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viernes. 30.09.2022

Por Lucía Engelberger | Un poco más serena y ya pasado un tiempo desde la fatídica noche del 21 de noviembre, fecha en la que se presentó ante una parte importante de la sociedad chilena la peor de las pesadillas: que un candidato de extrema derecha, pinochetista, misógino y negacionista del cambio climático ganara las elecciones presidenciales en primera vuelta. Ahora, con los sentimientos más aplacados, intento plasmarlos en unas pocas palabras.

Lamentablemente, al regresar de vivir muchos años fuera del país pude comprobar cuán prejuiciosa, racista, clasista, discriminadora y arribista se volvió una gran parte de la sociedad chilena con la dictadura y los años posteriores de capitalismo despiadado. Vivido el estallido del 18 de octubre del 2019 llegué a sentir que no todo estaba perdido. No obstante, la noche del 21 de noviembre de este año, esa esperanza se hizo añicos. No puedo describir el dolor, vergüenza, rabia, impotencia, desilusión y angustia que sentí esa noche y los días posteriores. Pasaban por mi mente cada una de las personas que conozco que sé que votaron por ese candidato y sus razones. Muchas de ellas profesionales esforzadas, como yo, que si pierden su trabajo en poco tiempo la pobreza más extrema golpeará a su puerta, pero que desprecian al que tiene menos y viven pendientes de las noticias de atracos, asaltos y similares.

Pensaba en el ejemplo que estamos dando con el proceso de la redacción de la nueva Constitución, en Las Tesis, en mis lágrimas de emoción del sábado 19 de octubre de 2019 cuando vi que la gente en la calle apoyaba a los estudiantes que se saltaron los torniquetes, pensaba en los abusos permanentes y en la prepotencia de gente que vota a este candidato, pensaba en los políticos que presentándose como de izquierdas le hacen el juego y consiguen votos para la extrema derecha (Marco Enríquez-Ominami y Jadue, por ejemplo) y la angustia me apretaba el corazón y la garganta. 

Sigo sin poder creer que ya no importen los muertos y desparecidos de la dictadura, el que la familia de este hombre haya participado de la desaparición de compatriotas sólo sea un “detalle”, que tenga un su programa perseguir por pensar diferente, que sea un reconocido misógino y que a las mujeres no les importe, que aún se quieran imponer temas relacionados con valores, con toda la evidencia que tenemos de tremenda hipocresía detrás de ello, no es posible digerirlo. 


Todo en el aire a pocos días de las elecciones presidenciales en Chile


Todas las encuestas hasta hoy dan por ganador al candidato de izquierda en la segunda vuelta. No somos pocos quienes sospechamos que están manipuladas para que la gente de izquierda se confíe del triunfo y desista de ir a votar. Ruego equivocarme y que sean, realmente, reflejo de la realidad. Porque uno de nuestros grandes defectos como chilenos es la mentira, a la cual se echa mano por no tener carácter para decir lo que realmente se piensa. En pleno siglo XXI seguimos siendo esclavos del que dirán.  Por momentos vuelvo a sentir que se me encoge el estómago y me preparo para el peor escenario. 

En la elección recién pasada voté por el candidato que tuvo la tercera máxima votación, votantes hoy catalogados como “anti-sistema”. No voto por partidos políticos voto por personas, en este caso por quien tenía, a mi parecer, el mejor programa.

Padecemos el síndrome de Doña Florinda y el síndrome de Sthefen Candie de manera vergonzosa y llegar a tener un presidente de extrema derecha sólo los agravaría

En este momento, vergonzosamente, tanto el candidato de extrema derecha como el de izquierda buscan congraciarse con esos casi 900000 votantes. Sin embargo, quien se atrevió a ofrecer un ministerio al ex presidenciable fue el de extrema derecha. No se imagina este hombre que muchos de esos votantes jamás votarían por quien nos quita derechos y tiene una postura retrógrada.

Sigo buscando explicaciones que justifiquen que chilenos que salieron a marchar pidiendo cambios, hoy voten por una persona tan ajena a ello. Pienso que la postura de algunos representantes políticos respecto de los símbolos patrios tuvo que ver. La gran mayoría de los chilenos es amante de sus símbolos patrios, están en nuestra esencia. No entonar el Himno Nacional cuando se constituyó la Convención Constituyente formalmente, hablar de cambiar el nombre al país, hablar de refundación sin dejar claro a qué se referían exactamente, permitió que ese lado conservador del chileno fuera tomando cuerpo. Puede que dichos temas se hayan comentado, incluso de pasada, pero fueron muy ventilados en los medios de comunicación afines a la derecha que no quiere cambios y, fácilmente permea en quienes sólo se alimentan de lo que “informa” la televisión.

Otro motivo, es el innegable lavado de cerebro que nos hicieron en la dictadura sobre el comunismo: tememos a quienes nunca nos han gobernado y no a aquellos de los cuales recibimos violencia durante 17 años.

Faltan pocos días para acabar con esta dolorosa incertidumbre, quiero ser optimista, pero no puedo. Nuestros complejos son más fuertes que la razón o necesidad de mejorar nuestro diario vivir. Tenemos demasiado arraigada la costumbre de valorarnos por comparación y no por esencia, uno de los grandes motivos por los que caló el “chilezuela”. Para una parte importante de la población le es imposible pensar en que podemos llegar a ser prósperos como Finlandia, Nueva Zelanda o Noruega. No se valoran, no valoran el país que tenemos, son incapaces de creer que tenemos todo para ser un país avanzado y, por sobretodo, con mayor equidad.

Padecemos el síndrome de Doña Florinda y el síndrome de Sthefen Candie de manera vergonzosa y llegar a tener un presidente de extrema derecha sólo los agravaría.

¿Quién entiende a los chilenos?