron la pauta del resultado más previsible del domingo. Dado que el voto es obligatorio y que los ciudadanos votan libremente por cualquier lista -no son los militantes los que eligen los candidatos de su partido-, las elecciones primarias son algo más que una encuesta en tiempo real. La muestra es todo el censo y el margen de error es mucho menor. 

Desde las primarias de septiembre nada ha mejorado a pesar del clientelismo a todo vapor de las últimas semanas

Estas primarias fueron catastróficas para el gobierno de Alberto Fernández. El resultado final fue nueve puntos de ventaja a nivel nacional para el opositor Juntos por el Cambio (JxC) del ex presidente Mauricio Macri. Y las encuestas anuncian que este 14 de noviembre los datos pueden ser aún peores para el gobierno. En estos dos meses nada mejoró, a pesar del clientelismo a todo vapor de las últimas semanas. La situación económica y social se sigue deteriorando, sin un plan económico desde hace dos años, con uno de los índices de inflación más altos del mundo, un dólar por las nubes -a más de 200 pesos, cuando estaba a 63 hace dos años- y el riesgo país también batiendo récords. A todo ello hay que sumar los errores cometidos por el gobierno estas semanas. 

Después de las elecciones primarias, algunos llegaron a soñar con darle vuelta al resultado y emular un antecedente atípico, en la provincia de San Luis. Allí, en 2017, en elecciones también legislativas, los hermanos Rodríguez Saá, señores feudales del distrito desde hace 38 años, perdieron también en las elecciones primarias. Su rival político del momento sacó el 57,51 % de los votos, 19 puntos más que el oficialismo. En solo dos meses los Rodríguez Saá lograron la hazaña de revertir el resultado, con una masiva operación de clientelismo, que incluyó entrega de dinero en efectivo. 

Ahora, el gobierno de Alberto Fernández y muchos gobernadores y alcaldes también recurrieron al mismo método, pero aparentemente sin resultados, según las encuestas y el propio humor que demuestran en el oficialismo. Una lista de los traspiés protagonizados por el presidente y otras figuras del gobierno haría esta crónica excesivamente larga. Pero valgan dos ejemplos concentrados en los últimos días: el primero tiene que ver con la provincia de Córdoba, el segundo con la inseguridad, gran preocupación de los argentinos. 

La provincia de Córdoba, que desde el 2003 se ha mostrado hostil al kirchnerismo -en aquel año Néstor Kirchner solo consiguió el 10,81% de los votos-, es el segundo distrito electoral del país, con el 8,68% del padrón electoral. Hace dos años, coincidiendo con la elección presidencial, el kirchnerismo cosechó el 29,31% de votos. Pero en las primarias de septiembre perdieron 467.000 de esos votos. Su actual candidato a senador, Carlos Caserio, casi repitió los votos del 2003, con el 11,15% de los votos. 

Es en este escenario que el presidente Alberto Fernández, reunido con dirigentes del peronismo cordobés y tras admitir que sabía que se trataba de un distrito hostil, dijo: “Hace falta de muchos cordobeses y cordobesas como ustedes para que Córdoba, de una vez por todas, se integre al país, para que de una vez y para siempre, sea parte de la Argentina, y no esta necesidad de siempre parecer algo distinto”. Y remató: “Lo único que sé es que nosotros tenemos razón en lo que decimos”. 

Es el mismo mecanismo mental que días antes llevó al ministro de Economía, Martín Guzmán, a acusar a la oposición de ser anti argentina por discrepar sobre cómo afrontar las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Una imputación que recordó inmediatamente a la dictadura militar, que también acusó a las fuerzas opositoras democráticas de anti argentinas. 

Estamos ante una concepción autoritaria del poder, que coincide con las ideas populistas que identifican al peronismo con el pueblo

En ambos casos estamos ante una concepción autoritaria del poder, que coincide con las ideas populistas que identifican al peronismo con el pueblo, descalificando al resto de ciudadanos como cipayos o lacayos del imperialismo. 

En este bastión antikirchnerista de Córdoba, la imagen positiva de Alberto Fernández y de su vicepresidente, Cristina Fernández, es la peor del país: 75,4% para el primero, 76,6% en el caso de la segunda. Dentro de las distintas familias peronistas en la provincia, el kirchnerismo es minoritario, lo que provoca reacciones incomprensibles como las del presidente. O como la que expresó hace un tiempo un periodista militante del kirchnerismo, Juan Alonso, jefe de investigación periodística de Radio Nacional, que llegó a la infamia al decir: “Córdoba es una provincia de mierda con gente de mierda”. 

El otro tema que le explotó al gobierno es el de la (in)seguridad. Se podría decir que inesperadamente, aunque se trata de uno de los problemas que hace años más preocupa a los ciudadanos, sobre todo a los habitantes de los distritos más pobres de la provincia de Buenos Aires. El cruel asesinato a sangre fría de un quiosquero en el municipio de La Matanza, el distrito más pobre del país y donde el peronismo -especialmente el kirchnerismo- tiene más fuerza y votos, provocó indignación y escenas inéditas, con protestas contra el gobierno y gritos contra la vicepresidente Cristina Fernández. Protestas que fueron reprimidas por la policía.    

El alcalde (intendente en Argentina) de La Matanza, Fernando Espinoza, no vive en la zona, reside en Puerto Madero, el barrio más lujoso de la ciudad de Buenos Aires y a más de 20 kilómetros de los ciudadanos que representa. Espinoza, que está al frente del municipio desde 2005, es uno de los aliados más fieles de Cristina Kirchner, al punto que ésta participó hace dos años en la ceremonia en la que dio inicio a un nuevo mandato. En el presupuesto del distrito llama la atención que hay una subejecución de las partidas destinadas a la seguridad, mientras aumentó ostensiblemente el sueldo de los empleados municipales, en una clara muestra de clientelismo. No solo eso, la municipalidad tiene miles de millones de pesos en plazos fijos, sin control ni transparencia. 

No fue el único error en este mismo ámbito de la seguridad. El conflicto con pequeños grupos que se identifican como mapuches, que quieren la secesión en la Patagonia, escaló. Y el pedido de auxilio de la gobernadora de Río Negro, Arabella Carreras, pidiendo al presidente que garantizara la seguridad en la provincia, recibió una insólita respuesta: “No es función del gobierno nacional reforzar el control de las rutas nacionales o brindar seguridad en la región” (sic). 

Si todo esto conduce al fracaso del gobierno, como todo el mundo espera o teme, habrá que pensar en el definitivo ocaso del kirchnerismo, el movimiento interno más importante del peronismo desde 2003, cuando llegó a la presidencia Néstor Kirchner. Y nadie puede adelantar como serán los dos años que le quedan por delante al gobierno de Alberto Fernández. Un presidente que ya está desgastado, amenazado internamente por su vicepresidenta Cristina Kirchner, con falta de autoridad y sin ideas para encontrar un rumbo para salir de la crisis. 

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