lunes. 20.05.2024
rusia

La guerra es primitiva y la conducen hombres de esa condición, sin moral, sin ética, si valor, sin amor. La guerra siempre es injusta, la ordenan quienes tienen muy pocas posibilidades de morir para que mueran quienes no tienen nada que ganar en la batalla. Aquellos quieren un lugar en la historia, y de seguro lo tendrán, no como ellos piensan; estos, obedecen porque creen lo que les han contado quienes están a buen recaudo o porque consideran que no les queda otro remedio, que la patria está en peligro o que la patria se puede engrandecer. Depongan las armas, arrojen los fusiles, abandonen filas, disparen contra el que manda, hay otro camino, siempre hay otra senda por la que marchar sin contribuir a la desolación, la tristeza, el desamparo, el dolor, la muerte, disparen a sus jefes si estos se niegan a disparar contra los suyos. Inviertan la pirámide jerárquica hasta que llegue al vértice. Ya lo hicieron, ustedes ya lo hicieron cuando derribaron a los zares en aquellos días de otoño cuando perdieron el miedo y tomaron el Palacio de Invierno. No fue imposible entonces, tampoco lo es ahora.

Permítannos soñar que no existen personas capaces de matar a otras por orden de nadie, déjennos pensar que ya no somos como las hordas de antes que violaban, destruían, incendiaban y asesinaban mientras disfrutaban con el olor de la sangre, con los ojos del miedo, con el abismo del terror. Miren, si son capaces, las caras de los viejos, de los niños, de los soldados que no saben porqué disparan, las ruinas, el humo, el fuego, el árbol desvencijado, el perro abatido, la mujer que llora sobre sus entrañas. Piensen en la victoria, cuando todo esté arrasado, cuando sólo quede en los habitantes de la ciudad destruida miedo y odio, cuando la resignación y la rabia se codeen para sobrevivir al nuevo tiempo, ¿qué habrán ganado? Vencer a millones de personas que jamás cogieron una pistola, que no saben como se monta un rifle ni lo quieren saber, que sólo saben que la vida es corta, tan breve como el suspiro de un obús, y que se debe vivir en plenitud, con uno mismo, pero también con los demás, viendo como crecen los hijos, como se envejece, como brotan las hojas del árbol helado que recupera el pulso, como llueve o se espera la lluvia tras días interminables de calor o de frío.

Ahora toca liberar a Ucrania de la invasión ultraderechista dirigida por Putin, pero también toca liberar a Rusia de quienes se han enriquecido construyendo uno de los estados más desiguales, y por tanto más crueles, del planeta

No tienen derecho, señores de la guerra, al aire que respiran, al suelo que pisan, a mirar por los ojos que no merecen tener, a degustar el pan de la vida porque ustedes son la muerte, la sangre, el odio, la miseria, el egoísmo, el estrago, la fiereza atávica que persiste a través de los siglos como un fantasma atrincherado en el infierno que resurge cada cierto tiempo para recordarnos que no tienen derecho a existir y que tenemos que conseguir que así sea.  Son el pasado, un pasado tan remoto como el hacha de sílex que golpeaba al hermano, como la biblia en la que un dios mandaba a un hombre matar a su hijo, convertía en sal a los que miraran hacia atrás o enviaba plagas mortíferas a quienes no hacían otra cosa que trabajar para volver a amanecer. Tan antiguo y repulsivo es su mundo que merecería el destino de Tántalo, vivir en el Tártaro eternamente, como Sísifo, empujando la enorme piedra hasta lo alto de la colina para después verla caer y volverla a subir, eternamente; como Pandáreo, colgado de un árbol frutal sobre un lago que le cubre de agua hasta la barbilla, sin poder beber cuando tiene sed porque el agua se retira de su boca, sin poder comer porque el aire se lleva las frutas cuando tiene hambre.

No, la guerra no es cosa de humanos, quienes inician una guerra pertenecen a ese tipo de hombres en los que la evolución se detuvo cuando no había más ley que la del bruto, del bruto que se enamora de la imagen que le devuelve el espejo, que considera tanto tienes, tanto vales, que es incapaz de ponerse en la piel del otro, que siente tanto desprecio hacia los demás que estima inapreciables sus sentimientos, sus pasiones, sus sueños, sus rutinas. La teoría de la evolución es cierta en la vida animal, pero falsa en lo inmaterial. El león mata para comer porque no sabe cultivar la tierra ni criar cebras, pero no mata por capricho, no alcanza la manada para matar a todos sus componentes, el hambre quien guía sus pasos. El pueblo ruso ha pasado hambre, muchísima hambre, dolor inmenso, sufrimiento indecible, pero, harto de esclavitud, protagonizó aquel momento glorioso para la Humanidad, aquellos siete días que estremecieron al mundo en palabras de John Reed, para transformar la vida, para acabar con la explotación y con la tiranía. No lo consiguió, fracasó, pero el mundo ya nunca sería el mismo y fue la Revolución Rusa la que propició los grandes logros económicos, políticos y sociales de Occidente, de ese Occidente que hoy también corre el riego de fracasar al renegar de aquellos valores de progreso y libertad que hicieron de Europa el espacio más feliz del mundo después de que Rusia hubiese puesto, de nuevo, los muertos para liberarla de los nazis.

Ahora toca liberar a Ucrania de la invasión ultraderechista dirigida por Putin, pero también toca liberar a Rusia de quienes se han enriquecido construyendo uno de los estados más desiguales, y por tanto más crueles, del planeta. Tal vez haya llegado otro momento histórico como aquel de 1917, el momento de marchar sobre Ucrania y sobre Rusia, de que las personas más relevantes del mundo, desde el Papa hasta los presidentes y ministros de las democracias, pasando por intelectuales, artistas, científicos, viajen hacia esas tierras sin armas, al frente de un ejército de ciudadanos de todos los países para invadir los frentes, para proclamar la paz, para destruir las armas y gritar bien alto que la guerra no es de este tiempo, ninguna guerra, como tampoco lo son la injusticia, la explotación, la destrucción de la Naturaleza ni el abuso. Parecera utópico, una niñería en un tiempo en que casi todos hablan de rearme, un sinsentido, pero no nos podemos quedar de brazos cruzados ante la calamidad de hoy y la posibilidad de que se multiplique por mil. No nos podemos permitir más guerras, ni estamos dispuestos, ni lo aguanta el planeta ni nuestra condición humana. Aunque ni Putin ni los suyos hayan evolucionado a la categoría de seres humanos, hay millones de personas que si lo han hecho y hay que demostrarlo. Parar la guerra no sólo es posible, sino una urgencia inaplazable.

Arrojen las armas